El bandoneón de Monarriz: La crónica de Facu Baños del triunfazo en el Monumental

Bien, míster. Muy bien. Se tenía que hacer y se hizo. No era cuestión de guapeza ni de grandeza. Las ideologías aplicadas al fútbol las podemos dejar para más adelante. A River no se le juega de otra manera. Lo dicen los números: te aplasta de visitante, porque en casa todos salen a buscar el partido sin ver quién está enfrente, pero le cuesta de local, cuando el rival sube la guardia y aguanta los embates, esperando un descuido del campeón para conectar.

A los 15, Adolfo bajó la pelota en el área y en el mismo movimiento dejó pagando a Pinola. Alguien más intentó frenarlo infructuosamente, y Armani será buen arquero pero tampoco la pavada. Bombazo al techo de la red y a cobrar. La cosa empezaba a darnos resultado. San Lorenzo jugó todo el partido igual. No es que arrancó de una manera y mutó según el resultado. No. Jugó a lo que jugó, como todos vimos.

Hay una remontada anímica y actitudinal. En Tucumán, dos fechas atrás, creí estar viendo la misma película de todos los fines de semana, desde hacía un par de años. Una tipo La Ciénaga, de esas que te ponen al borde del ataque de pánico. Después, con Patronato, qué sé yo, fue una cosa extraña, pero uno tenía la impresión de que esa mini rachita virtuosa era clave para fugar de la caverna y reencontrarnos con el mundo luminoso. Venía River, y todos sabíamos que íbamos a Núñez a jugar nuestra ficha, perdidos por perdidos. No hace falta recordar las nefastas estadísticas que llevábamos en la mochila. Bien Monarriz. Un aplauso para nuestro DT.

Me hubiera gustado, si me pongo fino, haber podido sostener la bocha durante el agregado, cuando ya estábamos con dos tipos más en cancha. Intentar llevar el partido hasta la mitad y a los rincones del campo. Bah, si es por pedir, me hubiera gustado que entre la que tuvo Menossi para liquidar el match: ¡qué panzada hubiera sido! Pero, bueno, ya estaba la suerte echada. El problema lo tenían ellos, y nosotros morimos con la nuestra.

Vienen de remontada los hermanos Romero. Óscar se los comió anímicamente durante los últimos 20 minutos de juego y ese barullo mental que se armaron nos dio un poco de oxigenación. De la mano de Gonzalo y Coloccini, la defensa se empieza a acomodar. Más allá de esos dos bombazos que nos cayeron al área en tiempo de descuento y que no fueron gol porque el diosito estaba de nuestro lado, me dio la impresión de que no sufrimos tanto las marcas como nos venía pasando. Es más, estamos generando un buen poderío cuando tenemos pelotas paradas a favor, porque incluso Ángel y Pitton demuestran ser agresivos en el juego aéreo.

Me sigue gustando el planteo de Monarriz. Dota al equipo de mucha elasticidad, para plegarse y para atacar en bloque, como si fuésemos un bandoneón, y me parece una apuesta práctica e inteligente. Cuando todavía nos seguíamos fumando a Pizzi (¡qué cosa increíble!), reclamábamos a gritos que ponga un equipo y se la banque. Bueno, eso es lo que hace este entrenador: pone un equipo y se la banca. Este abroquelamiento defensivo era menester, para salir del pozo al que nos había mandado el DT de las ideas progres. Había que rearmar el equipo de atrás para adelante. Había que lograr que nuestros jugadores hundan los pies en la tierra y sepan a qué están jugando, porque, por más que se le quiera dar vueltas al asunto, esa es la manera de agarrar confianza y de que la cosa funcione. Ojo, con una pretemporada encima y un plantel más afianzado, el concepto de equipo puede variar, y tampoco vería mal que así fuera. No pienso en ninguna locura, sencillamente en mover ese tercer central hacia la mitad de la cancha. Pero el míster es el míster y yo tanto de fútbol no sé. Por lo pronto, soy de la idea de valorar el trabajo hecho, cuando uno ve que las cosas se empiezan a dar.

Como pasó en su momento con el Pampa, este entrenador tiene un ojo puesto en las canteras del club. A diferencia del Pampa, creo que este entrenador tiene una idea más sólida de lo que pretende. Repetimos equipo después de mil años, y ese equipo que no se tocó, ganó los dos partidos que jugó. Pienso que no necesitamos ningún refuerzo, a menos que se nos desarmen las líneas. Hay que seguir dándole confianza y rodaje a los jugadores que tenemos, que son buenos. Si logramos esa amalgama perfecta entre experiencia y juventud, como diría Arjona, pienso que vamos a andar muy bien. Tienen que volver a enamorarse de la camiseta y a sacrificarse en cada pelota, como anoche. Porque, como dice el Indio, “un par de sienes ardientes, son todo el tesoro”.


Trabajen: La crónica de Facu Baños del empate en Tucumán

Se me hizo tarde para la crónica, pero la voy a hacer igual porque llevo varios partidos sin escribir. Pude haber aprovechado el triunfo en casa contra el Bicho y no lo hice. Mejor, porque no hubiese sabido cómo arrancar a describir un partido que no nos hizo sufrir. El sábado a la noche, en cambio, nos sentimos como en casa, con ese juego que hicimos en Tucumán, por momentos discreto, por momento lastimoso. Tuvimos la buena idea de juntarnos a verlo, en la casa de un compañero de La Soriano que se quedó con el freezer lleno de latitas de birra. Muy cerca de El Imaginario, mítico barcito esquinero del Abasto donde todos los que superamos la franja de los 35, todos y todas, hemos llevado compañías, en plan de forjar una cercanía. El éxito siempre es dispar: uno se pone a pensar en las citas que ha tenido, y en el caldo de esos recuerdos conviven el sinsabor de las decepciones y las espléndidas alegrías. Con San Lorenzo, en cambio, la cosa es más sencilla: siempre nos va más o menos como el ojete.

Comentario que sale como piña, cada vez que nos juntamos a ver un partido entre amigos cuervos: “Che, jugamos horrible, ¡pero tenemos buenos jugadores!”. Ahora, yo me pregunto, ¿tiene fecha de vencimiento la percepción de que son buenos jugadores, o es algo que ya está establecido? Porque, uno bien podría pensar: si un hombre que trabaja de jugador de fútbol, juega mal durante el transcurso de un tiempo equis -un año, ponele-, bueno, quizá debamos pensar que no era tan bueno como habíamos creído. El sábado, en algún momento del segundo tiempo, le comenté esto mismo a un compañero: los trabajadores que integran nuestro plantel de fútbol, evidentemente, no están haciendo bien su trabajo. Y eso sin ponernos a divagar sobre los salarios que perciben, que ya sabemos cómo es el asunto y no le encuentro sentido a seguir dándole vueltas: lo tomamos o lo dejamos. Me quiero detener en lo otro; ¿por qué nuestros jugadores -trabajadores- no hacen bien su trabajo? No es una cuestión de ahora, ni de este último tiempo, sino algo que viene de arrastre y que da la impresión de que no hay quién lo pare. Para colmo de males, pareciera ser contagioso, porque, si me apurás un poco, tengo que empezar a criticar a Gonzalo y a Coloccini.

Los chabones jugaron mil años en las ligas más importantes de Europa y fueron referentes de sus equipos. No les vamos a exigir que corran como Iván Córdoba, porque está claro que no les da el lomo para ese tipo de aventuras, pero, viejo, ¿pueden tomarse el trabajo de seguir alguna marca en las pelotas paradas, por el amor de dios? Me vuelvo loco, cada vez que tenemos un tiro libre en contra. Es una de las peores cosas que me pueden pasar en la semana. Yo le doy la derecha a Monarriz, con el sistema que metió: me parece que encaja bastante bien con las características de nuestros jugadores, sobre todo de los laterales, que efectivamente tienen aguante para surcar sus respectivas bandas -imprecisiones del pibe Herrera al margen-; obviamente que es todo materia de debate. A esta altura del partido, si hay algo que queda claro es que nadie tiene la verdad revelada en esto del fobal. Yo, en principio, elijo darle la derecha al dt. Después, si tiene que seguir o no como conductor de la primera, no sé, ese es otro cantar.

Insisto con lo que dije antes: tengo la impresión de que no hay nada ni nadie que le pueda poner coto a la pobre actitud de los trabajadores que integran nuestro plantel. Hace mucho tiempo que vemos la misma película, una y otra, y otra vez. Un equipo desganado, sin alma, sin ganas de luchar. En estos días, todo el mundo hace hincapié en el funcionamiento de un mediocampo que parece estar desguarnecido con un solo cinco. Es parte del debate futbolero: reforzás atrás y en esa apuesta desprotegés otro sector del campo, inevitablemente. Cuando digo que, en principio, banco la jugada de Monarriz, pienso también en el pasado inmediato: los últimos partidos dirigidos por Pizzi fueron un desconcierto absoluto, como pocas veces hemos visto, y entonces, a mi entender, era menester rearmar el equipo de atrás para adelante, como suele decirse; banco esa primera línea defensiva formada por tres caudillos. Dicho esto, si después se quedan jugando a las estatuas en cada pelota que cae en el área, bueno, ahí ya se me acaba el argumento como a Shakira.

De la mitad para adelante, los hermanos Romero intentan buscar y ocupar espacios, pero, de nuevo, la impresión es que el terreno de juego nos queda siempre grande, por más que juguemos en el Diego Maradona de La Paternal. Se cansan nuestros muchachos, bajan los brazos, se desploman, no les da el cuero. Cuando el equipo rival avanza con pelota dominada, no oponemos resistencia, el nivel de presión que podemos ejercer es bajísimo. Cuando un jugador nuestro avanza con pelota dominada, no encuentra compañero para descargar, somos incapaces de armar una pared porque el hombre que suelta la pelota no se dispone a seguir participando de la jugada, se desentiende, ya cumplió. El equipo que viste la camiseta azul y roja, es decir, la nuestra, es muy poco solidario, y esto ocurre, lamentablemente, desde hace mucho tiempo. Todos se lavan las manos. Deben pensar que, si hay diez “compañeros” más en la cancha, entonces alguno más se encargará de resolver el asunto. Eso es lo que se ve desde afuera, y es sumamente triste. Cuando ves a otros equipos, salta a la vista la filosofía inversa: dámela, me hago cargo, depende de mí; jugadores que se sacrifican por el colectivo, que buscan y siguen buscando, que no bajan los brazos, que son fuertes mentalmente. Nada de eso encuentro en mi San Lorenzo.

No sé cuál es la solución. Entiendo que no es sencilla. Quizá seguir apostando a los pibes del club nos resuelva una parte del asunto. Pero eso tampoco es garantía de lo contrario. Espero, como sea, que seamos capaces de revertir esta bola de nieve, que viene de hace rato y se lleva todo puesto. Ah, ¿el empate? Bien, gracias.


Carta abierta a Pizzi: Facu Baños analiza la derrota en la Quema

Juan Antonio:

La última vez, después del partido contra los santiagueños, me tocó escribir esta misma crónica, y dentro de lo que pude intenté cubrirte las espaldas. Fui muy crítico, por supuesto, porque la situación no me permitía mirar para otro lado, pero dirigí mis críticas a lo que nos viene pasando como club -de fútbol- en estos últimos años: a la imposibilidad manifiesta de sostener en el tiempo un proyecto futbolístico que involucre el laburo de inferiores -que se supone que existe- y de coordinar eficientemente las ideas de todos los actores que se encargan del asunto. Es decir: casi ni hablé de lo que se había visto en la cancha -nos comimos cuatro contra un equipo ignoto- ni de lo que venía insinuando nuestro equipo -tu equipo- durante los últimos encuentros. Hoy no, hoy me parece que es totalmente inevitable, y completamente necesario, referirse sin rodeos a lo que somos dentro de la cancha.

Perdimos 2 a 0 contra Huracán. Por si hay algún desprevenido, en algún sector del planeta. La jugada de gol más clara que tuvimos, creo, fue un remate de Fértoli desde media distancia que pasó a más de un metro del palo derecho, y que, si hubiera habido público nuestro en el estadio, apenas hubiera despertado un “uh” cortito, casi de compromiso. El juego que está haciendo San Lorenzo es una sombra y se arrima a pasos agigantados a la categoría de “bochorno”: a juzgar por los nombres que integran este plantel, me atrevo a decir que la situación es incluso más desconcertante de lo que fue durante la gestión Almirón, cuya figura descollante era Román Martínez.

Arrancamos con vientito de cola durante las primeras fechas, y nos ilusionamos con nada. Recuerdos, al pasar: del Bosque nos trajimos un triunfo que pudo haber sido cualquier cosa; en Sarandí jugamos, creo, el mejor partido de la temporada, sin sufrir, contra un rival duro; con Unión, de local, nos floreamos 20 minutos, nos pusimos en ventaja, y al cabo de ese oasis el partido fue un parto; a partir de ahí, bola de nieve, nube negra que nos sigue a todas partes, juguemos donde juguemos. A vos, Juan, no te puedo endilgar lo mal que la venimos pasando desde hace tres años a esta parte, pero sí tenés mucho que ver con lo mal que la estamos pasando ahora. Tenés muchísimo que ver, porque, insisto, tenés material para no hacer los papelones que estás haciendo. Tenés material y no lo estás sabiendo usar: no estás sabiendo conducir. Yo podría entender tu filosofía de rotar y de usar el plantel largo que tenés, haciendo que ningún jugador se crea que tiene el puesto ganado: la podría entender si el partido con Colón en Santa Fe no hubiera sido derrota y si todo lo que vino después de eso hubiera sido distinto. Quiero decir: si un equipo funca, si viene agarrando confianza, si convence, uno puede darse el lujo de meter cambios de piezas, de participar a todos los jugadores según lo que pide cada partido y blablablá. Ahora, la pregunta se cae de maduro: ¿vos decís, Juan, que éste es un equipo confiado? ¿Realmente ves eso?

No preciso ni que me contestes. Este equipo está devastado moralmente, y eso se traduce enseguida en el rendimiento dentro del campo. ¿Y entonces qué? Entonces, simple: hay que dejarse de joder con la rotación de los elementos y hay que encontrar el equipo titular. Esto es así y punto. Porque, si mal no recuerdo, de la Libertadores nos bajamos en Asunción, y -si mal no recuerdo también- de la Copa Argentina nos bajó uno de remera verde y blanca en la cancha de la pindonga. Todo lo que tenemos que hacer es poner un equipo decente los fines de semana y empezar a sacar puntos en el torneo local. No hay mucha vuelta que darle a esto. En la semana leía en los portales amigos que todavía tenemos chances de jugar una copa en 2020: nada más hay que ganar un torneo donde vamos a jugar contra todos los campeones de la Libertadores. “Ah, ¡una pavada!”, pensé, si total a Central Córdoba de Santiago del Estero le metimos 7 como local y a Huracán le llenamos la canasta en la Quema. Jugando así, esa copita se queda en Boedo.

Juan, no somos River y vos no sos Gallardo. Dejanos de romper las bolas. Ponete el overol, armá un equipo competitivo con todo lo que tenés y empezá a sacar puntos, que lo único que nos falta es volver a hundirnos en la franja roja de la tabla de posiciones. Yo, desde acá, no voy a pedir tu cabeza. Yo quiero que le vaya bien a San Lorenzo, y si es con vos mejor. Ahora, si te terminás yendo porque no le encontrás la vuelta a los quilombos que vos mismo armaste -¿quién te manda a defender así los tiros libres en contra?-, entonces me gustaría que venga un técnico trabajador, porque me parece que se nos está acabando el crédito de los dts progres. Si lo tengo que poner yo, lo traigo al Ruso Zielinsky, y si les tengo que decir -a él, a vos o al que sea-, qué equipo poner, bueno, agarren la lapicera: Navarro; Herrera, Coloccini, medalomismo, Pitton; Óscar, Menossi, Poblete, Ramírez; Ángel y Gaich. 4-4-2. Si vamos ganando, lo metés al pibe Insaurralde para reforzar el mediocampo y lo corrés a Menossi, que cubra la derecha; si vamos perdiendo, lo bajás a Ángel para que arranque de atrás y ponés a Blandi para hacer fuerza arriba. Y listo. Basta de inventos. Hay que darle rodaje a un equipo si querés que funcione.

Obviamente, no hace falta ni aclarar, ya ninguno de nosotros se ilusiona con pelear este torneo. Siguen pasando los años y seguimos hundiéndonos en el río de la impotencia, tirando manotazos de ahogado. Hay poca cuerda para seguir boludeando. Ojalá te des cuenta, Pizzi. Y sino, te va a llevar la correntada. Acabás de declarar que no tenés pensado renunciar. Me parece perfecto. Ahora, dejá de inventar pavadas y laburá con 11 jugadores que jueguen de entrada.

PD: un amigo me jugó un fernet, uno de marca. Le dije que sí. No pensé que íbamos a ganar, pero me dije que un empate, de esa cancha, nos podíamos traer. En el chino está arriba de 200 mangos. Te pido encarecidamente que me ubiques, así combinamos y me lo hacés llegar. Que tenga que gastar esa guita, con lo lastimoso que juega tu equipo, me parece injusto, como mínimo.


Salí de ahí, maravilla: La crónica de Facu Baños de la derrota con Central Córdoba

Tengo que escribir una crónica sobre un partido que jugamos en nuestra cancha, contra Central Córdoba de Santiago del Estero, y que perdimos 4 a 1. Ok, una pavada. Lo primero que se me viene a la mente es un mensaje de corte netamente poético, que leí ayer a la tarde en el grupo de WhatsApp de La Soriano: “Cuando menos te lo esperás, San Lorenzo te caga la vida”. No sé si es textual la cita que estoy haciendo, pero el espíritu del mensaje era ese. Y yo, antes de asentir, le voy a poner un par de filtros, como en Instagram -sí, hace poco me abrí uno y ahora hago metáforas como si fuera un instagramer: bien de treintañero haciéndose el pendejo-. En fin, iba a decir que no creo que San Lorenzo te arruine la vida, porque me suena un poco border; ni siquiera pienso que te arruine la semana, porque me suena un poco emo; ahora, que te arruina la tarde, te la arruina. Ahí le pongo el gancho.

Lo que me parece más duro -y a esta altura de las cosas creo que ya podemos afirmar esto también-, es todo este proceso que venimos haciendo de reacomodarnos a una mediocridad que, por un momento, tuvimos la impresión de haber dejado atrás. Así como Vélez creyó en los noventa sumarse al lote de los grandes, nosotros creímos hace un par de años que nos íbamos a despegar de los amigos de Avellaneda y que nos íbamos a acercar un poco más -futbolísticamente hablando- al nivel de Boca y de River, disputándoles cosas en serio y con constancia. Una suerte de Atlético de Madrid tercermundista, ponele. Bah, qué sé yo, por ahí todos ustedes que están leyendo sabían que esto no iba a ocurrir y el único nabo que me comí el caramelo fui yo. Puede ser.

Siento que estamos atravesando un túnel negro, como el que dijo Michetti, y que no tenemos ni puta idea adónde vamos a ir a parar. Siento que es una lástima, estar así, porque sinceramente esa oportunidad de ir a más, existió. Siento, concretamente, que el cachetazo del Monumental contra Lanús, y la salida de Guede después, fue un parteaguas, y que después de eso quedamos medio groggies. Hasta hoy. Lo peor es que vivimos de ilusiones: nos pasó cuando vino Almirón, nos pasó ahora con Pizzi. Pero la realidad nos acomoda enseguida y nos vuelve a incrustar en ese túnel oscuro, interminable. Boca y River, mientras tanto, insoportablemente lejos y acumulando poder de una manera desopilante, como esas empresas de telefonía y de banda ancha, que no paran de fusionarse y de meternos el dedo en nuestras partes pudendas. Boca, por ahora, mal que le pese sigue viviendo a los tropezones, por el simple hecho de no haber encontrado un técnico que dé la talla. De River no hace falta hablar. Pero sí tenemos que rescatar algo: más allá de las virtudes de Gallardo como líder, es la única experiencia del fútbol argentino moderno de un dt que haya permanecido en su cargo durante cinco años, ininterrumpidamente.

Voy a esto: en el caso de River, no es tanto la fastuosidad en sus manejos de dinero, sino el acierto institucional de bancar el proyecto, sumado a la suerte de haber encontrado la persona indicada. Sus últimos dos mercados de pase, fueron más bien austeros, si mal no recuerdo, mientras que nosotros trajimos 21 players. Un verdadero despropósito. Y en esto, creo que llegó la hora de hacer pública una crítica a la dirigencia. En primer lugar, aclaro que creo en la honestidad intelectual de Lammens, casi de un modo absoluto, en tanto que avalo, como ciudadano cuervo, el laburo hecho en nuestra institución durante todos estos años. Dicho esto, no hay una política precisa en el ámbito del fútbol. Es harto evidente que, en algún punto, la propia dirigencia marcha detrás de la coyuntura y se marea, y nos marea a todos los hinchas. Nos jactamos de tener a Tocalli, del laburo de Kuyumchoglu, y al final, todo lo sólido se desvanece en el aire.

Voy a tratar de ser más concreto todavía:

Es inadmisible que lo bajen a Gaich a la reserva, después de haberse destacado en los seleccionados y de que el mundo del fútbol haya posado los ojos en él. Del mismo modo, en cualquier momento voy a salir a imprimir carteles de Wanted con la cara del pibe Insaurralde, que, mientras jugó, demostró que está a la altura de las circunstancias, no digo para ser titular indiscutible en la mitad de cancha, pero sí para que funcione como una alternativa válida. Lo único que diré, sobre el partido de ayer, es que precisamente fue eso lo que nos faltó, ¿cierto? Un Manuel Insaurralde salvando las papas en el mediocampo. Entonces, me hago esta pregunta, como hincha: ¿Está mal, en términos éticos, que la dirigencia converse con el entrenador acerca de estas cuestiones, sabiendo que atañe al patrimonio del club? ¿El Director Técnico debería enojarse, si algo así sucediera? Son cosas que, sinceramente, no sé cómo se resuelven, pero, lo que siento, es que debería primar una mirada más integradora de lo que nos está pasando -el laberinto, desde arriba-, y que esa mirada, lamentablemente, hace tiempo que no está.

Yo seguiré confiando en Pizzi. Pienso que, con un proyecto serio, como ese que tienen en Núñez, él podría convertirse en el entrenador serio que necesitamos. Pero sabiendo que un proyecto serio indica una conexión real, fluida, sincera, entre el DT, sus pares de las divisiones inferiores y la dirigencia del club. No creo que sea una locura, esto que planteo, de hecho creo que es, finalmente, lo que piden todos los hinchas. Sean coherentes, muchachos. Ahora, evidentemente, hay que transitar de la mejor forma posible este lapsus hasta las próximas elecciones. Ojalá que el oficialismo pueda continuar su proyecto de club, y ojalá que pueda poner en valor, otra vez, nuestro proyecto futbolístico, igual que se hizo allá por 2013/14.


Una clase de historia: La crónica compartida de Gonza Gamallo y Facu Baños del triunfo en Sarandí

Complicada visita al viaducto. Tengo la impresión de que los partidos de viernes a la noche siempre se nos ponen difíciles, y en la previa, este no era la excepción. Pero, sobre todo, era una noche complicada para estos cronistas de La Soriano: uno laburando, otro en la facultad, no daban los números para garantizar que este tendal de palabras finalmente sería escrito. Pero acá estamos. No somos gente de andar rindiéndose frente a la primera dificultad.

Recién llegaba a casa, el segundo tiempo a punto de arrancar, y mi camarada Gamallo, en un esfuerzo supremo, me hacía llegar por WhatsApp unas líneas sobre la primera mitad que yo no había podido apreciar:

“San Lorenzo viajó a Sarandí mientras Juan Antonio continúa amasando su once ideal. Redondeó un primer tiempo muy contundente frente al sorprendente recién ascendido Arsenal, que demuestra más entereza que la AFA a la hora de sobrellevar la partida de Don Julio.

Los primeros treinta minutos fueron muy disputados. San Lorenzo proponía y circulaba rápido, encontrando en su doble cinco -Poblete y Menossi- el órgano central de su sistema futbolístico. Hubo una formidable tapada del bueno de Navarro: tiro libre fuerte y bien direccionado que sacó estirando su mano derecha con fotogénica plasticidad.

Fue el casi rubio Menossi quien cortó una salida del rival y metió un toque diagonal quirúrgico para la entrada del debutante Ramírez. Dichoso éste de definir de caño y transformarse en goleador, cuando, hasta ese mismísimo instante, había pasado prácticamente desapercibido.

Y el equipo se relajó. Y por momentos daba la impresión de que todos estaban jugando bien.

Menossi se vistió de frac y galera. Poblete cortaba y tocaba bien. Belluschi preciso. Y la muestra de este ciclo virtuoso llegaría cerca del pitazo final, con esa tremenda y sagaz trepada de Salazar -acumulador de buenas intenciones- luego de un mágico toque del otrora rasta. El Tucu traba y gana, quiebra hacia adentro superando a un segundo rival. Lo vislumbra al capitán. El capitán chuta al segundo palo y la pelota toca mansa la red. Merecido festejo y al descanso: se lució la juanantonieta. Por delante, el mayor enemigo del ciclón: los segundos tiempos”.

Y ahí es cuando meto mano yo para ponerle el cierre a esta crónica, y en el segundo tiempo pasó lo mejor que nos podía pasar: nada. Si quieren les puedo contar que me clavé un par de fernecitos con la panza semi vacía y que estoy sufriendo las consecuencias. Si quieren les puedo hablar de la clase de historia que tuve, ahí en la sede de Miguelete. Sobre el pupitre tenía el celular y, en la pantalla, promiedos me iba cantando el resultado. El profe, mientras tanto, nos hablaba de un texto de Thompson, un marxista inglés que dice que hay que analizar la historia con la gente adentro, con la cultura que van creando los trabajadores y la conciencia que toman, a propósito de su propia condición. Se enoja, el amigo británico, con esos estructuralistas que dicen que la clase está definida por una serie de posiciones sociales que están ahí, invariablemente, y que quienes se sienten en esas sillas serán, pues, proletariado. Él cree que la única definición de clase es la que inscriben los hombres y las mujeres reales, viviendo, relacionándose, trabajando, identificándose. El asunto es que a las nueve y media el profesor bajó la persiana y que a las 2135 prendí la radio de mi auto: recupera Menossi, gol de Ramírez. Maravilloso momento.

Y antes de llegar a casa, el amigo Blandi sellaba el resultado. Esto ya lo contó mi compañero, lo sé. En algún pasaje del segundo tiempo, puedo agregar, rajaron a alguien del equipo local, por manotear infantilmente a un Belluschi que iba al frente como un Schumacher de Fórmula 1. A las duchas, caballero. Y un rato más tarde se me cumplió la profecía de la última crónica: Óscar, Perro, Belluschi. Mediocampo prometedor.

Tenemos un gran equipo. Es cierto que, si se va Senesi, será una baja que podemos llegar a sentir, porque es ese, precisamente, el único sector del campo donde no tenemos recambio. Ojalá se quede con nosotros, al menos hasta que llegue Papa Noel a bordo de sus renitos. Por el resto, estamos para pelearla, y lo digo con firmeza. Es una pena, porque asistimos al desmoronamiento de la regla de los seis años: ‘95, ‘01, ‘07, ‘13, y ahí nos quedamos. Bah, salvo que nos permitamos una trampita. A ver qué les parece: tomemos el 2014, año hermoso si los hay, y empecemos a contar de nuevo desde ahí. Total, ¿quién se va a andar fijando? Y, en todo caso, si alguien viene a alardear con estadísticas, parafrasearemos al filósofo Chango: “¿Y qué problema hay? Si es un concurso de marihuana, no es Miss Universo. ¿Qué pasa si no entendemos nada?”. Saludos, cuervos, cuervas, los queremos mucho.


6 de 6: La crónica de Facu Baños del triunfo del Ciclón en el Bosque.

Partido raro ganó San Lorenzo. Un primer tiempo para el olvido y un segundo tiempo bastante más decente, sin haber sido la gran cosa. Qué manera de desorientarme este equipo. Cuando estoy a punto de tomar una decisión irrevocable, pasa algo que desmorona toda mi estructura teórica. Ponele, Reniero: si hubiera escrito esta crónica durante el entre tiempo, no hubiera vacilado en afirmar que ese muchacho no tiene que vestir nunca más la bonita camiseta azul y roja. Que se vaya a trotar a los bosques de Palermo o que haga cinta en un gym mientras mira el programa de Mariana Fabbiani, pero que no nos joda más a nosotros. Y después resulta que mete un segundo tiempo aceptable, a tono con la levantada grupal, juega criteriosamente algunas pelotas y logra que uno se ponga a pensar “ok, ahora sí, está recuperando la confianza”. No sé. Me declaro incompetente. 

Es como que lo queremos bancar, porque sabemos que tiene potencial, pero no sabemos dónde carajo ponerlo. Y no sé por qué intuyo que los dts no deben estar muy lejos de esta sensación del hincha. Es como Massa: lo queremos adentro aunque no sepamos qué hacer con él. De 9 ya sabemos que no va, porque hay otros jugadores para ese puesto; atrás del 9 creemos que podría andar pero nunca lo ponen ahí, y por la punta no le rinde al juego que quiere Pizzi. El Pochito, incluso con la visión obstaculizada por el balde que tiene en la cabeza, le puede ser más útil al equipo, a la hora de desbordar y a la hora de presionar la salida del rival. 

La presión de San Lorenzo no es nada. Es insignificante. Se manda uno a cubrir un poquito y por ahí se acerca otro pero con menos convicción que votante de Lavagna -perdón, es que se acercan las PASO-. Ya sé, ya sé, “esto es San Lorenzo”, “váyanse a hacer política a otra parte”. En fin. Vuelvo a la presión absurda que ejerce nuestro equipo sobre la salida del rival: lo veíamos a Pizzi mover los brazos como si fuera José Meolans, tratando de que sus delanteros hagan eso de atorar la defensa contraria como si fueran algo más que anfibios. Pero, yo siento eso: que les cuesta levantar las patas a nuestros muchachos. Anoche vi un rato del primer tiempo de Vélez vs Racing: eso es presionar, lo que hacen los pibes de Vélez; no solo van sobre la pelota para que la salida ajena se vuelva incómoda, sino que lo hacen en bloque y con inteligencia, anticipándose al pase que está por hacer el otro. Lo nuestro, por ahora, se desvanece en una intención y en las brazadas locas de Juan Antonio. Quizá en las prácticas les salga bien, vaya uno a saber.

Durante la primera etapa y algunos cuantos minutos de la segunda, el fantasma de Almirón merodeaba en mi cabeza. Ese avance al trotecito, esa colectiva falta de convencimiento, la sensación de preferir dormirse una siesta antes que seguir mirando ese bodrio. Todo eso, claro, sin ponerse a pensar en el salario de los jugadores. Hay dos cosas en las que no es aconsejable pensar demasiado: en la muerte y en lo que cobran los futbolistas.

Una cosa que parece una pavada pero que me parece que no lo es: cada vez que hace un cambio, Pizzi abraza al jugador que sale y tiene un breve intercambio con él. Almirón ni los miraba: les pasaban por al lado y él siempre con su postura parca. Qué sé yo. Para mí habla de otro tipo de relación entre cuerpo técnico y jugadores: una sobre la cual debe ser más fácil construir. Por último, creo que tendría que decir algo sobre el cambio de Vergini por el Perrito. Lo voy a decir: a mí me gustó. Había que defender el resultado y se defendió. Nos metimos todos atrás y nos trajimos los tres puntos. Corta la bocha. Lo banco al dt. Tampoco es que se hizo a los 20 del segundo tiempo. Se hizo para aguantar los últimos embates triperos, sabiéndolos inevitables. “La mejor defensa es el ataque”: bueno, a veces no se puede, por más que se desgarren las vestiduras los troskos que nunca tocaron un balón.

6 de 6. Lo bueno de haber quedado afuera de la copa, es que nos vamos a olvidar rápidamente de la tabla de los descensos. Igual, pienso en el partido del otro día y me pongo a llorar.


Los pies en la tierra. La crónica de Facu Baños de la dura eliminación de San Lorenzo.

Esta es la diferencia que hay entre San Lorenzo y River o Boca: el partido de hoy. Es decir, una definición fuera de casa por Copa. Esa es la diferencia que separa a un grande del fútbol argentino de los dos más grandes, de los que están muchos cuerpos por encima nuestro. Duele, lo sé, y lo que digo da para la gastada, también lo sé. Bueno, la gastada es parte del fútbol, no? Qué le vamos a hacer.

Por supuesto que no me puse a escribir esto después del pitazo final. Tan lúcido no soy. Me fui a duchar, me negué a sumarme a una salida familiar, y ahora que pasó un rato del calvario paraguayo, me senté a escribir como les había prometido a mis compañeros. Y ahora me voy convenciendo de esto que les decía recién: aceptemos nuestro lugar. Aceptemos esos muchos cuerpos de distancia que nos separan de Boca y de River. Lo que pasó hace un rato en Paraguay nos marca la línea. Si ellos hubieran hecho el excelente primer tiempo que hicimos nosotros, y si se hubieran ido al descanso un gol arriba y con la clasificación en el bolsillo, ni Dios se las sacaba. O lo liquidan de contra y se vienen floreados, con un 3 a 0, o se plantan en su campo y andá a cantarle a Gardel. Sí, yo sí creo que existe la mística copera, y lamentablemente nosotros no la tenemos, por más que el 2014 nos haya hecho creer que era posible colarse en esas rendijas.

A nosotros nos pasa muy a menudo cosas como esta de hoy: nos vamos 1 a 0 al descanso, el partido está controladísimo y ese resultado nos mete en cuartos, pero tenemos cinco minutos fallidos, nos mandamos dos cagadas (dos) y en un abrir y cerrar de ojos nos vemos otra vez en el infierno, frente a la tv. Torrico, si mal no recuerdo, no tocó una pelota en todo el partido. Literalmente. Sin contar la contra del final, cuando ya estaba todo resuelto, Cerro Porteño nos llegó dos veces. Suficiente para volvernos a casa con las manos vacías y un panorama complejo por delante. Y a volver a ver la acción americana por Fox, y a ver qué pasa esta vez entre Boca y River.

¿Para qué contar que el primer tiempo fue estupendo? ¿Para qué decir que no sé cuánto tiempo hacia que no lo veía tan bien a San Lorenzo? ¿Para qué? Todos festejamos el sorteo, cuando salió la bolilla del falso ciclón, y ahí nos prendimos fuego, en la olla paraguaya, ingenuos y pecadores.

Pizzi tiene que demostrar ahora su muñeca como técnico: tenemos mucho equipo para tan diminuta competencia. Hasta la copa argenta nos birlaron. Es ingrato el fútbol. Insisto en esto de saber de qué madera estamos hechos. Para ser mejores de lo que somos, hay que poner los pies en la tierra


El alma encendida

Cuando le pedí a Coca que me diga su dirección, para pasarla a visitar, y me nombró el pasaje Timbúes, tuve que pelar el mapa, porque nunca en mi vida había escuchado de ese pasaje. Pero ahí estaba nomás: cuadra y media de la Placita Butteler, tres cuadras y monedas del terreno que, desde el domingo, volvió a sus manos originales, las que mejor lo abrigan.

Habrá sido hace un año. Tal vez más. La Coca tenía 94 y se encargó de dejarme en claro que no tenía ningún tipo de celo con que se supiera su edad. Yo le había dicho que nos juntáramos a charlar sobre el barrio, sobre la vuelta de San Lorenzo, y eso fue lo que hicimos. Pero también conversamos de un montón de cosas más. 

Ella se pasó la infancia en la zona de Congreso y se acuerda como si fuera hoy de la peluquería de su abuelo, donde también trabajaba su papá. En realidad, se acuerda de muchas cosas como si fuera hoy. Me cuenta que tuvo un matrimonio de 25 años y otro de 44, pero que su único amor fue un novio que conoció cuando ella tenía 15: lo nombra con nombre y apellido y me dice que se acuerda incluso cómo se llamaba la madre. No hace falta, le digo. “Mi primer y único amor, el que nunca pude olvidar”.

El padre siempre fue socialista, pero, a diferencia de muchos socialistas, no se llevaba mal con Perón. “Él tenía un amigo que era hincha de San Lorenzo y los recuerdo leyendo el diario, buscando cómo había salido el partido. Yo era chica, y en ese momento todavía no teníamos radio, ni nada. Entonces, no les quedaba otra que esperar hasta que llegara el diario. Al tiempo, nos mudamos acá, y ahí toda la familia ya nos habíamos hecho hinchas”. Coca dice que temblaban las paredes de la casa, cada vez que había partido, y que a ella le encantaba todo lo que pasaba durante ese día.

No sé si el domingo habrán vuelto a temblar las paredes de Timbúes, pero seguro que el viento les alcanzó a los vecinos las coplas de los recitales, de las poesías que se leyeron, de las canciones que cantó el pueblo azulgrana, con los pies en su tierra, y de los fuegos artificiales que se desataron después de la cuenta regresiva, la del último reloj, la que anunció el renacimiento. No creo que Coca haya estado en Avenida La Plata, pero estoy seguro que sabía por qué se estaban tirando esos fuegos en el barrio.

Es que volvió San Lorenzo. Le volvió el alma al cuerpo a Boedo.

80 años, 3 meses y 20 días, tenía su papá, cuando se murió. No lo estoy inventando. Así me lo contó Coca, la abuela memoriosa, cuando hablaba sobre él. “Trabajaron muchísimo para que nosotros pudiéramos ir al colegio, y me acuerdo que mi mamá luchaba para que no tuviéramos que ir en zapatillas. Era importante, para ella. Eran otros tiempos”. Y en la casa de Timbúes, trabajó un hombre que vendía jaulas para pajaritos, y hubo también una zapatería primero y una casa de medias después. Más de una vez, al parecer, Evita estuvo ahí, probándose unos tacos, así que los vecinos del pasaje bien pueden vanagloriarse de eso. ¡Qué importa si es cierto o no! Cualquier cosa, dicen que se los contó la Coca, y ya está.

Dice que cuando estaba el Viejo Gasómetro a ella le habría encantado tener un balconcito, como hay ahora, para ver los partidos, y dice orgullosa que ella estuvo en los “bailes hermosos de San Lorenzo”, que vio a la orquesta de D’Arienzo y a muchos de los artistas del momento: “Todo en la cancha, y acá la gente del barrio estaba siempre contenta”.

Coca, la cuerva que anda por los noventa y pico, trabajó como secretaria en un estudio de abogados, y también para una casa de repuestos de automóviles. Eso fue antes de casarse. Después, para paliar alguna de las crisis que cada tanto nos regala nuestro país, trabajó con su marido en una inmobiliaria, y se acuerda de cada vez que viajaba hasta la Provincia para estar en los loteos que se hacían. “No sé si disfruté de trabajar -confiesa-, de lo que siempre disfruté fue de estar con mi familia”. 

Es familiera y es barriera -no importa si no existe la palabra-, y se queja en buena ley de que ya nadie se cruza para tomarse unos mates con el vecino de enfrente: “¿Qué mal le hace a la gente volver a pensar en el ayer? ¿No es bueno que alguien te refresque la memoria?”, se pregunta, me pregunta. Y ya conoce la respuesta. Achica la voz para hablarme de una vecina -como si la vecina nos fuera a oír a través de las paredes-, y me cuenta que no quiere la cancha otra vez porque piensa que los coches se van a subir a la vereda cuando hay partido. Coca no, ella no tiene miedo. Coca quiere la cancha para que vuelva la barriada y para que se rompan esas barreras piojosas de la soledad. Coca quiere el carnaval y el piberío. Después vemos lo de los autos, la vereda y la mar en coche. Lo que quiere Coca es que los vecinos se vuelvan a charlar un poco, en lugar de quedarse enfrascados frente al televisor, como si fuera un espejo empañado. 

Sí, Coca, Es bueno que alguien te refresque la memoria, y de eso mucho sabe el pueblo sanlorencista que te enorgullece. “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento”, dice el tango de Buenos Aires que nosotros y nosotras hicimos carne en Boedo. Y nos pusimos el sayo, y salimos a la calle a pelearla la memoria, a pelearla la historia para volver a ponerla en su lugar.  

Y logramos que vuelva San Lorenzo. Y logramos que le vuelva el alma al cuerpo a Boedo.

Y mirá si será generosa, Coca, que en ningún momento de las dos horas de charla que tuvimos se puso a pensar que ella no la va a ver la cancha. En ningún momento permitió que prime lo personal por encima de la lucha colectiva. Y eso es porque Coca es una cuerva de ley, igual que su familia: no la que vive con ella en la casa de Timbúes, sino la otra, la más numerosa, la que el domingo recuperó Avenida La Plata y entró como malón a su tierra prometida. “¿Qué importa del después?”, pensará ella, detenida en un pasado sin tiempo, pero con la mirada puesta en el mañana; en ese Boedo que una vez se quedó sin luz, pero que ahora volvió a tener el alma encendida.


Diván

Bueno, ¡menos mal que entró Bottita a jugar el descuento y hacerse amonestar! Ahora sí, me quedo más tranquilo. Segunda derrota por la mínima de este equipo de Almirón: un equipo raro, que se para raro, que maneja la pelota raro, que avanza raro y que define raro. Lamentablemente, ya nos acostumbramos, los y las hinchas del Ciclón, a esta manera de jugar displicente, como si los chabones estuvieran ahí porque no les queda otra, pero en realidad quisieran estar jugando a la escoba de 15 con alguna tía abuela. Pero, yo creo que ni siquiera es cosa de Almirón. ¿Cuánto hace que no nos rompemos las manos para aplaudir a nuestros jugadores? Si me apuro, tendría que remontarme a la época de Guede. Recuerdo un primer tiempo en el Gasómetro contra River: los pasamos por encima, les comimos los tobillos y los bailamos; esa noche nos fuimos al descanso un gol arriba por una jugada que tuvo un pase magistral de Ortigoza, una corrida de Mas y una buena ejecución de Blandi. Me acuerdo de la patadita al palo con bronca de Trapito Barovero, que ya había tapado un par de bochas antes, pero con esa no pudo hacer nada. ¿Cómo terminó ese equipo de Guede? Como todos sabemos, vapuleado en el Monumental, por la máquina implacable de Almirón.

Nos habíamos acostumbrado los cuervos a un equipo que tenía una solidez criminal, durante la era de Bauza y un poco más también. Peleando todo y ganando cosas importantes. Y esta vez nos toca acostumbrarnos a algo que tiene mal sabor: a un juego cooptado por la apatía general, sin ganas de morder, sin despliegue de fútbol, con un ritmo cansino que, daría la impresión, nos condena a no pelear nunca más por un título, al menos mientras no vuelva a haber otro volantazo anímico, una inyección de vitalidad en las venas de los muchachos que visten nuestros colores.

Como hemos dicho en el transcurso de nuestras crónicas, nos parece indescifrable este equipo de Almirón. Pero no solamente por los once que para el dt de cara a un partido u otro, sino justamente por lo que se ve después, en el campo de juego. La última crónica que me había tocado escribir, fue la del partido versus Palmeiras, y honestamente esa noche sentía que, bueno, por fin habíamos puesto primera, por fin había aparecido el armado titular y habíamos podido ver a nuestros players agarrando confianza con el balón en los pies. Creí que estaban las condiciones dadas para que empiece algo parecido a lo que todos esperábamos cuando Almirón se calzó el buzo azulgrana. ¿Qué pasó después? Pasó que ese partido, en vez de un arranque, acabó siendo un pico de rendimiento, un pico de solidez, un pico por cierto bastante mediocre. Si era suelo, era un suelo prometedor, pero como pico, fue un pico verdaderamente pedorro.

El partido de hoy me dejó con bronca, pero incluso más con el rendimiento de algunos jugadores que con el armado del dt. Creo que, en la previa, el equipo despertaba simpatías, sin ser un amor salvaje, entre la mayoría de los hinchas: Herrera como lateral consolidado y el pibe Ferrari que había mostrado buenas cosas; Insaurralde acompañando al colombiano en la media cancha; Fértoli y el Perro viboreando en la delantera para nutrir al inmenso Gaich. Más o menos estábamos bien, ¿o no? Sí, el medio campo lo completaba Ariel Rojas, claro, y ahí residía el primer dolor de cabeza para mis sufridos compatriotas del Pueblo Azulgrana. En ningún tramo del partido supimos de qué carajo jugó el ex River -el ex, a secas-: en cada avance nuestro, curiosamente, el hombre andaba boyando por un sector distante de la pelota, ¡y mirá que es chica la cancha de La Paternal, ehh! Si mi olfato no me engaña, no tiene muchas ganas de hacer lo que está haciendo, es decir, de “ser futbolista”. Por otra parte, dudo que esa posición de “interno” sea la que mejor le cabe al pibe Insaurralde: cuando lo puso el Pampa, demostró sus buenos dotes jugando como pulpito, en el lugar de la cancha que hoy ocupa Loaiza, con todo el campo en el radar; aquí, recibe muchas veces de espalda, y en todo caso se tendrá que acostumbrar a los forcejeos que esta posición implica.

Pérez sumó su granito de arena a la apatía de la que hablaba antes. Hay cosas que uno no puede entender, de un futbolista profesional que ya dejó atrás su etapa de juvenil: promediando el segundo tiempo, un atacante de Argentinos cubría una pelota que salía mansita por la banda y tenía destino de lateral en ataque para el rival. Este muchacho Pérez, no tuvo mejor idea que barrerlo desde atrás, estimo que para adueñarse del balón, y lo único que consiguió fue transformar ese lateral en contra en un peligroso tiro libre que luego cayó en el área de Monetti, por suerte sin consecuencias. Perdón que haya gastado tantos renglones en describir una jugada aparentemente intrascendente, pero lo remarco porque considero que es un cabal ejemplo de cómo algunos de nuestros jugadores no se toman su trabajo con seriedad. Papelito Fértoli, pobrecito, lo soplaban y se desplomaba. Nos engañó en sus primeras dos o tres apariciones con la casaca cuerva, porque, incluso, venía de marcar algunos goles en Ñuls, pero, evidentemente, ahí tenemos otro caso de diván, que se le suma a Botta, a Alexis Castro, a Maguito Merlini, a Facundito Quignon, y siguen las firmas. Y tengo que hacer una mención especial para el tremendo de Castellani: entró a jugar los últimos 45 e hizo “todo mal”, y le pongo comillas para que se entienda que fue exactamente así: todo mal. Creo que la única bola que no perdió fue una que jugó hacia la derecha, aprovechando una subida de Herrera. Excepto esa, las dilapidó todas, al estilo Mussis, y pudo habernos generado muchísimos más quilombos de los que tuvimos.

Otra tarde para el olvido. Muchos jugadores que no dan la talla del club. Historias que se repiten hasta el cansancio. Dirán que el DT tampoco da la talla. Quizá tengan razón, todavía no lo sé. Yo quisiera que el propio Almirón tenga pasta para dar vuelta la tortilla e imprimirle a nuestro San Lorenzo una identidad futbolera que se le arrime a ese Lanús que nos comió crudos en Núñez. Lo cierto es que hemos vuelto a subirnos a la cuerda floja, solitos, sin ninguna ayuda. A veces, pareciera que nos gusta estar ahí, cerca del abismo.


Síganme los buenos

Ahora que ya no tenemos más el corazón en la boca, ahora que el alma nos volvió al cuerpo, sirvámonos una copa de vino y digamos la verdad: ¡qué lindo es el fútbol! Cuando más lo estábamos detestando, cuando creíamos que ya era una cosa irreconciliable, viene y nos sonríe, y nos dá una caricia, y nos demuestra que tal vez nosotros también estábamos un poco equivocados, siempre tan apurados, siempre pretenciosos y malhumorados. Por suerte nuestra hinchada no es tan histérica como otras -amén de lo que pase en las redes sociales- y por suerte nuestra dirigencia volvió a demostrar temple cuando la situación se pone border -amén de las cagadas que se pudieron haber mandado, sobre todo con algunas decisiones de los últimos mercados de pases-. Lo cierto es que fuimos capaces de aguantar la crudeza del invierno y de a poco empiezan a florecer en Boedo los primeros brotes de una prematura primavera.

El mejor partido de Almirón en su corto ciclo al frente de San Lorenzo. Se confirmó una levantada que venía siendo sostenida y que hoy alcanzó un pico. Un pico que, esperamos, no sea la cumbre definitiva de este equipo, sino un eslabón más de esta cadena de buenos rendimientos que ahora sí se puede ver. Ya me meto con los nombres, pero quiero rescatar la que, a mi entender, es la muestra más notoria del crecimiento futbolístico: San Lorenzo hoy fue punzante, los pases no fueron blandos como venían siendo sino que fueron decididos, firmes, bien direccionados la gran mayoría de las veces, incluso buscando el vacío para vulnerar la defensa rival. Y cuando tuvimos que tener la pelota para que transcurra el partido, ahí tampoco fue un toqueteo intrascendente, sino que hubo juego, hubo cabeza, hubo convicción.

Sinceramente, no encuentro que haya habido algún punto flojo entre nuestros once. Gonzalo fue un gran reemplazante de Senesi, al margen de la conversión. Monetti no tuvo grandes problemas, incluso en el primer tiempo sacó al córner un remate de larga distancia que parecía complejo, como consecuencia del único error que cometió Raúl Loaiza, el cinco que volvió a su mejor nivel y que se consagró como una de las figuras de la cancha. Delante suyo, quiero rescatar a Castellani, que arrancó torcido los primeros 15 minutos pero que después se acopló y acompañó bien, ahora sí, a Román Martínez, la otra figura que tiene este equipo de Almirón. Los laterales volvieron a mostrarse firmes y Camilo jugó un gran primer tiempo, atreviéndose, encarando con solidez y complicando a los peruanos. El Perrito Barrios y Nicolás Reniero demostraron, en una sola jugada, el potencial que tienen para nutrir de fútbol el ataque azulgrana: balón recuperado y dominado por el Príncipe, pasados los cuarenta del segundo, triangulación con Nahuel, centro de rastrón, y el petiso que dominó con la suela y la clavó en el segundo palo. Si hasta la semana pasada decíamos que a este equipo le faltaba cerrar los partidos, bueno, una cosa más para que vayamos tachando de la lista.

10 puntos en el grupo F de la Copa Libertadores y una racha de 7 u 8 partidos sin conocer la derrota. Estábamos en el infierno, ardiendo entre las llamas y recibiendo latigazos de propios y extraños, y ahora estamos en alguna laguna escondida, al rayo del sol, rodeados de cantos de sirenas. Es lindo el fútbol. Ojalá el equipo pueda seguir ratificando el rumbo, tenemos con qué. Como tarea, falta consolidar el equipo muletto: el otro día en Tucumán, el que saltó a la cancha no dio la impresión de ser el mejor suplente que podíamos presentar, sino, más bien, un rejunte medio pelo de jugadores que no están con todas las pilas puestas. La base de ese equipo alternativo tiene estar conformada por los pibes del club que alternan hoy entre la reserva y la primera y que andan con ganas de llevarse todo puesto. Tenemos un primer equipo que está primero en la copa y encontrando su mejor nivel, y una reserva que acaba de salir campeona por varios cuerpos de distancia. El horizonte es bueno, más que bueno quizá, por más que nos hayamos llegado a creer que estábamos cubiertos de mierda. Todos queremos más, todos ansiamos volver a festejar en la mítica San Juan y Boedo. Yo vuelvo a sugerir que disfrutemos de lo que conseguimos y que sigamos acompañando como siempre para que las cosas se sigan dando. Mientras tanto, cada vez falta menos para el primero de julio, y ahí también tenemos un buen motivo para juntarnos a brindar.