Meses: noviembre 2018

Stranger Things

Si antes del partido nos alcanzaban papel y birome y nos ofrecían el 0 a 0 en Liniers, ¿agarrábamos? “De ninguna manera, ¡San Lorenzo es un grande y su obligación es buscar los tres puntos en todas las canchas!”. Okey, esa es una respuesta posible -fácil, por cierto, pero válida-. La otra respuesta, no tan abstracta y más relacionada con la realidad que atraviesa el equipo, podía ser que un debut sin derrota de Jorge Almirón, de visitante y frente a un Vélez que sabíamos aceitado, no era un mal negocio. Más si consideramos que se vienen dos partidos de local y uno de esos es Huracán. Y más si asumimos que, en lo que va del torneo -que no es poco-, Navarro no había terminado ningún partido con la valla invicta.

Lo pudimos ver a Almirón, en el primer tiempo, en la intención de jugar a un toque, siempre que se pudo, y se pudo bastante más de lo que se venía pudiendo. Lo vimos a Almirón, avanzando desde el fondo con pelota dominada, y lo vimos también buscando presionar a Vélez, no desde la línea de salida pero si en la mitad del campo, mordiendo y robando con éxito en algunas oportunidades. Está claro que Heinze y Almirón juegan a cosas parecidas, con la diferencia lógica de que el de Vélez ya tiene sobre sus espaldas un tiempo prudente de trabajo, mientras que Almirón apenas comienza su camino al frente del Ciclón.

Cuando el equipo de Liniers cruzaba la mitad del campo con pelota dominada, se dibujaba en la defensa de San Lorenzo la famosa línea de 3/5, con Senesi como líbero de Gabriel Rojas y Coloccini, y con Salazar y Ariel Rojas encargándose de cubrir las bandas. Sin ir más lejos, Gallardo paró en La Boca un esquema similar, durante la primera final copera. Uno de los sellos de Almirón, que marcará una ruptura si consideramos el juego que venía haciendo San Lorenzo de un tiempo a esta parte, ocurre en la mitad de la cancha: no va más el doble cinco. Esa función recaerá en un solo hombre, y todo indica que el elegido es Gerónimo Poblete. Y ese único cinco tiene sus laderos, que ayer a la noche fueron Belluschi y el Rojas proveniente de River. Digámoslo de una vez: mala noche de Belluschi, que no pudo engranar en todo el partido, mala noche de Ariel Rojas y de Merlini, que no pudieron engranar en todo el semestre. Botta tuvo una buena primera etapa, con ansias de protagonismo y sin ese fastidio que solía mostrar últimamente, pero, parece adrede, que cuando uno quiere arrancar no encuentra compañía porque el resto anda torcido. En vez de un conjunto, lo que tenemos hasta ahora es una suma de individualidades: a veces se enciende una lamparita y otras veces se enciende otra, como en Stranger Things. Estamos todes a la expectativa de que se prendan un par de luces a la vez, cuando tenemos la pelota en nuestro poder, a ver si de una vez por todas se desata el monstruo azulgrana.

El segundo tiempo fue un martirio, de principio a fin. Vélez salió fresquito, como si el partido recién arrancara, y San Lorenzo parecía que estaba jugando el alargue de un cruce de copa en Brasil. Todos con la lengua afuera. Es cierto que el equipo de Heinze está compuesto por mayoría de pibes, pero, si te fijás línea por línea, tampoco había una diferencia descomunal de edad. El asunto es que nuestros mediocampistas no están pudiendo sostener el ritmo de juego durante los segundos tiempos, y entonces cedemos tenencia, resignamos mitad de cancha y esperamos al rival en campo propio. El DT intentó con Mussis y Barrios en lugar de Rojas y Merlini, pero no pasó mucho, más allá de algún arrebato del can. Resta saber cuál es la posición que mejor le sienta a Reniero: nos hemos habituado a verlo arrancar desde más atrás, haciéndose del balón sobre alguna de las bandas y aportando no solo en la definición, sino en la construcción del ataque y en el abastecimiento. Cuando lo vemos ahí arriba, como si estuviera en penitencia, dá la impresión de que estamos desperdiciando su potencial como jugador de fútbol. Vamos a ver cómo se reordena esa línea ofensiva cuando vuelva el Capitán y cuando esté recuperado Mouche, si es que el entrenador lo considera una alternativa para el once titular. De acuerdo a sus planteos teóricos, podríamos creer que sí.

Se vienen dos de local: dos bravos, contra equipos que están prendidos arriba. Habrá que resolver el enigma de los segundos tiempos. Vimos una digna primera mitad en el Amalfitani, igual que habíamos visto en el Cilindro. No sé si nos está pasando factura el flojo entrenamiento físico o el mal lastre emocional, pero hay que salir pronto de esa encrucijada.


La reconstrucción

“¡Andate Pampa, dejá de robar!”. ¿Ah, no está más el Pampa? Bueno, denme alguien a quien insultar, ¡por el amor de dios! Igual, no se preocupen, ya tengo un nombre en la cabeza, pero lo voy a tirar un par de párrafos más abajo. Antes que nada, me gustaría aclarar algo: por lo general, hay muchas maneras de leer un partido, así como también hay muchas maneras de leer la realidad -y no hay que ser ultra sagaz para notarlo-. En este caso, el encargado de analizar un partido tiene esa extraña potestad de hundir al equipo, de destrozar a sus protagonistas, o bien de tener una actitud mesurada frente a lo que pudo observar. Bien, yo suelo apostar a la segunda, y en esto no pretendo que todo el mundo me acompañe; de hecho, ni siquiera hablo en nombre de La Soriano, porque seguro que no todes mis compañeres piensan igual que yo. Y en eso de ser mesurado, les propongo lo siguiente:

Imaginemos que el equipo que entró a jugar el segundo tiempo contra Talleres hubiese sido la base titular. Imaginemos que esos once hubieran jugado desde el minuto cero: Belluschi cerca del cinco, manejando los hilos desde la mitad, dos nueves bien definidos, incluso participando en la creación del juego, y dos volantes ofensivos como Merlini y Mouche; proponiendo ataques en bloques, con los laterales proyectándose. No está mal, ¿no? De hecho, podría coincidir con los planes del nuevo entrenador, que, según tengo entendido, suele parar sus equipos en un esquema 4-3-3. Está claro que no prosperó en esta ocasión, pero, durante  los primeros 15 minutos de la segunda etapa, tal vez 20, yo vi un equipo plantado en campo rival, avanzando con triangulaciones prolijas a pesar del aire denso que se respiraba, y ahogando a un Talleres que estaba cómodo con su ventaja. Entonces, ¿por qué no funcionó? Bueno, porque no es lo mismo salir a jugar con la tranquilidad de un partido que recién comienza, que salir a dar vuelta un resultado adverso, después de un mal primer tiempo y en el contexto de un clima áspero que ya nadie osaría disimular.

Bueno, pero cortémosla con este recorte arbitrario que estoy haciendo de la realidad y vayamos a lo que realmente pasó. La derrota frente a Talleres, en condición de local y por primera vez en la historia, tiene nombre y apellido: Franco Mussis. Un muchacho contrariado, que tensa todo innecesariamente. En la crónica del partido contra Temperley ya habíamos mencionado esas manías que tiene de filtrar pases por donde no se puede, perdiendo una cantidad enorme de balones y auspiciando contragolpes del rival, con el partido en tablas y cuando nada, pero nada, justifica correr esa clase de riesgos. Bueno, parecería que hoy entró dispuesto a redoblar la apuesta, insistiendo con esa forma de salir jugando y viendo compañeros allí donde solo hay rivales. El único gol del partido llegó tras una pérdida suya, pero me quiero quedar con una jugada que se produjo alrededor de los 35 del primer tiempo, y que grafica todavía mejor su pobre actuación: recibe una pelota contra la raya izquierda, en posición defensiva pero sin una marca asfixiante, y en lugar de intentar retenerla, o bien de despejarla hacia un sector de la cancha menos peligroso, pone el pie flojo y direcciona el balón hacia el círculo central, ofreciendo al equipo cordobés otro ataque fuera de contexto. En la misma jugada, y cuando el peligro parecía diluirse, patea a un rival desde atrás y regala un foul a dos metros del área de Navarro.

La mala noticias para Mussis no es lo que yo pueda escribir en esta crónica; en definitiva, ¿a quién le interesa esta crónica? La mala noticia es que Almirón no estaba volando hacia Buenos Aires, sino que ya había llegado anoche. Seguramente, el nuevo DT habrá seguido con atención las acciones de la tarde en el Nuevo Gasómetro. Por otra parte, Merlini cumplió a la perfección con el papel que Botta venía desarrollando durante los últimos encuentros: fastidioso todo el partido, no pudiendo engranar con Belluschi, tirando patadas a los rivales e insultándose a sí mismo y a los demás. Ya en el segundo tiempo, ingresaría Botta, y por enésima vez no gravitaría en el match. Ya en la última jugada, recibe el juego por banda derecha, con espacio, con chances de centro, pero manejó la pelota con tal displicencia que se la acabaron birlando. Belluschi, que ya venía arrastrando un calambre desde hacía varios minutos, fue al suelo y forzó la infracción que sería la última acción de la tarde para el Ciclón. Lamentablemente, la ejecutó el propio Botta, que no hizo más que servirle la bola al arquero Herrera.

En el transcurso del segundo tiempo, y en la medida que no pudo concretar las situaciones que generaba, el equipo se fue desinflando. Es lógico: es un equipo que viene golpeado desde hace bastante tiempo, y cuando es así no es sencillo sostener la moral alta y atacar incesantemente hasta conseguir dar vuelta la taba. Sobre el final, Reniero perdió el empate abajo del arco. Pero apuesto a que ningún cuervo tiene nada para reprocharle al Príncipe. Gran entrada del grandote Gaich, que demostró aptitud para pivotear y para desbordar cuando el juego lo requiere. Y no mucho más. Hay trabajo para hacer. Estamos todes a la expectativa de la era Almirón, que el próximo domingo estará sentado en el banco azulgrana, en la cancha de Liniers.


Ni el tiro del final te va a salir

Y se acabó nomás. Y fue tal como presentíamos que podía ser. El pronóstico decía lluvia, y si bien los pronósticos fallan, esta vez llovió. Volvió a llover, mejor dicho, porque dá la impresión de que vivimos en Londres, de tanto cielo gris. Bueno, pero intentemos hablar de fútbol:

Personalmente, yo tenía la sensación de que salíamos a jugar el partido con un equipo cercano al ideal, dentro del material que tenemos en el plantel. Dejando de lado la improvisación en el lateral izquierdo, que terminó cubriendo Senesi, y la ausencia de Poblete en la mitad de la cancha, era un buen equipo el que saltó al campo de juego de Lanús. En los nombres, claro. Después, una vez que la pelota hace lo suyo, los nombres se disipan y lo que queda es el rendimiento: sobre todo el colectivo. Ese que extrañamos tanto.

En el transcurso de la primera parte, fuimos testigos de mil charlas entre jugadores y cuerpo técnico, en el afán de ordenar el medio campo. Raro, porque esta vez no se trataba de una línea de volantes alternativa como la que le jugó a Racing el domingo: a esta altura del año, uno podía llegar a pensar que Mussis, Botta y Belluschi se entendían con un poco más de facilidad y sin esa necesidad desmesurada de andar reordenándose tanto en medio del partido. Bueno, eso es lo que suponíamos. Pero de nuevo cometimos un error, los que dábamos por hechas ciertas cuestiones propias del trabajo cotidiano. Los laterales nunca recibieron el auxilio de Botta y Belluschi, a la hora de defender las bandas, y así fue como llegó el centro de Temperley que abrió el marcador. A Mussis no se le puede negar la entrega, pero muestra un juego desordenado y a la hora de salir con pelota dominada se torna peligroso, dada la tendencia que tiene a filtrar pases por el medio del campo en lugar de abrir la cancha y buscar un juego más seguro. A Botta nadie le niega su habilidad con el balón, pero desde que agarró la titularidad con el Pampa, nunca pudo serenarse, nunca pudo levantar la cabeza y acompañar virtuosamente los ataques que puede generar el equipo. Belluschi no marcó la diferencia en la primera etapa y Reniero tampoco gravitó: si ellos dos no están metidos, bueno, difícil pensar en armar algo interesante. El pibe Insaurralde, de lo mejorcito. A pesar de su poca experiencia en primera, bajó a buscar el fútbol, intentó triangular y volvió a mostrar carácter. No es poco.

La única clara de San Lorenzo llegaría sobre el filo de esa primera mitad: buen centro de Senesi desde la izquierda y cabezazo del capitán que se estrelló en el travesaño. Al descanso un gol abajo, y estaba bien. El segundo tiempo se hizo de ida y vuelta y Temperley empezó a perderse algunas contras desde temprano. Belluschi salió cuando faltaba media hora para el cierre, es decir, el tramo del partido que solía disputar desde que volvió de la lesión: pero no se fue reemplazado, sino expulsado, tras una doble amonestación. Mouche entró por Mussis, a jugar lo que le faltó el domingo en Avellaneda. Con diez, San Lorenzo mostró su mejor versión: no por generar un juego deslumbrante, desde ya, sino por atacar con convicción y ahogar a su rival, que se fue metiendo atrás y ya no salía tanto de contragolpe. Las que tuvo, Coloccini las defendió con actitud. En tiempo de adición, cuando el referee ya había dado cinco, Blandi sacó un disparo de afuera del área y San Lorenzo lograba aquello de ir a los penales, merecidamente, a juzgar por lo hecho tras la expulsión de su número 10.

Las estadísticas decían que a nosotros nos iba bien en los penales y a Temperley no. Nico Navarro ya nos había dado algunas alegrías de ese estilo. Pero el pronóstico decía lluvia, y en el sur del Conurbano le iba a llover al Ciclón. Dos tiros de cada lado, 2 a 0 abajo en la tanda de penales. Irremontable. Y ni me hagan hablar de cómo pateó Ariel Rojas. No me parece relevante que Temperley juegue en una categoría menor: está claro que en nuestro fútbol ningún partido se regala. A los de nuestra categoría los habíamos eliminado, incluso jugando mejor. El asunto, acá, era que San Lorenzo se estaba viniendo a pique, y se terminó de desmoronar. El Pampa ya presentó su renuncia, no voy a hacer leña del árbol caído. Diré solamente que fue responsable del desconcierto que quedó de manifiesto mientras se disputaba el primer tiempo, no pudiendo el equipo acoplarse a las exigencias del juego. Y ese desconcierto, en definitiva, fue la constante de estos últimos meses. Con un par de excepciones, como el partido en casa contra Nacional, el cruce versus Colón, en el Bielsa, e incluso el primer tiempo del domingo en el Cilindro, cuando se intentó hacer un juego honesto. Unos pocos chispazos, pero el fuego nunca encendió. No se pudo. A pensar para adelante.