Alberto es un italiano que se enamoró de San Lorenzo. Así como suena: llegó a Argentina de la mano de su novia, una mendocina que conoció en Madrid, donde trabajaba temporalmente. Y, a contramano de muchos argentinos que hoy enfilan nuevamente al Viejo Continente por la crisis económica, aterrizó en Buenos Aires en 2015. Otro país, en todo sentido. Venía a buscar una América Latina que ya estaba mutando a otra, que ya se estaba tirando más a la derecha, que ya comenzaba a ser menos amena con los migrantes y más amena con los poderosos.

Alberto es abogado. Tiene su título italiano y lo está homologando acá. Cada vez que puede, cuando el tiempo laboral y el bolsillo lo permiten, vuelve a visitar a sus padres en su Milán natal. Allá también tiene a sus amigos y al Inter, el equipo que siguió en trenes y aviones low cost por toda Europa, en Champions y la ex UEFA, cuando aún brillaba en el césped Iván Ramiro Córdoba, de gran paso por el Ciclón. Cambió el Giuseppe Meazza por el Pedro Bidegain y la cerveza Peroni por el peronismo, siempre encantador de propios y ajenos. Dejó el barrio San Siro por las caminatas en Boedo y las previas en Avenida La Plata: llega antes que nadie al Jia Xuan, el chino de la esquina con Fernández de la Cruz, para abrir una lata fría de birra industrial. Y no se arrepiente, porque eligió esa nueva vida: hasta se enorgulleció en público cuando, a fines de 2018, hizo su primer asado (símbolo  de la argentinidad si los hay).

No se hizo socio tan rápido: primero asomó algunos partidos en carácter de invitado. Hasta se agobió de calor en un amistoso vs Gimnasia y Esgrima de La Plata, tratando de comprender qué hacía que miles de cuervos estuvieran en algarabía bajo más de 30 grados y un sol atronador. Se deslumbró por un caballo que siempre aparecía en las afueras del Estadio, algo impensable en su país de origen. Le gustó ese criollismo: no todo siempre tiene que tener una explicación rígida, un ordenamiento total. Y luego, cuando su DNI estuvo listo, pidió el carnet más lindo del mundo: el que lo acreditaba con la ciudadanía cuerva. Desde ahí se perdió contados partidos, por compromisos ineludibles de una vida desparramada entre Milan, la Ciudad de Buenos Aires y Mendoza. Y también se vinculó con el Ciclón por su militancia social: se integró a La Soriano y se opuso a las Sociedades Anónimas Deportivas, con conocimiento cabal del desaguisado que éstas hicieron en algunos clubes europeos.

Hay algo entre Italia y San Lorenzo: la familia Monti, que se cuenta entre los fundadores de nuestra institución, provenía de aquel país; el mismísimo San Lorenzo, diácono regionario de la iglesia católica, fue martirizado en Roma en agosto del 258; y en 2013, en esa misma ciudad, fue elegido Santo Pontífice un socio azulgrana de larga data: Jorge Mario Bergoglio, que se vistió de Papa Francisco y entre sus primeras frases públicas sentenció “que gane San Lorenzo”. El padre de Lorenzo Massa, de igual nombre, había nacido también en Turín. El Tano, a su manera, se sumó a esa conexión entre sus dos países. ¿Cuánto tiempo más seguirá en Argentina? Nadie lo sabe, porque la situación económica está brava y el horizonte es incierto no sólo para él, sino también para más de 40 millones que día a día la salimos a pelear. Pero sea en esta tierra o en aquella que lo vio nacer, habrá dos palabras que lo acompañarán por siempre, como acompañaron a Massa, Monti y Bergoglio: San Lorenzo.