La universidad popular de Boedo

29/Mar/18

Recién a los veintiséis años, allá por 1969, Osvaldo Soriano pudo conocer el Gasómetro. Se lo había imaginado mil veces, pegado a la radio, releyendo crónicas de El Gráfico, gastando con la mirada la misma foto donde Sanfilippo –su ídolo de siempre– le hacía un gol de taquito a Boca. Cuando pisó los tablones invencibles, todavía sin imaginar su futuro de best-seller y reverenciado escritor, se sintió en el Coliseo Romano. Porque el Gasómetro, más que una cancha, era un mito.

 

Recién a los 29, allá por el 1929 (porque nació al compás del Siglo XX), Roberto Arlt fue por primera vez a una cancha de fútbol. En serio. Y así comenzó su relato: “Ustedes dirán que soy el globero (mentiroso) más extraordinario que ha pisado (el diario) El Mundo por lo que voy a decirles: ayer fue el primer partido de fútbol que vi en mi vida; es decir, en los 29 años de existencia que tengo, si no se cuentan como partidos de fútbol esos con pelota de mano que juegan los purretes y que todos, cuando menores, hemos ensayado con detrimento del calzado y la ropa…”.

 

Su debut fue en el Gasómetro, para la final de la Copa América que ganaría Argentina. Así tenía que ser. El hombre que partió en dos la narrativa argentina, enarbolando como bandera una de las prosas más potentes jamás escritas por estos lares, se entusiasmó poco por el fútbol. Pero quedó admirado con el Templo. Y algo más: “¡La pucha si hay lindas muchachas en esta Avenida La Plata!”, cerró su comentario. A lo Arlt.

 

Para él, ése coloso de madera y hierro resultó una revelación. Tratándose del perspicaz Roberto, no poco orgullo nos envuelve. José González Castillo fue uno de los inventores del tango tal como lo conocemos hoy. Poeta, dramaturgo, director de teatro, fundó la segunda universidad popular de la Argentina: la Universidad Popular de Boedo. Miles de maravillosos creadores pasaron por sus aulas. Se inauguró apenas dos meses después de que San Lorenzo firmara el boleto de compraventa por los terrenos del Gasómetro, en 1928. En ambos escenarios, bajo el mismo cielo diáfano de Boedo, los maestros daban cátedra: el Ciclón era, en ese momento, el primer campeón tras la unificación del fútbol argentino. Cátedra de Artes. Cátedra de Fútbol.

 

En los cafés de Boedo conversaron Homero Manzi y Cátulo Castillo; en la biblioteca Miguel Cané –la primera Municipal de Buenos Aires– Jorge Luis Borges escribió algunos de sus cuentos más célebres. Bajo las estrellas de este barrio, a Leónidas Barletta se le ocurrió crear el Teatro del Pueblo. Y en las manos de sus lectores, las páginas de la editorial Claridad olían a lunfardo, a perfume anarco, a proletariado vivo y representado al fin, en la vereda del Grupo Literario donde Castelnuovo, Yunque y Tiempo se tiraban a los pies, rasposos, antes cada firulete de Florida. Y ganaban a lo San Lorenzo.

 

Me contaron de las milongas de Troilo y Pugliese, de los carnavales iluminados por Sandro, de los novios que se enamoraron allí, bajo las lucecitas de la Avenida interminable… Y de aquella vez, en 1973, cuando un joven llamado Gustavo Cerati fue al primer recital de su vida: tenía catorce años y tocaba Carlos Santana… en el Gasómetro, claro.

 

Ahora sabemos de los encuentros de Viggo Mortensen –actor, poeta, embajador multicultural del saber sanlorencista– y Fabián Casas, siempre en el bar San Lorenzo, en Avelino Díaz y Avenida La Plata… Y de las pinceladas imbatibles del Grupo Artístico de Boedo, las estrofas de la Escuela de Tablones, la prosapia fantástica de los Cuervos de Poe (al olvido, un rotundo nervermore) y el manifiesto azulgrana de La Soriano, porque esto sigue, muchachos, esto es eterno, el sentimiento y el aire que se respira, tan dulce como una gambeta del Pipi. Pronto, muy pronto, la última utopía emergerá de su propio destino. Y allí enfrente, con pies de cemento y alas de Cuervo, se posará un nuevo estadio, igual y distinto, para inspiración de estos pibes que aprendieron a amar a San Lorenzo.

 

*Periodista y escritor

Autor de “Hermano Cuervo”

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