Opinión

Bambino, el ídolo que violó

En el fragmento de una entrevista televisiva, que pueden buscar en YouTube, le preguntan a Malena Candelmo si cree que hubiera sido una persona distinta, de no haber sufrido una violación cuando todavía era un varón pre adolescente. Ella se sincera y dice que siempre piensa en eso: en hasta qué punto ese episodio traumático habrá sido determinante en la conformación de su personalidad y en la identidad que después decidió adoptar. El 17 de octubre de 1987, Héctor Veira fue denunciado por abuso de menores. Malena Candelmo es hoy una mujer trans, pero entonces tenía 13 años y se llamaba Sebastián. A la inmensa gravedad del hecho se sumó la inmediata y total mediatización del caso, y ambos ingredientes configuraron un cóctel fatal para ese chico cuyo carácter apenas comenzaba a formar, como ocurre con cualquier pibe o piba de esa edad. En octubre de 1991, Veira ingresó a prisión para purgar una condena de seis años. 11 meses después, la Corte Suprema de Justicia determinó que la violación, en realidad, había sido “intento de violación”, basándose en nuevas pericias médicas efectuadas a la víctima. Las heridas que el Bambino Veira le había producido a Sebastián, en el ano, para entonces ya habían cicatrizado, y eso fue prueba suficiente para el supremo tribunal, que apuraría el cambio de carátula y pondría al director técnico en libertad.

Inmediatamente volvió a trabajar en San Lorenzo. El Bambino era abrazado por un ambiente futbolero que no acusaba recibo de nada de lo que había pasado. Mientras tanto, en algún rincón oscuro, el pibe Candelmo sufría las secuelas psicológicas de la violación más comentada de la historia de nuestro país, y de la recobrada popularidad de su siniestro violador.

Como hinchas de San Lorenzo, nos jactamos de un compromiso que excede lo que ocurre dentro del campo de juego: habitamos el despojo de la dictadura, resistimos la pretendida privatización del club y encendimos la maquinaria para recuperar los terrenos de Avenida La Plata, el corazón de nuestra historia. Pero, como hinchas de San Lorenzo, tenemos una deuda, con ese joven estropeado y abandonado por uno de nuestros héroes reivindicado incluso hasta hoy: el Bambino que nos sacó campeón en el ‘95, después de 21 años de sequía.

Yo estoy lleno de contradicciones, igual que cualquiera que esté leyendo esta nota. Me hago cargo. Miro los videos del ‘95 y me emociono con el cabezazo del Gallego y con el abrazo entre el Bambino y Orteguita mientras decía “vamos Pampa, vamos Pampa”,  porque creía que él había cabeceado al gol. No soy un paladín de la buena moral ni me la doy de nada. Lo que propongo es que deberíamos reflexionar, y tal vez hacer un mea culpa, quienes creamos que nos cabe esa responsabilidad. Después de salir campeón con nosotros, Veira se fue a dirigir a Boca, y cuando venía a jugar al Gasómetro le dedicábamos un cantito que todes recordamos: “Esta es tu hinchada, la que siempre te bancó. Esa hinchada, te gritaba violador”. Yo era pibe y tengo la sensación de cantarla con el pecho inflado de orgullo, por esa fidelidad que demostraba tener nuestra hinchada y que entonces me parecía un gran valor. Hoy puedo decir cabalmente que eso que cantábamos era una vergüenza y una canallada. En todo caso, si la hinchada de Boca efectivamente le había gritado violador, bienvenido sea que en ese momento haya habido una hinchada que se atrevió a gritar las cosas como fueron, escrachando a un tipo que había violado a una criatura y haciéndole pasar, aunque sea, un mal rato, hasta que volvía a encontrar refugio bajo el techo del banco de los suplentes.

Tampoco significa que la hinchada de Boca era pionera en cuestiones de Derechos Humanos, porque está claro que esos cantitos a favor y en contra del Bambino cabían en el marco de una disputa futbolera, de esas que suelen obturar la capacidad de razonamiento de los que están inmersos en su tribuna. Si Veira hubiese sido ídolo de Boca y no de San Lorenzo, seguramente los roles hubiesen sido invertidos. Pero, insisto, nos toca hacernos cargo de ese papel tristísimo que nos tuvo como protagonistas durante muchos, muchos años. Al que le quepa el saco, que se lo ponga. Y también insisto en esto: que no se trata de juzgar los sentimientos o los impulsos que supimos tener. Quizá se trate, más bien, de pensar cómo serían las cosas ahora, si tuviéramos que reaccionar frente a una situación de ese calibre. Ahí puede haber una respuesta, a la hora de ensayar una autocrítica por todo ese daño del que, decididamente, fuimos cómplices.

Y, mientras escribo, pienso otra vez en ese cantito, vuelvo a recordarme cantándolo. Esa época estaba a años luz de la actualidad, en cuestiones de género y en la empatía que socialmente se podía esperar con la víctima de un abuso sexual. “¡Esa hinchada te gritaba violador!”, cantábamos, pretendiendo negar un hecho nefasto que había sido largamente probado. Incluso una sobrina del Bambino terminó presa por falso testimonio, porque durante el juicio había declarado su presencia en el departamento, queriendo desmentir la versión de Candelmo.

Soy un defensor acérrimo de nuestra hinchada, no por llevar más gente que otra, no por alentar más ni por correr a nadie, sino porque estoy convencido de un compromiso social y político que está estrechamente ligado con el devenir de nuestra historia y con la identidad barrial que tenemos como club. El día que la Vuelta a Boedo se consume definitivamente, ese compromiso azulgrana se sentirá a flor de piel, acaso como nunca. Mientras tanto, yo, personalmente, voy a estar más orgulloso todavía de la hinchada cuerva si empezamos a enterrar a un ídolo cruel e injustamente venerado. Los muchachos del Grupo Artístico de Boedo ya dieron el primer paso: debajo de la popular ya no está el mural que homenajeaba al Bambino, porque fue tapado. En su lugar, pintaron el instante maravilloso del gol que nos consagró en Rosario esa vez. Sigamos el ejemplo. Seamos mejores personas.


Un debut con luces y sombras: El ciclón empató con Tigre en Victoria

Por Gonzalo Gamallo

 

El match comenzó recordando aquella tarde contra Godoy Cruz: con un San Lorenzo débil en la defensa y en el aspecto mental del juego. Desconcentrado y errático se dejó llevar por delante por un Tigre que amenazaba y a los 5 minutos concretó con un disparo de Menosi quien al encontrarse solo tras un débil despeje de Gonzalo colocó el balón con maestría en el ángulo. A los pocos minutos nuestro golero Navarro incurrió en todas las fallas posibles en una misma jugada: con el equipo abierto y en posición de ataque jugó un balón débil al centro de la cancha directo al pecho de un rival: habilitación y gol de Gonzalez. Iban 10 minutos y San Lorenzo estaba dos goles abajo. Nos vimos mal y preocupados.
De a poco La Pampaneta se despertó y se metió en el partido. De la mano de Ariel Rojas y el camión Moyano. Tuvo un cabezazo de Reniero muy claro y un tiro libre de casi gol de Ariel Rojas (todavía perdíamos uno a cero). A los 24 minutos luego de una confusa jugada donde se implementó de forma muy criolla el VAR el capitán Blandi descontó tras de una serie de rebotes y de una serie de discusiones de la terna arbitral (y de alguno más que hablaba por handy). Canuto estuvo muy generoso y a los 36 minutos devolvió la gentileza con un toque horrible hacia atrás que permitió a Reniero empatar el partido. Tigre y San Lorenzo intercambiaron golpes y errores y se fueron al descanso con el 2-2.

Durante los primeros 25 minutos del segundo tiempo San Lorenzo mereció ganar el partido. Dos de Botta, una media vuelta muy buena de Blandi, una clarísima de Reniero. Tigre tuvo las suyas y la sensación que quedó es que se podría haber ganado pero el resultado es justo. En este fútbol de hoy es indispensable facturar lo que se genera.
Para destacar lo de Reniero dando una mano en el medio, jugando con soltura y sacrificio. Mouche y Rojas entraron bien al equipo, uno aportando órden y progreso y el otro buscando siempre y generando varias situaciones de gol. La consolidación de Moyano y Senesi: silenciosamente se asientan en primera y demuestran que tienen una enorme jerarquía.
Preocupa la falta de variantes. Tenemos muy pocos mediocampistas y la venta de Piris se siente mucho más que la de Paulo. Ojalá Bellu vuelva pronto y en buena forma y el Pampa tenga la sapiencia y el temple que demostró hasta ahora. Es fundamental recuperar la solvencia defensiva que nos caracterizó en las últimas temporadas: desde allí se puede soñar con un San Lorenzo competitivo que aspire a estar en los puestos de vanguardia. Habrá que ser cautos y entender que estamos en una etapa de transición donde se apuesta a un equipo plagado de juveniles. Ahora a defender el hat trick conseguido en el escritorio contra el bravo Temuco.
¡Vamos ciclón!


Pequeñas escenas de una victoria histórica

La gran gesta sanlorencista del 12 de septiembre se pudo leer en todos los medios: el bicampeón del basket argentino le ganó un amistoso al Real Madrid por 84 a 81. (N. del E.: luego vencería a su par de Barcelona). Después de cuarenta y seis  años, San Lorenzo empezaba su gira por España y se presentaba en el estadio municipal de Arganda del Rey como parte de las fiestas patronales. Se supo de los logros deportivos y vía televisión y redes, se hizo notar el apoyo de los ciento cincuenta cuervos que llenaron de color, alegría y sorpresa a los vecinos de este municipio a veintidós kilómetros de Madrid. Tras el primer partido de la gira, ya se sabe la gran historia, pero existen muchas más por contar.

 

Fue la historia de Andrés, a quien sus amigos apodan Koe, que se vino desde Valladolid a alentar por primera vez al Ciclón. Koe nunca salió de su España natal, pero tiene un tatuaje de un cuervo y el escudo en su pecho. Todo empezó hace cinco años, cuando accidentalmente se puso a ver un partido de fútbol con su abuelo. Vio el juego, a la gente y prometió hacerse hincha de ese club. Esa tarde, el resultado fue 3 a 2; el partido queda como adivinanza para el lector.

 

Fue la historia de Sergio, Jorge y Osvaldo, miembros fundadores de la peña Osvaldo Soriano de Madrid, que tuvieron que cambiarse de camiseta en el entretiempo. Tras una primera parte gracias al sudor, en el intermedio hicieron los honores formales de entregar y recibir plaquetas para el club y el ayuntamiento. En el segundo tiempo, volvió la transpiración.

 

Fue la historia de Carlos Perroni, que se sorprendió y emocionó de recibir los honores por parte de los hinchas de San Lorenzo en el entretiempo. No se lo esperaba, pero se lo merecía.

 

Fue la historia de Leo, con su gorra y con el clásico bombo de la peña de Madrid, que tanto ritmo puso en la plaza de Marrakech. Acompañado en los redoblantes por su hijo Valentino y por Jorge de Alcalá, no hubo canción que quedara por cantar. A mediados del primer tiempo, tanto el bombo como las banderas hicieron gala a modo de desfile en el corredor central de la platea para goce de los vecinos de Arganda y para hinchas del Real Madrid.

 

Fue la historia de Alejandro y Lydia, que se vinieron desde Málaga junto a cinco amigos más. Los Cuervos de la Costa del Sol son como los pingüinos de “Madagascar”. Son muchos, vienen juntos, con misma camiseta y encima están en el Twitter de Marcelo Hugo (Tinelli, Vicepresidente de San Lorenzo) Junto con Edu, que no sabemos si llegó a estar a las ocho de la mañana en el trabajo, agasajaron a la cuervada en el Soccer Bar con generosas docenas de facturas.

 

Fue la historia de Damián y de Fernando, también de la Osvaldo Soriano, que reclamaban la finalización del partido cuando San Lorenzo ganaba 2 a 0.  “La hora, juez”, se escuchó.

 

Fue la historia de Juan Cruz, a quien no conocíamos hasta el sábado pasado. En la reunión para ver el partido contra Rosario Central, ante una gran convocatoria en la pizzería La Muzza, accidentalmente fue a cenar ahí y se encontró con un parque temático sanlorencista. Sorprendido a más no poder, aún conserva el asombro y sumó a su hermano Martín al partido.

 

Fue la historia de Facundo Campazzo, que tuvo una sonrisa pícara cuando desde la tribuna le gritaron “erralo Campazzo, que vos sos argentino”.

 

Fue la historia de Denis, puntano que vive en Granada hace 15 años, también vio a San Lorenzo por primera vez. Arribado a Atocha con el tiempo justo, con poca batería en el teléfono y bajo uso de redes sociales, en el listado de entrega de tickets se dudaba de su llegada. Estuvo firme al grito de “dale Ciclón” y se volvió contento a su ciudad a la una de la mañana.

 

Detrás de un gran evento, hay pequeñas grandes historias y faltaría relatar las otras tantas. San Lorenzo hizo un gran esfuerzo para venir a España. El club se brindó con los hinchas, haciéndolos partícipes en los entrenamientos, acudiendo a reuniones y gestionando a última hora mejores lugares en el estadio. El ayuntamiento trató a los cuervos de excelente manera, con entrega de entradas y una gran cordialidad: ellos no se olvidarán de nosotros y viceversa.

 

Vinieron de todos lados. Vino gente de Israel, que los relatores españoles describían su sorpresa de movilización en la TV. Vino gente de toda España, a saber: Barcelona, Málaga, Valencia, Alicante, Granada, Valladolid, Gijón y Toledo. Vino gente de la Embajada argentina. Vino mucha gente de Madrid: los de siempre de la Peña Osvaldo Soriano, los que están hace poco, los que nos conocen hace semanas y los que nos conocieron ayer. Detrás de ellos, hay argentinos que vinieron hace mucho tiempo y se hicieron su lugar; hay argentinos que llevan poco tiempo y están haciendo sus primeros pasos como emigrantes; hay argentinos que están estudiando, que saben que están de paso; y también hay españoles, que aun teniendo un club cercano en sus ciudades, se hacen un lugar en su corazón para la pasión azulgrana.

 

Tras cinco días con actividades desde el arribo al aeropuerto hasta las últimas cervezas después del partido, estamos felices por cómo sucedió todo. ¡Encima ganó San Lorenzo! No queda otra cosa más que agradecer a todos por lo bien que lo hemos pasado.

 

¡Vamos San Lorenzo! Y gracias de corazón a todos.

 

 

(*) En representación de la peña Osvaldo Soriano


Ya está, viejo

Un jardinero azul. Un gorrito. El Fiat 600 blanco que era el primer auto de la familia. La recorrida por el barrio y los alrededores del Viejo Gasómetro: “esta es la esquina de San Juan y Boedo”, “esta es la iglesia donde se fundó San Lorenzo”, “ahí está el almacén de Diego García que jugó en el primer equipo campeón en 1933”. En el viaje de San Justo a Boedo hablamos de la hazaña de la B y me mostraste que ya había afiches de Alfonsín en las calles. Recuerdo que llegamos a Avenida La Plata y caminamos por la vereda del estadio. Allí estaba todavía el templo de aquellas hazañas que me habías contado. Llevabas a Christian que apenas podía caminar en brazos. Recuerdo mis pasos cortitos y el calor de tu mano que me guiaba. Intentamos entrar. Faltaba poco para que empezaran a desarmar las tribunas. El club creo que ya estaba cerrado y vos hablaste largo tiempo con alguien en un portón. Le rogabas que nos dejara entrar a pisar el campo de juego.

 

Tengo en la memoria la soledad y el eco de lo que hablábamos nosotros tres. Nos mostraste dónde estaba el Gimnasio General San Martín, nos hiciste subir a una de las tribunas, fuimos al campo de juego. “En aquel arco Sanfilippo hizo un gol de taquito”. “Una tarde el Bambino Veira le metió cuatro goles a Boca en un tiempo”... Con esas manitos pequeñas tomé un puñado de pasto que me costó arrancar tanto como les costó a “los hijos de puta de la dictadura que nos obligaron a esto, por suerte se están yendo”... Guardé ese manojo de césped en un bolsillo. En algún lugar de la casa de la infancia está guardada la bolsita con esas ramitas secas.

 

Son fragmentos. Piezas de una historia. Algunas cosas creo que me las acuerdo, otras las fuimos hablando con los años, algunas quizás las imagino. Tenía esa edad en la cual guardás recuerdos pero perdés el orden de las cosas. Conservo esos momentos y la foto descolorida que nos sacó un señor al que le explicaste cómo usar la vieja cámara de fotos y que tardamos en encontrar porque casi no había nadie en el lugar.

 

Con los años fui uniendo esos fragmentos como piezas de un rompecabezas. Crecí en canchas ajenas, sufrí los años sin vueltas, entendí y comprendí la historia de aquel estadio, descreí de los locos que me querían ilusionar con volver, me sumé a la lucha, soñé, pero aquella tarde de los albores de la democracia, medio desordenada, medio entre la realidad y la imaginación, se fue transformando en un suceso trascendental de mi historia.

 

Hoy no te tengo para ir juntos a Avenida La Plata, pero lo primero que sentí cuando se confirmó que los franceses dijeron “sí”, fue tu mano apretándome fuerte. Sé que si andás por ahí estarás disfrutando este momento. Yo solo puedo decirte, más de treinta años después, “Volvimos. Ya está, viejo”.

 

* Periodista, editor, comunicador. Socio refundador de  San Lorenzo. Autor de “Postales de una pasión”. Coautor de “San Lorenzo: Del Infierno al Cielo”, donde aparece originalmente este artículo, y “Campeón de América”. (@carloscordoni)


La universidad popular de Boedo

Recién a los veintiséis años, allá por 1969, Osvaldo Soriano pudo conocer el Gasómetro. Se lo había imaginado mil veces, pegado a la radio, releyendo crónicas de El Gráfico, gastando con la mirada la misma foto donde Sanfilippo –su ídolo de siempre– le hacía un gol de taquito a Boca. Cuando pisó los tablones invencibles, todavía sin imaginar su futuro de best-seller y reverenciado escritor, se sintió en el Coliseo Romano. Porque el Gasómetro, más que una cancha, era un mito.

 

Recién a los 29, allá por el 1929 (porque nació al compás del Siglo XX), Roberto Arlt fue por primera vez a una cancha de fútbol. En serio. Y así comenzó su relato: “Ustedes dirán que soy el globero (mentiroso) más extraordinario que ha pisado (el diario) El Mundo por lo que voy a decirles: ayer fue el primer partido de fútbol que vi en mi vida; es decir, en los 29 años de existencia que tengo, si no se cuentan como partidos de fútbol esos con pelota de mano que juegan los purretes y que todos, cuando menores, hemos ensayado con detrimento del calzado y la ropa...”.

 

Su debut fue en el Gasómetro, para la final de la Copa América que ganaría Argentina. Así tenía que ser. El hombre que partió en dos la narrativa argentina, enarbolando como bandera una de las prosas más potentes jamás escritas por estos lares, se entusiasmó poco por el fútbol. Pero quedó admirado con el Templo. Y algo más: “¡La pucha si hay lindas muchachas en esta Avenida La Plata!”, cerró su comentario. A lo Arlt.

 

Para él, ése coloso de madera y hierro resultó una revelación. Tratándose del perspicaz Roberto, no poco orgullo nos envuelve. José González Castillo fue uno de los inventores del tango tal como lo conocemos hoy. Poeta, dramaturgo, director de teatro, fundó la segunda universidad popular de la Argentina: la Universidad Popular de Boedo. Miles de maravillosos creadores pasaron por sus aulas. Se inauguró apenas dos meses después de que San Lorenzo firmara el boleto de compraventa por los terrenos del Gasómetro, en 1928. En ambos escenarios, bajo el mismo cielo diáfano de Boedo, los maestros daban cátedra: el Ciclón era, en ese momento, el primer campeón tras la unificación del fútbol argentino. Cátedra de Artes. Cátedra de Fútbol.

 

En los cafés de Boedo conversaron Homero Manzi y Cátulo Castillo; en la biblioteca Miguel Cané –la primera Municipal de Buenos Aires– Jorge Luis Borges escribió algunos de sus cuentos más célebres. Bajo las estrellas de este barrio, a Leónidas Barletta se le ocurrió crear el Teatro del Pueblo. Y en las manos de sus lectores, las páginas de la editorial Claridad olían a lunfardo, a perfume anarco, a proletariado vivo y representado al fin, en la vereda del Grupo Literario donde Castelnuovo, Yunque y Tiempo se tiraban a los pies, rasposos, antes cada firulete de Florida. Y ganaban a lo San Lorenzo.

 

Me contaron de las milongas de Troilo y Pugliese, de los carnavales iluminados por Sandro, de los novios que se enamoraron allí, bajo las lucecitas de la Avenida interminable... Y de aquella vez, en 1973, cuando un joven llamado Gustavo Cerati fue al primer recital de su vida: tenía catorce años y tocaba Carlos Santana... en el Gasómetro, claro.

 

Ahora sabemos de los encuentros de Viggo Mortensen –actor, poeta, embajador multicultural del saber sanlorencista– y Fabián Casas, siempre en el bar San Lorenzo, en Avelino Díaz y Avenida La Plata... Y de las pinceladas imbatibles del Grupo Artístico de Boedo, las estrofas de la Escuela de Tablones, la prosapia fantástica de los Cuervos de Poe (al olvido, un rotundo nervermore) y el manifiesto azulgrana de La Soriano, porque esto sigue, muchachos, esto es eterno, el sentimiento y el aire que se respira, tan dulce como una gambeta del Pipi. Pronto, muy pronto, la última utopía emergerá de su propio destino. Y allí enfrente, con pies de cemento y alas de Cuervo, se posará un nuevo estadio, igual y distinto, para inspiración de estos pibes que aprendieron a amar a San Lorenzo.

 

*Periodista y escritor

Autor de “Hermano Cuervo”