Una clase de historia: La crónica compartida de Gonza Gamallo y Facu Baños del triunfo en Sarandí

Complicada visita al viaducto. Tengo la impresión de que los partidos de viernes a la noche siempre se nos ponen difíciles, y en la previa, este no era la excepción. Pero, sobre todo, era una noche complicada para estos cronistas de La Soriano: uno laburando, otro en la facultad, no daban los números para garantizar que este tendal de palabras finalmente sería escrito. Pero acá estamos. No somos gente de andar rindiéndose frente a la primera dificultad.

Recién llegaba a casa, el segundo tiempo a punto de arrancar, y mi camarada Gamallo, en un esfuerzo supremo, me hacía llegar por WhatsApp unas líneas sobre la primera mitad que yo no había podido apreciar:

“San Lorenzo viajó a Sarandí mientras Juan Antonio continúa amasando su once ideal. Redondeó un primer tiempo muy contundente frente al sorprendente recién ascendido Arsenal, que demuestra más entereza que la AFA a la hora de sobrellevar la partida de Don Julio.

Los primeros treinta minutos fueron muy disputados. San Lorenzo proponía y circulaba rápido, encontrando en su doble cinco -Poblete y Menossi- el órgano central de su sistema futbolístico. Hubo una formidable tapada del bueno de Navarro: tiro libre fuerte y bien direccionado que sacó estirando su mano derecha con fotogénica plasticidad.

Fue el casi rubio Menossi quien cortó una salida del rival y metió un toque diagonal quirúrgico para la entrada del debutante Ramírez. Dichoso éste de definir de caño y transformarse en goleador, cuando, hasta ese mismísimo instante, había pasado prácticamente desapercibido.

Y el equipo se relajó. Y por momentos daba la impresión de que todos estaban jugando bien.

Menossi se vistió de frac y galera. Poblete cortaba y tocaba bien. Belluschi preciso. Y la muestra de este ciclo virtuoso llegaría cerca del pitazo final, con esa tremenda y sagaz trepada de Salazar -acumulador de buenas intenciones- luego de un mágico toque del otrora rasta. El Tucu traba y gana, quiebra hacia adentro superando a un segundo rival. Lo vislumbra al capitán. El capitán chuta al segundo palo y la pelota toca mansa la red. Merecido festejo y al descanso: se lució la juanantonieta. Por delante, el mayor enemigo del ciclón: los segundos tiempos”.

Y ahí es cuando meto mano yo para ponerle el cierre a esta crónica, y en el segundo tiempo pasó lo mejor que nos podía pasar: nada. Si quieren les puedo contar que me clavé un par de fernecitos con la panza semi vacía y que estoy sufriendo las consecuencias. Si quieren les puedo hablar de la clase de historia que tuve, ahí en la sede de Miguelete. Sobre el pupitre tenía el celular y, en la pantalla, promiedos me iba cantando el resultado. El profe, mientras tanto, nos hablaba de un texto de Thompson, un marxista inglés que dice que hay que analizar la historia con la gente adentro, con la cultura que van creando los trabajadores y la conciencia que toman, a propósito de su propia condición. Se enoja, el amigo británico, con esos estructuralistas que dicen que la clase está definida por una serie de posiciones sociales que están ahí, invariablemente, y que quienes se sienten en esas sillas serán, pues, proletariado. Él cree que la única definición de clase es la que inscriben los hombres y las mujeres reales, viviendo, relacionándose, trabajando, identificándose. El asunto es que a las nueve y media el profesor bajó la persiana y que a las 2135 prendí la radio de mi auto: recupera Menossi, gol de Ramírez. Maravilloso momento.

Y antes de llegar a casa, el amigo Blandi sellaba el resultado. Esto ya lo contó mi compañero, lo sé. En algún pasaje del segundo tiempo, puedo agregar, rajaron a alguien del equipo local, por manotear infantilmente a un Belluschi que iba al frente como un Schumacher de Fórmula 1. A las duchas, caballero. Y un rato más tarde se me cumplió la profecía de la última crónica: Óscar, Perro, Belluschi. Mediocampo prometedor.

Tenemos un gran equipo. Es cierto que, si se va Senesi, será una baja que podemos llegar a sentir, porque es ese, precisamente, el único sector del campo donde no tenemos recambio. Ojalá se quede con nosotros, al menos hasta que llegue Papa Noel a bordo de sus renitos. Por el resto, estamos para pelearla, y lo digo con firmeza. Es una pena, porque asistimos al desmoronamiento de la regla de los seis años: ‘95, ‘01, ‘07, ‘13, y ahí nos quedamos. Bah, salvo que nos permitamos una trampita. A ver qué les parece: tomemos el 2014, año hermoso si los hay, y empecemos a contar de nuevo desde ahí. Total, ¿quién se va a andar fijando? Y, en todo caso, si alguien viene a alardear con estadísticas, parafrasearemos al filósofo Chango: “¿Y qué problema hay? Si es un concurso de marihuana, no es Miss Universo. ¿Qué pasa si no entendemos nada?”. Saludos, cuervos, cuervas, los queremos mucho.


6 de 6: La crónica de Facu Baños del triunfo del Ciclón en el Bosque.

Partido raro ganó San Lorenzo. Un primer tiempo para el olvido y un segundo tiempo bastante más decente, sin haber sido la gran cosa. Qué manera de desorientarme este equipo. Cuando estoy a punto de tomar una decisión irrevocable, pasa algo que desmorona toda mi estructura teórica. Ponele, Reniero: si hubiera escrito esta crónica durante el entre tiempo, no hubiera vacilado en afirmar que ese muchacho no tiene que vestir nunca más la bonita camiseta azul y roja. Que se vaya a trotar a los bosques de Palermo o que haga cinta en un gym mientras mira el programa de Mariana Fabbiani, pero que no nos joda más a nosotros. Y después resulta que mete un segundo tiempo aceptable, a tono con la levantada grupal, juega criteriosamente algunas pelotas y logra que uno se ponga a pensar “ok, ahora sí, está recuperando la confianza”. No sé. Me declaro incompetente. 

Es como que lo queremos bancar, porque sabemos que tiene potencial, pero no sabemos dónde carajo ponerlo. Y no sé por qué intuyo que los dts no deben estar muy lejos de esta sensación del hincha. Es como Massa: lo queremos adentro aunque no sepamos qué hacer con él. De 9 ya sabemos que no va, porque hay otros jugadores para ese puesto; atrás del 9 creemos que podría andar pero nunca lo ponen ahí, y por la punta no le rinde al juego que quiere Pizzi. El Pochito, incluso con la visión obstaculizada por el balde que tiene en la cabeza, le puede ser más útil al equipo, a la hora de desbordar y a la hora de presionar la salida del rival. 

La presión de San Lorenzo no es nada. Es insignificante. Se manda uno a cubrir un poquito y por ahí se acerca otro pero con menos convicción que votante de Lavagna -perdón, es que se acercan las PASO-. Ya sé, ya sé, “esto es San Lorenzo”, “váyanse a hacer política a otra parte”. En fin. Vuelvo a la presión absurda que ejerce nuestro equipo sobre la salida del rival: lo veíamos a Pizzi mover los brazos como si fuera José Meolans, tratando de que sus delanteros hagan eso de atorar la defensa contraria como si fueran algo más que anfibios. Pero, yo siento eso: que les cuesta levantar las patas a nuestros muchachos. Anoche vi un rato del primer tiempo de Vélez vs Racing: eso es presionar, lo que hacen los pibes de Vélez; no solo van sobre la pelota para que la salida ajena se vuelva incómoda, sino que lo hacen en bloque y con inteligencia, anticipándose al pase que está por hacer el otro. Lo nuestro, por ahora, se desvanece en una intención y en las brazadas locas de Juan Antonio. Quizá en las prácticas les salga bien, vaya uno a saber.

Durante la primera etapa y algunos cuantos minutos de la segunda, el fantasma de Almirón merodeaba en mi cabeza. Ese avance al trotecito, esa colectiva falta de convencimiento, la sensación de preferir dormirse una siesta antes que seguir mirando ese bodrio. Todo eso, claro, sin ponerse a pensar en el salario de los jugadores. Hay dos cosas en las que no es aconsejable pensar demasiado: en la muerte y en lo que cobran los futbolistas.

Una cosa que parece una pavada pero que me parece que no lo es: cada vez que hace un cambio, Pizzi abraza al jugador que sale y tiene un breve intercambio con él. Almirón ni los miraba: les pasaban por al lado y él siempre con su postura parca. Qué sé yo. Para mí habla de otro tipo de relación entre cuerpo técnico y jugadores: una sobre la cual debe ser más fácil construir. Por último, creo que tendría que decir algo sobre el cambio de Vergini por el Perrito. Lo voy a decir: a mí me gustó. Había que defender el resultado y se defendió. Nos metimos todos atrás y nos trajimos los tres puntos. Corta la bocha. Lo banco al dt. Tampoco es que se hizo a los 20 del segundo tiempo. Se hizo para aguantar los últimos embates triperos, sabiéndolos inevitables. “La mejor defensa es el ataque”: bueno, a veces no se puede, por más que se desgarren las vestiduras los troskos que nunca tocaron un balón.

6 de 6. Lo bueno de haber quedado afuera de la copa, es que nos vamos a olvidar rápidamente de la tabla de los descensos. Igual, pienso en el partido del otro día y me pongo a llorar.


Los pies en la tierra. La crónica de Facu Baños de la dura eliminación de San Lorenzo.

Esta es la diferencia que hay entre San Lorenzo y River o Boca: el partido de hoy. Es decir, una definición fuera de casa por Copa. Esa es la diferencia que separa a un grande del fútbol argentino de los dos más grandes, de los que están muchos cuerpos por encima nuestro. Duele, lo sé, y lo que digo da para la gastada, también lo sé. Bueno, la gastada es parte del fútbol, no? Qué le vamos a hacer.

Por supuesto que no me puse a escribir esto después del pitazo final. Tan lúcido no soy. Me fui a duchar, me negué a sumarme a una salida familiar, y ahora que pasó un rato del calvario paraguayo, me senté a escribir como les había prometido a mis compañeros. Y ahora me voy convenciendo de esto que les decía recién: aceptemos nuestro lugar. Aceptemos esos muchos cuerpos de distancia que nos separan de Boca y de River. Lo que pasó hace un rato en Paraguay nos marca la línea. Si ellos hubieran hecho el excelente primer tiempo que hicimos nosotros, y si se hubieran ido al descanso un gol arriba y con la clasificación en el bolsillo, ni Dios se las sacaba. O lo liquidan de contra y se vienen floreados, con un 3 a 0, o se plantan en su campo y andá a cantarle a Gardel. Sí, yo sí creo que existe la mística copera, y lamentablemente nosotros no la tenemos, por más que el 2014 nos haya hecho creer que era posible colarse en esas rendijas.

A nosotros nos pasa muy a menudo cosas como esta de hoy: nos vamos 1 a 0 al descanso, el partido está controladísimo y ese resultado nos mete en cuartos, pero tenemos cinco minutos fallidos, nos mandamos dos cagadas (dos) y en un abrir y cerrar de ojos nos vemos otra vez en el infierno, frente a la tv. Torrico, si mal no recuerdo, no tocó una pelota en todo el partido. Literalmente. Sin contar la contra del final, cuando ya estaba todo resuelto, Cerro Porteño nos llegó dos veces. Suficiente para volvernos a casa con las manos vacías y un panorama complejo por delante. Y a volver a ver la acción americana por Fox, y a ver qué pasa esta vez entre Boca y River.

¿Para qué contar que el primer tiempo fue estupendo? ¿Para qué decir que no sé cuánto tiempo hacia que no lo veía tan bien a San Lorenzo? ¿Para qué? Todos festejamos el sorteo, cuando salió la bolilla del falso ciclón, y ahí nos prendimos fuego, en la olla paraguaya, ingenuos y pecadores.

Pizzi tiene que demostrar ahora su muñeca como técnico: tenemos mucho equipo para tan diminuta competencia. Hasta la copa argenta nos birlaron. Es ingrato el fútbol. Insisto en esto de saber de qué madera estamos hechos. Para ser mejores de lo que somos, hay que poner los pies en la tierra


El alma encendida

Cuando le pedí a Coca que me diga su dirección, para pasarla a visitar, y me nombró el pasaje Timbúes, tuve que pelar el mapa, porque nunca en mi vida había escuchado de ese pasaje. Pero ahí estaba nomás: cuadra y media de la Placita Butteler, tres cuadras y monedas del terreno que, desde el domingo, volvió a sus manos originales, las que mejor lo abrigan.

Habrá sido hace un año. Tal vez más. La Coca tenía 94 y se encargó de dejarme en claro que no tenía ningún tipo de celo con que se supiera su edad. Yo le había dicho que nos juntáramos a charlar sobre el barrio, sobre la vuelta de San Lorenzo, y eso fue lo que hicimos. Pero también conversamos de un montón de cosas más. 

Ella se pasó la infancia en la zona de Congreso y se acuerda como si fuera hoy de la peluquería de su abuelo, donde también trabajaba su papá. En realidad, se acuerda de muchas cosas como si fuera hoy. Me cuenta que tuvo un matrimonio de 25 años y otro de 44, pero que su único amor fue un novio que conoció cuando ella tenía 15: lo nombra con nombre y apellido y me dice que se acuerda incluso cómo se llamaba la madre. No hace falta, le digo. “Mi primer y único amor, el que nunca pude olvidar”.

El padre siempre fue socialista, pero, a diferencia de muchos socialistas, no se llevaba mal con Perón. “Él tenía un amigo que era hincha de San Lorenzo y los recuerdo leyendo el diario, buscando cómo había salido el partido. Yo era chica, y en ese momento todavía no teníamos radio, ni nada. Entonces, no les quedaba otra que esperar hasta que llegara el diario. Al tiempo, nos mudamos acá, y ahí toda la familia ya nos habíamos hecho hinchas”. Coca dice que temblaban las paredes de la casa, cada vez que había partido, y que a ella le encantaba todo lo que pasaba durante ese día.

No sé si el domingo habrán vuelto a temblar las paredes de Timbúes, pero seguro que el viento les alcanzó a los vecinos las coplas de los recitales, de las poesías que se leyeron, de las canciones que cantó el pueblo azulgrana, con los pies en su tierra, y de los fuegos artificiales que se desataron después de la cuenta regresiva, la del último reloj, la que anunció el renacimiento. No creo que Coca haya estado en Avenida La Plata, pero estoy seguro que sabía por qué se estaban tirando esos fuegos en el barrio.

Es que volvió San Lorenzo. Le volvió el alma al cuerpo a Boedo.

80 años, 3 meses y 20 días, tenía su papá, cuando se murió. No lo estoy inventando. Así me lo contó Coca, la abuela memoriosa, cuando hablaba sobre él. “Trabajaron muchísimo para que nosotros pudiéramos ir al colegio, y me acuerdo que mi mamá luchaba para que no tuviéramos que ir en zapatillas. Era importante, para ella. Eran otros tiempos”. Y en la casa de Timbúes, trabajó un hombre que vendía jaulas para pajaritos, y hubo también una zapatería primero y una casa de medias después. Más de una vez, al parecer, Evita estuvo ahí, probándose unos tacos, así que los vecinos del pasaje bien pueden vanagloriarse de eso. ¡Qué importa si es cierto o no! Cualquier cosa, dicen que se los contó la Coca, y ya está.

Dice que cuando estaba el Viejo Gasómetro a ella le habría encantado tener un balconcito, como hay ahora, para ver los partidos, y dice orgullosa que ella estuvo en los “bailes hermosos de San Lorenzo”, que vio a la orquesta de D’Arienzo y a muchos de los artistas del momento: “Todo en la cancha, y acá la gente del barrio estaba siempre contenta”.

Coca, la cuerva que anda por los noventa y pico, trabajó como secretaria en un estudio de abogados, y también para una casa de repuestos de automóviles. Eso fue antes de casarse. Después, para paliar alguna de las crisis que cada tanto nos regala nuestro país, trabajó con su marido en una inmobiliaria, y se acuerda de cada vez que viajaba hasta la Provincia para estar en los loteos que se hacían. “No sé si disfruté de trabajar -confiesa-, de lo que siempre disfruté fue de estar con mi familia”. 

Es familiera y es barriera -no importa si no existe la palabra-, y se queja en buena ley de que ya nadie se cruza para tomarse unos mates con el vecino de enfrente: “¿Qué mal le hace a la gente volver a pensar en el ayer? ¿No es bueno que alguien te refresque la memoria?”, se pregunta, me pregunta. Y ya conoce la respuesta. Achica la voz para hablarme de una vecina -como si la vecina nos fuera a oír a través de las paredes-, y me cuenta que no quiere la cancha otra vez porque piensa que los coches se van a subir a la vereda cuando hay partido. Coca no, ella no tiene miedo. Coca quiere la cancha para que vuelva la barriada y para que se rompan esas barreras piojosas de la soledad. Coca quiere el carnaval y el piberío. Después vemos lo de los autos, la vereda y la mar en coche. Lo que quiere Coca es que los vecinos se vuelvan a charlar un poco, en lugar de quedarse enfrascados frente al televisor, como si fuera un espejo empañado. 

Sí, Coca, Es bueno que alguien te refresque la memoria, y de eso mucho sabe el pueblo sanlorencista que te enorgullece. “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento”, dice el tango de Buenos Aires que nosotros y nosotras hicimos carne en Boedo. Y nos pusimos el sayo, y salimos a la calle a pelearla la memoria, a pelearla la historia para volver a ponerla en su lugar.  

Y logramos que vuelva San Lorenzo. Y logramos que le vuelva el alma al cuerpo a Boedo.

Y mirá si será generosa, Coca, que en ningún momento de las dos horas de charla que tuvimos se puso a pensar que ella no la va a ver la cancha. En ningún momento permitió que prime lo personal por encima de la lucha colectiva. Y eso es porque Coca es una cuerva de ley, igual que su familia: no la que vive con ella en la casa de Timbúes, sino la otra, la más numerosa, la que el domingo recuperó Avenida La Plata y entró como malón a su tierra prometida. “¿Qué importa del después?”, pensará ella, detenida en un pasado sin tiempo, pero con la mirada puesta en el mañana; en ese Boedo que una vez se quedó sin luz, pero que ahora volvió a tener el alma encendida.


Diván

Bueno, ¡menos mal que entró Bottita a jugar el descuento y hacerse amonestar! Ahora sí, me quedo más tranquilo. Segunda derrota por la mínima de este equipo de Almirón: un equipo raro, que se para raro, que maneja la pelota raro, que avanza raro y que define raro. Lamentablemente, ya nos acostumbramos, los y las hinchas del Ciclón, a esta manera de jugar displicente, como si los chabones estuvieran ahí porque no les queda otra, pero en realidad quisieran estar jugando a la escoba de 15 con alguna tía abuela. Pero, yo creo que ni siquiera es cosa de Almirón. ¿Cuánto hace que no nos rompemos las manos para aplaudir a nuestros jugadores? Si me apuro, tendría que remontarme a la época de Guede. Recuerdo un primer tiempo en el Gasómetro contra River: los pasamos por encima, les comimos los tobillos y los bailamos; esa noche nos fuimos al descanso un gol arriba por una jugada que tuvo un pase magistral de Ortigoza, una corrida de Mas y una buena ejecución de Blandi. Me acuerdo de la patadita al palo con bronca de Trapito Barovero, que ya había tapado un par de bochas antes, pero con esa no pudo hacer nada. ¿Cómo terminó ese equipo de Guede? Como todos sabemos, vapuleado en el Monumental, por la máquina implacable de Almirón.

Nos habíamos acostumbrado los cuervos a un equipo que tenía una solidez criminal, durante la era de Bauza y un poco más también. Peleando todo y ganando cosas importantes. Y esta vez nos toca acostumbrarnos a algo que tiene mal sabor: a un juego cooptado por la apatía general, sin ganas de morder, sin despliegue de fútbol, con un ritmo cansino que, daría la impresión, nos condena a no pelear nunca más por un título, al menos mientras no vuelva a haber otro volantazo anímico, una inyección de vitalidad en las venas de los muchachos que visten nuestros colores.

Como hemos dicho en el transcurso de nuestras crónicas, nos parece indescifrable este equipo de Almirón. Pero no solamente por los once que para el dt de cara a un partido u otro, sino justamente por lo que se ve después, en el campo de juego. La última crónica que me había tocado escribir, fue la del partido versus Palmeiras, y honestamente esa noche sentía que, bueno, por fin habíamos puesto primera, por fin había aparecido el armado titular y habíamos podido ver a nuestros players agarrando confianza con el balón en los pies. Creí que estaban las condiciones dadas para que empiece algo parecido a lo que todos esperábamos cuando Almirón se calzó el buzo azulgrana. ¿Qué pasó después? Pasó que ese partido, en vez de un arranque, acabó siendo un pico de rendimiento, un pico de solidez, un pico por cierto bastante mediocre. Si era suelo, era un suelo prometedor, pero como pico, fue un pico verdaderamente pedorro.

El partido de hoy me dejó con bronca, pero incluso más con el rendimiento de algunos jugadores que con el armado del dt. Creo que, en la previa, el equipo despertaba simpatías, sin ser un amor salvaje, entre la mayoría de los hinchas: Herrera como lateral consolidado y el pibe Ferrari que había mostrado buenas cosas; Insaurralde acompañando al colombiano en la media cancha; Fértoli y el Perro viboreando en la delantera para nutrir al inmenso Gaich. Más o menos estábamos bien, ¿o no? Sí, el medio campo lo completaba Ariel Rojas, claro, y ahí residía el primer dolor de cabeza para mis sufridos compatriotas del Pueblo Azulgrana. En ningún tramo del partido supimos de qué carajo jugó el ex River -el ex, a secas-: en cada avance nuestro, curiosamente, el hombre andaba boyando por un sector distante de la pelota, ¡y mirá que es chica la cancha de La Paternal, ehh! Si mi olfato no me engaña, no tiene muchas ganas de hacer lo que está haciendo, es decir, de “ser futbolista”. Por otra parte, dudo que esa posición de “interno” sea la que mejor le cabe al pibe Insaurralde: cuando lo puso el Pampa, demostró sus buenos dotes jugando como pulpito, en el lugar de la cancha que hoy ocupa Loaiza, con todo el campo en el radar; aquí, recibe muchas veces de espalda, y en todo caso se tendrá que acostumbrar a los forcejeos que esta posición implica.

Pérez sumó su granito de arena a la apatía de la que hablaba antes. Hay cosas que uno no puede entender, de un futbolista profesional que ya dejó atrás su etapa de juvenil: promediando el segundo tiempo, un atacante de Argentinos cubría una pelota que salía mansita por la banda y tenía destino de lateral en ataque para el rival. Este muchacho Pérez, no tuvo mejor idea que barrerlo desde atrás, estimo que para adueñarse del balón, y lo único que consiguió fue transformar ese lateral en contra en un peligroso tiro libre que luego cayó en el área de Monetti, por suerte sin consecuencias. Perdón que haya gastado tantos renglones en describir una jugada aparentemente intrascendente, pero lo remarco porque considero que es un cabal ejemplo de cómo algunos de nuestros jugadores no se toman su trabajo con seriedad. Papelito Fértoli, pobrecito, lo soplaban y se desplomaba. Nos engañó en sus primeras dos o tres apariciones con la casaca cuerva, porque, incluso, venía de marcar algunos goles en Ñuls, pero, evidentemente, ahí tenemos otro caso de diván, que se le suma a Botta, a Alexis Castro, a Maguito Merlini, a Facundito Quignon, y siguen las firmas. Y tengo que hacer una mención especial para el tremendo de Castellani: entró a jugar los últimos 45 e hizo “todo mal”, y le pongo comillas para que se entienda que fue exactamente así: todo mal. Creo que la única bola que no perdió fue una que jugó hacia la derecha, aprovechando una subida de Herrera. Excepto esa, las dilapidó todas, al estilo Mussis, y pudo habernos generado muchísimos más quilombos de los que tuvimos.

Otra tarde para el olvido. Muchos jugadores que no dan la talla del club. Historias que se repiten hasta el cansancio. Dirán que el DT tampoco da la talla. Quizá tengan razón, todavía no lo sé. Yo quisiera que el propio Almirón tenga pasta para dar vuelta la tortilla e imprimirle a nuestro San Lorenzo una identidad futbolera que se le arrime a ese Lanús que nos comió crudos en Núñez. Lo cierto es que hemos vuelto a subirnos a la cuerda floja, solitos, sin ninguna ayuda. A veces, pareciera que nos gusta estar ahí, cerca del abismo.


Síganme los buenos

Ahora que ya no tenemos más el corazón en la boca, ahora que el alma nos volvió al cuerpo, sirvámonos una copa de vino y digamos la verdad: ¡qué lindo es el fútbol! Cuando más lo estábamos detestando, cuando creíamos que ya era una cosa irreconciliable, viene y nos sonríe, y nos dá una caricia, y nos demuestra que tal vez nosotros también estábamos un poco equivocados, siempre tan apurados, siempre pretenciosos y malhumorados. Por suerte nuestra hinchada no es tan histérica como otras -amén de lo que pase en las redes sociales- y por suerte nuestra dirigencia volvió a demostrar temple cuando la situación se pone border -amén de las cagadas que se pudieron haber mandado, sobre todo con algunas decisiones de los últimos mercados de pases-. Lo cierto es que fuimos capaces de aguantar la crudeza del invierno y de a poco empiezan a florecer en Boedo los primeros brotes de una prematura primavera.

El mejor partido de Almirón en su corto ciclo al frente de San Lorenzo. Se confirmó una levantada que venía siendo sostenida y que hoy alcanzó un pico. Un pico que, esperamos, no sea la cumbre definitiva de este equipo, sino un eslabón más de esta cadena de buenos rendimientos que ahora sí se puede ver. Ya me meto con los nombres, pero quiero rescatar la que, a mi entender, es la muestra más notoria del crecimiento futbolístico: San Lorenzo hoy fue punzante, los pases no fueron blandos como venían siendo sino que fueron decididos, firmes, bien direccionados la gran mayoría de las veces, incluso buscando el vacío para vulnerar la defensa rival. Y cuando tuvimos que tener la pelota para que transcurra el partido, ahí tampoco fue un toqueteo intrascendente, sino que hubo juego, hubo cabeza, hubo convicción.

Sinceramente, no encuentro que haya habido algún punto flojo entre nuestros once. Gonzalo fue un gran reemplazante de Senesi, al margen de la conversión. Monetti no tuvo grandes problemas, incluso en el primer tiempo sacó al córner un remate de larga distancia que parecía complejo, como consecuencia del único error que cometió Raúl Loaiza, el cinco que volvió a su mejor nivel y que se consagró como una de las figuras de la cancha. Delante suyo, quiero rescatar a Castellani, que arrancó torcido los primeros 15 minutos pero que después se acopló y acompañó bien, ahora sí, a Román Martínez, la otra figura que tiene este equipo de Almirón. Los laterales volvieron a mostrarse firmes y Camilo jugó un gran primer tiempo, atreviéndose, encarando con solidez y complicando a los peruanos. El Perrito Barrios y Nicolás Reniero demostraron, en una sola jugada, el potencial que tienen para nutrir de fútbol el ataque azulgrana: balón recuperado y dominado por el Príncipe, pasados los cuarenta del segundo, triangulación con Nahuel, centro de rastrón, y el petiso que dominó con la suela y la clavó en el segundo palo. Si hasta la semana pasada decíamos que a este equipo le faltaba cerrar los partidos, bueno, una cosa más para que vayamos tachando de la lista.

10 puntos en el grupo F de la Copa Libertadores y una racha de 7 u 8 partidos sin conocer la derrota. Estábamos en el infierno, ardiendo entre las llamas y recibiendo latigazos de propios y extraños, y ahora estamos en alguna laguna escondida, al rayo del sol, rodeados de cantos de sirenas. Es lindo el fútbol. Ojalá el equipo pueda seguir ratificando el rumbo, tenemos con qué. Como tarea, falta consolidar el equipo muletto: el otro día en Tucumán, el que saltó a la cancha no dio la impresión de ser el mejor suplente que podíamos presentar, sino, más bien, un rejunte medio pelo de jugadores que no están con todas las pilas puestas. La base de ese equipo alternativo tiene estar conformada por los pibes del club que alternan hoy entre la reserva y la primera y que andan con ganas de llevarse todo puesto. Tenemos un primer equipo que está primero en la copa y encontrando su mejor nivel, y una reserva que acaba de salir campeona por varios cuerpos de distancia. El horizonte es bueno, más que bueno quizá, por más que nos hayamos llegado a creer que estábamos cubiertos de mierda. Todos queremos más, todos ansiamos volver a festejar en la mítica San Juan y Boedo. Yo vuelvo a sugerir que disfrutemos de lo que conseguimos y que sigamos acompañando como siempre para que las cosas se sigan dando. Mientras tanto, cada vez falta menos para el primero de julio, y ahí también tenemos un buen motivo para juntarnos a brindar.


Cómodo lider

Me acabo de clavar un cuarto de helado: mascarpone, sambayón y dulce de leche tentación, uno que trae trocitos de merengue. Con algo tenía que bajar el gran triunfo de hoy, en un match que en los papeles pintaba como el más duro de las últimas semanas. De hecho, si en la previa nos servían la planilla con el empate, yo creo que un gran porcentaje de cuervos estampábamos firma y aclaración. Lo cierto es que, mientras se arrima la medianoche, ingreso a promiedos, clickeo en la pestaña de la Copa Libertadores, deslizo lentamente el mouse hasta las inmediaciones del Grupo F, y ahí está el líder San Lorenzo, primereando la tabla, aventajando incluso al temible Palmeiras. Y sí, estimados, estimadas, algunos me acompañarán en el sentimiento, otros no, pero yo me dispongo a reivindicar al equipo de Almirón, en esta epístola cibernética basada en lo que hemos visto en la tardenoche del Bidegain. Como le expresé hace un rato a mi compañero Gamallo, cronista estrella de La Soriano, pienso que es un buen momento para dar rienda al optimismo en Boedo. Sin especular con el devenir de los acontecimientos, que en definitiva esto se trata de fútbol. En síntesis, propongo que disfrutemos un poco de este momento.

 

Me sincero: algunas fechas atrás, no daba dos mangos por el pibe Herrera. Me pareció haberlo visto desconcertado en un par de ocasiones, incluso desganado, y aquella roja infantil contra Argentinos Juniors, en un momento delicado del equipo, me había hecho enojar con él. Es cierto que ya insinuaba las ganas de pasar al ataque, con la torpeza propia del que está haciendo sus primeras armas. Bueno, bienvenida sea la monumental tapada de boca que me está pegando. El pibe de Corrientes se está plantando en una banda derecha que, de a poco, comienza a tener su nombre tallado. Se manda al frente como loco y nos está acostumbrando a esas diagonales que quiebran los esquemas y que lo ponen en las cercanías del arco rival. Y te sacude lindo. Y andá a cantarle a Gardel. En la otra banda, el tucumano Salazar pasó la prueba de jugar a pie cambiado, lo hizo bien y dejó la cancha dándole puñetazos a la camilla, porque tenía ganas de seguir demostrando lo que tiene para dar. Coloccini y Senesi son dos centrales del carajo que tenemos la suerte de contar entre nuestras filas: son los primeros armadores de juego, incrustándose en el campo contrario y buscando un pase filtrado que habitualmente llega a destino. Si los laterales siguen afianzándose -Pérez también se mostró seguro cuando ocupó la banda izquierda-, tengo la impresión de que vamos camino a tener una defensa muy sólida. El colombiano Loaiza se acopla bien en esa estructura, cuando los centrales comienzan a cranear el ataque azulgrana.

 

Delante del 5, Castellani no se termina de soltar y alterna buenas y malas. Su rol como socio de Román Martínez todavía parece insuficiente, y eso se pone de manifiesto en la falta de alternativas de mitad de cancha hacia adelante, porque nadie va a negar que no tenemos un ataque holgado ni una galera llena de trucos en posición ofensiva. Estamos con lo justo: la buena noticia es que, por el momento, nos está alcanzando para zafar de esta racha que parecía eterna, y para empezar a proyectarnos con un poco más de calma. Román demuestra partido a partido la calidad de jugador que es, marcando goles, aclarando el panorama como Arjona, habilitando compañeros, generando infracciones cuando el partido lo pide -como hoy- y colgándole amarillas al rival. Mismo mérito para el capitán, que, a falta de situaciones concretas para marcar, en el segundo tiempo se las ingenió para provocar la embestida de los verdes y bajar el fuego de la hornalla cuando lo necesitábamos. Lamentablemente, volvió a salir con una dolencia muscular que seguramente será desgarro y parate.

 

Una vez que abrimos el marcador, con el zapatazo de Herrera, el equipo aguantó el trámite del cotejo sin aprisionarse contra su arquero Monetti. Hubo, incluso, un manejo sobrio del balón durante los últimos diez minutos de juego. Nos falta dar ese paso, atrevernos a liquidar los partidos. No era hoy la ocasión de andar haciéndonos los guapos. Creo que se jugó el partido que se tenía que jugar. Si no me equivoco, de los últimos cinco disputados, ganamos 3, empatamos 2 y no hemos sido derrotados, ¿verdad? Dirán que los ganamos de pedo y que no marcamos más de un gol. Bueno, siempre dirán algo. Yo remarco mi entusiasmo por el momento del equipo. La buena noticia de hoy no es solo que se va afianzando un once titular, sino que en este golpe de confianza se empieza a forjar el plantel. Ferrari, Elías, Insaurralde, Gaich, Barrios, incluso Alexander Díaz, están a tiro, para entrar y jugar. La otra buena noticia, por cierto, es que el viernes se acaba el martirio de la Superliga. Que se alargue entonces la racha en Tucumán.


Descarga eléctrica

Lo primero que tengo que hacer es jurarles algo: esta crónica iba a ser escrita, no importaba cuál fuera el resultado de hoy. Luego de las últimas dos derrotas, versus Argentinos y Boca, nos fuimos en silencio, porque sinceramente ya no sabíamos de qué disfrazar los disgustos. Tampoco es que nos rendimos rápido, porque, antes de esos dos, entre el Dr. Gamallo y yo alcanzamos a cronicar cerca de diez lamentos consecutivos. Pero llegó un momento en que metíamos la mano en el baúl de las desgracias y nos dimos cuenta de que las habíamos usado todas. Una cosa es repetirse en las buenas, a costa de triunfos y alegrías, y otra es darse la cabeza contra la pared cuando son todas pálidas. Pero esta tarde habíamos decidido que ya era tiempo de bancarse la que viniera y poner la otra mejilla si hacía falta. Por suerte, o por los influjos del Papa Francisco, ganó San Lorenzo, y estamos como si hubiésemos salido campeón de algo. Yo telefoneé a un par de amigos, a ver si nos íbamos a festejar a San Juan y Boedo, pero me dijeron que me calme.

Ok. Hablemos de fútbol, como decía Quique Wolff mientras acariciaba a “la caprichosa”. San Lorenzo arrancó el trámite más o menos bien. Me refiero a los primeros diez minutos, no más que eso. El pibe Salazar, con casi nada, demostró que podemos esperar de él bastante más que de sus compatriotas. Tiró un par de pelotas largas e intentó usar las bandas para ganar en velocidad. En una llegó al fondo y sacó un centro de rastrón que no tuvo buen final. Del otro lado, Rentería al menos se acercaba un poco más a lo que uno espera de un jugador de fútbol, rebotando la pelota en dirección a un compañero, intentando amagar para acercarse al área e incluso protagonizando una acción peligrosa, que acabó desviando el arquero rival. Sigue siendo poco, de hecho no ingresó a disputar los últimos 45 minutos de juego. El otro que se quedó en el vestuario fue Fernando Belluschi, que se fue al descanso maltrecho. El enganche, cuyo juego supo enorgullecernos hasta hace relativamente poco tiempo, otra vez brilló por su ausencia, salvo por un remate de media distancia que no contó con la potencia suficiente. De todas maneras, esperemos que el golpe en la rodilla no revista gravedad: no pudo olvidarse de cómo se juega a la pelota.

Lo mejor del partido, para San Lorenzo, llegó a los 30 del primer acto, y el mérito no fue de ninguno de los que tenían puesta la casaca azul y roja. Resulta que a un amigazo de Junior se le ocurrió la excelente idea de golpear con el codo a Damián Pérez, en una jugada que no decía nada, y se fue para las duchas poniendo caritas. El DT de la visita se vio obligado a meter un cambio para reordenar su defensa, y a Boedo le quedaba una horita por delante para tratar de hacer algo esta vez.

En lo que quedó de la primera mitad no lo consiguió, y el segundo tiempo envejecía pronto, y una gota de sudor comenzaba a recorrer la frente de todos los cuervos y las cuervas, en dirección a la sien. Hasta que, de pronto, el apagón del Papa Francisco, la mano de Dios tocando el tablero eléctrico del Bidegain, permitiéndole a la hinchada hacer alarde de su bella voz y a los futbolistas una última reflexión, una bajada de decibeles a tono con la luz y un volver a empezar, como Alejandro Lerner. Y en el arranque nomás de esa suerte de tercer tiempo milagroso se apretó un poquito más, y Junior se vio obligado a replegarse cerca de su área. ¿Claridad? No, gracias, no es lo nuestro. De hecho, estuvimos a esto de perderlo, pero los colombianos sobraron un poco la definición. Nosotros llegamos una vez a fondo y por suerte la pelota cayó en los pies de Román Martínez, un tipo que sabe jugar a este juego. Recibió en el borde del área grande, dominó, amagó el remate, encaró hacia su derecha y definió seco al primer palo. Golazo y descarga.

Pero, claro, a este partido le faltaba la peor parte. La maldición de San Lorenzo, el karma de Almirón: aguantar el resultado en tiempo de descuento. Y nos pasó como esas veces que no sabemos si reír o largarnos a llorar, porque esta vez había que aguantar un descuento de ¡14 minutos! La verdad, no me acuerdo bien qué pasó. En un momento salió Juan Camilo y en su lugar entró Torres, de eso sí me acuerdo. Y así como entró, empezó a amasar la pelotita como si fuera Andrés Iniesta. Perdió un par pero por suerte para él no pasó a mayores. Después, sobre el final, metió una buena habilitación que Fértoli no pudo embocar en el arco (no vaya a ser cosa que ganemos por dos goles, ¿vio?). Coloccini obligaba al público azulgrana a reconocerlo con aplausos, a fuerza de barridas y pelotas recuperadas.

El pueblo cuervo puede dormir en paz, al menos esta noche, después de una tormenta que amagaba convertirse en el diluvio universal. Digamos que el equipo cumplió. Falta que el capitán recupere su nivel. Él también tuvo una para liquidar el trámite, después de un contragolpe bien orquestado por sus compañeros, y falló en la definición. Con un buen Blandi, con un Adolfo en el banco de los relevos, con Poblete y Loaiza alternándose para manejar con firmeza el mediocampo, con un socio que lo acompañe a Román en la creación, con laterales más sueltos, con wines rápidos como Fértoli y Camilo, la cosa debería empezar a caminar. A ver si, con un poco de suerte, los fantasmas se mandan a mudar.


El clásico de Avellaneda

Me perdí el primer tiempo del clásico pero alcancé a ver casi todo el segundo. Gran partido, de ida y vuelta, con 22 tipos enchufados, pidiéndola, buscando el hueco, desbordando, tirando gambetas e intentando ser profundos en el ataque. Un nivel de intensidad digno de ver, más allá de que por momentos hayan logrado más o menos volumen de juego. Cecilio y Benítez obligando por el lado del Rojo, Verón desbordando y metiendo un centro punzante para el empate transitorio y el joven Menéndez que siguió intentando cuando lo reemplazó. Chelo Díaz distribuyendo en el medio campo del puntero, Zaracho metiendo, lo mismo Solari cuando le tocó entrar, Cvitanich clave para desnivelar el marcador y Licha López que se comió la cancha y a esta altura del partido es el mejor delantero del fútbol nuestro de cada día.

 

¿Y qué joraca tiene que ver esto con la visita de San Lorenzo a Córdoba? Bueno, los contrastes sirven a veces para explicar algunas cosas. Mientras corrían los minutos en Avellaneda y la intensidad del juego no mermaba, y cuando parecía que los jugadores estaban bingo fuel y sin embargo daban un poco más en cada pelota, yo no podía dejar de preguntarme qué mierda les pasa a los nuestros. Que alguien me explique qué les pasa. Se supone que son chabones tan atléticos como sus colegas que juegan para otros equipos (¿es así, no?). Últimamente tengo la impresión de estar viendo un partido de solteros contra casados, cada vez que juega San Lorenzo, y nuestros jugadores tienen los anillos puestos, pero unos anillos que pesan como 20 kilos. Parece que la vida les pasó factura a nuestros muchachos, aunque el míster quiera zafar después del match, diciendo que está muy conforme con la actitud y blablablá. Cuando terminó el partido, lo primero que hice fue rogarles vía WhatsApp a mis compañeros y compañeras de La Soriano para que me tiren un par de puntas sobre ese desastre que acabábamos de atestiguar. Era inenarrable lo que había visto, tanto o más de lo que veníamos viendo.

 

Un compañero opina que, durante los partidos anteriores, al menos se vislumbraba algo de lo que pretendía Almirón. Hoy ya ni siquiera eso. Otro dice que se tocó fondo en cuanto al rendimiento y enseguida viene la aclaración de que encima jugamos contra uno de los equipos más flojos del torneo. Alguien quiere rescatar los primeros quince del segundo tiempo pero ese consuelo no parece arreglar a nadie. Otra habla de la mala leche por el cabezazo al travesaño de Castellani (pero ya me dá un poco de escozor hablar de “mala fortuna” en estas crónicas). Salta un dato en el grupo: el último partido que ganamos de visitante fue en abril del año pasado. El Mundial de Rusia parece que fue hace mil años, ¿no? Bueno, imaginate entonces ese triunfo otoñal.

 

Bueno, no me queda más remedio que escribir sobre el equipo. Quiero empezar por los puntos rescatables: tenemos un buen arquero, una buena zaga central y dos (y hasta tres, contándolo al pibe Insaurralde) buenos mediocampistas centrales. Listo, nos vemos, buena semana.

 

Está bien, sigo: muy flojo el primer tiempo que hizo ayer el pibe Herrera, inseguro, perdiendo la banda y no pudiendo concretar en ataque. Por el otro sector, Pérez no demostró casi nada. Botta dio algunos pases bien e intentó triangular, pero ya estoy harto de hablar de buenas intenciones. Todos esperábamos más de Botta y está claro que no está colmando esas expectativas. Debería comer un poco de banco, tal como lo hicieron sus compatriotas Blandi y Belluschi. Rentería aparecía como única punta en la previa, de acuerdo a lo que se había visto en la semana, pero, sin embargo, se paró contra la raya y perseguía infructuosamente al 4 pirata en cada incursión que hacía. El colombiano mostró una apatía y una displicencia demasiado irritantes por haber sido su presentación en sociedad (no quiero pensar lo que será cuando agarre confianza). Cerca del final, condujo un contragolpe que pudo haber sido el gol de la victoria, pero en lugar de acelerar se le dio por frenar la jugada, haciendo posible el reacomodamiento de las remeras celestes. Torres, otro ex verdolaga, volvió a ingresar en el último tramo del partido y demostró otra vez su aparentemente innata torpeza con el balón. A menos que la comunidad internacional nos quiera enviar un poco de su desinteresada ayuda humanitaria, el panorama pinta difícil en Boedo. Hace varias crónicas, vengo diciendo que para mí una de las claves para dar vuelta la taba es la posición de Nicolás Reniero. Si el DT cuervo lograse que el Príncipe juegue feliz, eso va a traernos buenas noticias a los hinchas. Ayer apareció a cuentagotas, pero, en síntesis, sigue sin poder recuperar el nivel que supo mostrar apenas se calzó la casaca azulgrana. Seguimos en la dulce espera. Pero, al margen de posicionamientos concretos, la falta de intensidad que muestra este equipo cada vez que sale a la cancha es la faceta más preocupante que yo puedo percibir. El avance con la pelota en los pies es cansino, los pases son previsibles en un 99%, no hay despegues, no hay desmarques, no existe la búsqueda de los vacíos posibles ni parece haber margen para la creatividad en la cabecita de quienes comandan los insulsos ataques azulgranas. El viernes, otra prueba en nuestra cancha. Vamos a ver qué escribimos después


El nudo

Yo no tengo ganas de ponerme a sacar estadísticas. Terminan los partidos de San Lorenzo y no tengo ganas de nada, últimamente. Pero me gustaría que alguien lo haga: si los segundos tiempos duraran 40 minutos en vez de 45, ¿cuántos puntos tendríamos en este campeonato? En serio, me encantaría saberlo. Y no es que le quiera buscar la quinta pata al gato. No es que quiera acomodar las cosas de manera tal que podamos limpiar un poco la imagen del equipo. Es que me resulta demasiado evidente, demasiado llamativa, la cantidad inmensa de puntos que dejamos en el camino durante los últimos minutos de cada partido, a lo largo de todo este campeonato, con Biaggio primero y con Almirón después. ¿Cómo se entiende esto?

 

El equipo se había ido aplaudido al descanso, después de un muy buen primer tiempo, y todos nos acordábamos del partido épico de 2012 pero no queríamos decir nada. No queríamos decir que esa remontada gloriosa contra el Newell’s del Tata Martino había significado el punto de inflexión entre dos historias muy diferentes: la lucha por zafar del descenso quedaría atrás y comenzaría a diseñarse el equipo que levantó la Libertadores dos años después. No es que andemos cerca de pelear otra copa, pero sí que teníamos ganas de que sea éste, y no el próximo, el partido que cortara de una vez por todas esta racha de mierda que nos tiene a maltraer.

 

San Lorenzo jugó un más que aceptable primer tiempo, con dominio sostenido hasta los 30 que no logró transformar en gol, y entonces el murmullo silencioso, el temor de que esta racha se prolongue eternamente. Hace cuatro o cinco partidos que nos venimos dando aliento entre los y las hinchas, diciéndonos en la previa que hoy sí, que hoy tenemos que empezar a ganar. Yo creo que el temor no tiene que ver estrictamente con lo futbolístico, pienso que la mayoría de los cuervos y las cuervas confiamos en el plantel que hay y en el cuerpo técnico que lo conduce. El temor, y el “hoy sí hay que ganar”, tienen que ver con una necesidad de que no se instale en nuestro club ese malestar extra futbolístico que todo lo pudre y con el que nada bueno podremos construir.

 

Esa es la primera batalla: salir de ahí, como le pedía Walter Nelson a Maravilla Martínez allá por el último round. San Lorenzo jugó bien, decíamos, hasta los 30, con el agregado de que volvió a jugar bien a partir de los 40, cuando nada hacía pensar que eso ocurriría, porque daba la impresión de que ya se había bajado la persiana de la primera mitad. Pero no. El equipo volvió a acelerar y demostró personalidad. Una gran salida desde el fondo con el sello de Monetti y la inmediata escalada de Peruzzi por la banda derecha que acabó en un buen ataque. Uno o dos minutos después, el gol. Un gol que fue como tenía que ser: un despelote total, un corner que derivó en una serie de rebotes que no tenía goyete y Blandi que acabó empujándola con alguna parte de su cuerpo que no interesaba cuál era. El asunto es que la pelota entró y que fue como una dosis de algo fuerte que nos quitó un dolor de muela que parecía que nos iba a matar a todos. El pleno del plantel de Newell’s protestando algo que seguro nadie vio, solo porque había sido una jugada desprolija y daba para la protesta.

 

La clave de la presión de San Lorenzo no estuvo en la línea de los delanteros sino en la posición de las líneas del fondo, que se clavaban en la mitad del terreno y acortaban la distancia del juego posible, atorando al equipo rival. Esto se vio con claridad cuando San Lorenzo atacaba con la pelota al pie: Coloccini, Senesi y Loaiza eran punta de lanza para la rápida recuperación del balón, en caso de que ese ataque no prosperara. Hay algo que no está bien en la posición del Príncipe Reniero. Cada vez que agarró la pelota, en el primer tiempo, demostró que no siente la raya, porque la para displicente y avanza al trotecito, poniéndole cabeza al ataque y buscando un pase filtrado a algún compañero que quiebre la defensa. Rara vez busca ganar la banda en velocidad: ese es el juego de Fértoli, pero no el suyo. Quizá un enroque entre él y Botta pueda ser una solución, al menos en algunos pasajes del partido. Blandi no se escondió. Venía de estar señalado durante la semana previa, con conferencia de prensa incluída, pero no se escondió. Buscó la pelota e intentó abrir la cancha hacia las bandas con la intención de recibir un centro a la altura del borde del área chica. Estuvo cerca en un par de ocasiones. Buen debut de Damián Pérez, el lateral izquierdo que llegó a Boedo sobre el filo del mercado de pases.

 

En el segundo tiempo el equipo cedió la iniciativa y Newell’s avanzó con un poco más de peligro. Salieron reemplazados primero Botta y después Belluschi y ambos alternaron aplausos y silbidos de parte de los hinchas. Castellani y Poblete intentaron reordenar la mitad de cancha y manejar el juego desde ahí, algo que se logró parcialmente, sobre todo a partir del ingreso del amigo Gerónimo. Reniero aceleró en una contra y el refereé no nos cobró un penal que probablemente Blandi hubiera desviado, pero que capaz que no y abrochábamos la victoria. Más cerca del final, el Príncipe no pudo acomodar el pie para encestar un balón que le vino cruzado y a media altura. Finalmente, la maldición, la perdición, la incredulidad del tiempo de descuento, el mayor enemigo de un plantel que no puede zafarse de esta maraña en la que se enredó. Una jugada aislada que nace en los pies del arquero Aguerre y un bochazo largo que a nosotros solos se nos transforma en peligro de gol. Y es gol, siempre es gol. Y otra semana más que se viene con olor a mierda. Y lo único que sigo esperando es que logremos soltarnos a tiempo de este nudo intrincado, para que no se instale en nuestro club un malestar que pudre y lastima