Ellos parecían malos. Por donde se los mire. Los centrales revoleaban la pelota asustados. Su mejor jugador tiene un nombre que rima con pedófilo: una letrina. No habían convertido ningún gol en la competición y nosotros no habíamos recibido ninguno. Era obvio lo que iba a pasar.

En medio de esta variopinta situación salió a la cancha el equipo de Jorge. No creo ser el único que no logra entender cuál es el partido importante y cuál no, cuál importa más que el otro. Si los titulares son estos o si eran los otros o si en realidad es todo un plan maestro de Jorge “El Desconcertante”.

Los más entusiastas soñaron con un partido de esos aletargados y monótonos a los que nos tiene acostrumbrados caslita. El balón de acá para allá y ni un tiro por lado. 0 a 0 y a sellar la clasificación. Era obvio que no.

Acostumbrados a jugar con un montón de defensores nos sorprendimos con la posición de Peruzzi: wing derecho. Algunos dirán que fue un falso 4: no será este humilde cronista quién diga eso.

También sorprende la virtud que Almirón observa en Salazar jugando con el perfil cambiado.

Como en aquel espejito espejito de la leyenda de Blancanieves: esa belleza solo es perceptible para el sensible y laureado conductor de nuestro equipo. En la era de la auto percepción nadie puede negarle a Jorge el derecho de decir: a mi me gusta ese muchacho jugando con el perfil cambiado.

Pasaron dos cosas solamente en esos 45 miuntos. Un gol típico de los que le convertían al pampita: centro llovido de fácil lanzamiento desde tres cuartos con cabezazo light (perfecto y sorpresivo para el enanito verde) de un jugador de Junior que no vale la pena traer al caso aunque su apellido recuerda a una famosa tribu.

Nos metieron un gol sin demasiado esfuerzo.

Rentería por su parte tuvo una situación clarísima que para su mala fortuna y la de 4 millones de personas, se fue besando el palo. Era de papi fútbol. Toque atrás de Salazar, control (fue muy parecida a la que se comió con Huracán) y definición.

Ojalá el robusto colombiano pueda pronto romper el maleficio que hace que sólo veamos sus limitadas condiciones futbolísticas. Un 9 necesita goles para ser esbelto: un 9 necesita confianza. La gente te trata como te ve, Rente.

Claramente no fue su noche. No parece tener sintonía con los jóvenes. O ellos no la tienen con él. O simplemente es sapo de otro pozo. O por ahí son mis ganas de que le quiten sus privilegios.

Mucho tuvo para hablar Jorge en el entretiempo.

Saltó Gonzalo Castellani y el minúsculo Barrios por Poblete y Peruzzi.

Armó el equipo usual. Con un contención y dos fantásticos en el medio, Salazar y Herrera se definieron como laterales y adelante siguió con la obstinada idea de desaprovechar a Reniero pegado a la raya.

Tuvimos el balón. Ellos no eran la gran cosa. Tenían miedo.

Sólo Barrios nos depertaba cada tanto de la modorra cuando gambeteaba rivales y generaba algo llamado velocidad.

La velocidad es una relación que se establece entre el espacio que recorre un objeto (o persona en este caso) y el tiempo que le demanda. San Lorenzo no tiene nada que ver con la velocidad. Son dos cosas totalmente diferentes.

Gaich ilusionó con diagonales y empujones pero tuvo poco tiempo para mostrarse.

Sobre la hora Rentería selló su mal momento haciéndose echar tontamente un instante antes del pitido final del referí.

Ellos eran malos y nos ganaron con muy poco. San Lorenzo careció de la rebeldía que se necesita. Tal vez por los intépretes. Tal vez por regalar un tiempo con nuevos y asombrosos experimentos. Con extravagancias.

Llegar sin la soga al cuello a la ante última fecha del grupo de Copa es algo inusual para el sanlorencismo. Haber rifado la posibilidad de ganar el grupo también. Una de cal y una de arena.