El cielo estaba espeso, plomizo. Se arrimaba una tormenta como la que San Lorenzo atravesaba en aquel 2012 al constante borde del naufragio.

Yo me había sarpado un cachito de escabio la noche anterior a ese domingo de mayo. Jugábamos con ñuls que peleaba el campeonato y nosotros batallando con el descenso. Estaba jodido, había que encomendarse a Dios, pero yo estaba complicado porque era ateo.

Viví el partido entre resaca y malestar físico, solía ir solo en aquellos años. El partido arrancaba, San Lorenzo era más pero Ñuls hacia los goles (eso es el fútbol a veces, se puede jugar bien y no ligar) y terminaba el primer tiempo con un 0-2. La gente alrededor parecía sumergirse en la fe. Yo lo único que sabía es que San Lorenzo en las jodidas siempre se levanta, esa era mi única certeza en ese quilombo. El ciclón es una tromba y en una ráfaga se pone 2-2 con goles de Gigliotti y un héroe sin capa como Carlitos Bueno. El tiempo corre, se nos escapa como el agua entre las manos, con la certeza de no volver atrás. La desesperación me había aferrado a la fe, un diálogo con mis propias contradicciones, en el momento en que Bueno baja un bochazo imposible, Romagnoli se disfrazaba de sí mismo en los primeros años del 2000, desbordaba, tiraba el centro. Gigliotti en un movimiento irrepetible e intentendible empujaba el 3-2. Se ganaba un partido inganable, improbable, infartante y cuesta arriba; una señal de esperanza salida de no sé donde. Mis convicciones religiosas, previas al minuto 41 del Segundo tiempo, se habían ido al carajo. El Nuevo Gasómetro era un hervidero, un grito de desahogo, como un exorcismo masivo, arrimaba el Sol pese al cielo espeso… Si existe un Dios esa tarde también anduvo por el Bidegain.