Siniestro total

En la crónica del partido frente al Tiburón de la Costa Atlántica, mi compañero Gonza Gamallo señaló, no sin razón, que daba la impresión de que los jugadores se sentían más cómodos con esta nueva propuesta, pero que los frutos del método Almirón aparecían solo de a ratos, sin la regularidad que se precisa para eso de ganar un partido. Mientras escribo esta nota, Facebook me avisa que se está transmitiendo en vivo la conferencia de prensa del DT azulgrana. Decido no verla y sigo con lo mío. ¿Qué puede decirme George que no sepa? El 95% de las declaraciones post partidos son completamente inútiles, y me parece que estoy siendo generoso. Déjenme decir algo, de una vez por todas: ¡Al fin terminó este año siniestro, por dios! ¿No queda más nada, cierto? Dediquémonos a los deportes que se dirimen en el Pando, que ahí es todo color de rosas. Bueno, pero hay que charlar del partido de hoy, es cierto.

 

Lo primero que tengo para decir es que se pareció muchísimo al de Mar del Plata. De hecho, me vi tentado de hacer copy paste con la nota de Gonza, total, si pasa pasa. Pero a último momento apelé a mi honestidad intelectual y acá estoy, arremangado frente a la pc. Igual que el otro día, la primera media hora del equipo fue de buena a muy buena: toques de primera, laterales proyectados, el triángulo de la mitad de cancha aceitado, los tres pibes de la defensa ordenadísimos, Insaurralde pidiendo titularidad y un Belluschi desplegando alas. Gen Almirón activado: bien el Ciclón. Como en Mar del Plata, no alcanzó. Todo el juego plasmado y la intención manifiesta de quebrar al rival no se tradujeron en un beso a la red.

 

En ese rato de buen juego, se los vio cómodos a Botta y a Belluschi: daría la impresión de que esta ubicación en el terreno favorece el despliegue y la conducción que ambos, pero sobre todo Fernando, están en condiciones de ofrecer. Antes se veían obligados a esperar el balón encerrados contra la raya, divorciados uno del otro y con poca capacidad de generar juego, más allá de algún lateral pasándoles por la espalda. Ahora se hacen dueños de la pelota casi a la par del chico Insaurralde, que se muestra capaz de iniciar los ataques con precisión, y desde ahí pueden avanzar con un panorama más claro de lo que ocurre en el frente de ataque. Reniero abandonaba su posición de área y bajaba a triangular con ellos dos, mientras Salazar y Pereyra se mostraban como receptores por ambas bandas. Esta línea flexible de tres o cinco defensores, permite que ambos puedan proyectarse a la vez, sabiendo que la defensa no se va a desarticular por completo. Así, son seis los jugadores azulgranas que trabajan en la elaboración del juego. Por otra parte, cuando el rival avanza con dominio, los laterales se acoplan a la línea defensiva, conformando un bloque para proteger a Navarro. De todas maneras, la primera herramienta defensiva tiene que ver con recuperar la pelota rápidamente en la mitad de la cancha, y de eso también han dado cuenta Belluschi e Insaurralde, raspando y robando varias. Hasta acá, todo bárbaro. En el último tramo del primer tiempo, el equipo se pinchó un poco y las acciones se emparejaron, pero no pasaría mucho más.

 

¿Y en el segundo? Bué, hablemos del segundo. San Lorenzo encontró la ventaja rápido. El rasta y el pibe Gaich intentaron una pared en el área y un muchacho de Estudiantes metió la mano donde no debía. Penal y buena conversión de Botta. Y una vez que logramos la ansiada ventaja y que ponemos en el rival la responsabilidad de hacerse cargo del partido, generando los espacios para jugar tranquilos, resulta que empezamos a hacer todo al revés. El mismo equipo que muestra serenidad para abrir el marcador, intentando generar buen juego, se enloquece con la ventaja a favor y empieza a hacer todo mal. Claramente, acá hay un factor emocional; estos muchachos vienen sintiendo la presión de una racha adversa que ya ni me acuerdo cuándo empezó, y necesitaban como el agua que pasen dos cosas: ganar o que se termine el año. Una no se consiguió, la otra gracias a dios sí.

 

Al que no tenemos nada para agradecerle es al fenómeno de Mouche, que entró, se hizo el que se ponía el equipo al hombro y decidió hacerse cargo del segundo penal que nos había cobrado el refereé. Botta, Belluschi, Reniero: cualquiera de ellos pudo haberlo ejecutado. Pero el caprichoso de Pablito agarró la pelota y se la alcanzó a Andujar. Después de eso, lo que decíamos: el desorden, el nerviosismo y los errores no forzados que empezaron a aparecer en todas las líneas y que le dieron al Pincha la chance de agrandarse y de empezar a generar peligro en ataque. Pereyra no tocó una pelota por la izquierda; Salazar metió pero no prosperó y terminó dejando el campo dolorido. Almirón trató de meter un volantazo y de ordenar al equipo con las clásicas dos líneas de cuatro: para eso lo hizo ingresar a Ariel Rojas, que volvió a no hacer nada productivo. Estudiantes lo empató de penal cerca del final, igual que nos pasó en Mar del Plata, y durante los últimos minutos del partido pasaron cosas extrañísimas en las que no me voy a detener. Chau 2018, gracias por todo. Y si se lo cruzan a Pablito Mouche por la calle o haciendo compras en el chino del barrio díganle que le mando saludos.


Stranger Things

Si antes del partido nos alcanzaban papel y birome y nos ofrecían el 0 a 0 en Liniers, ¿agarrábamos? “De ninguna manera, ¡San Lorenzo es un grande y su obligación es buscar los tres puntos en todas las canchas!”. Okey, esa es una respuesta posible -fácil, por cierto, pero válida-. La otra respuesta, no tan abstracta y más relacionada con la realidad que atraviesa el equipo, podía ser que un debut sin derrota de Jorge Almirón, de visitante y frente a un Vélez que sabíamos aceitado, no era un mal negocio. Más si consideramos que se vienen dos partidos de local y uno de esos es Huracán. Y más si asumimos que, en lo que va del torneo -que no es poco-, Navarro no había terminado ningún partido con la valla invicta.

Lo pudimos ver a Almirón, en el primer tiempo, en la intención de jugar a un toque, siempre que se pudo, y se pudo bastante más de lo que se venía pudiendo. Lo vimos a Almirón, avanzando desde el fondo con pelota dominada, y lo vimos también buscando presionar a Vélez, no desde la línea de salida pero si en la mitad del campo, mordiendo y robando con éxito en algunas oportunidades. Está claro que Heinze y Almirón juegan a cosas parecidas, con la diferencia lógica de que el de Vélez ya tiene sobre sus espaldas un tiempo prudente de trabajo, mientras que Almirón apenas comienza su camino al frente del Ciclón.

Cuando el equipo de Liniers cruzaba la mitad del campo con pelota dominada, se dibujaba en la defensa de San Lorenzo la famosa línea de 3/5, con Senesi como líbero de Gabriel Rojas y Coloccini, y con Salazar y Ariel Rojas encargándose de cubrir las bandas. Sin ir más lejos, Gallardo paró en La Boca un esquema similar, durante la primera final copera. Uno de los sellos de Almirón, que marcará una ruptura si consideramos el juego que venía haciendo San Lorenzo de un tiempo a esta parte, ocurre en la mitad de la cancha: no va más el doble cinco. Esa función recaerá en un solo hombre, y todo indica que el elegido es Gerónimo Poblete. Y ese único cinco tiene sus laderos, que ayer a la noche fueron Belluschi y el Rojas proveniente de River. Digámoslo de una vez: mala noche de Belluschi, que no pudo engranar en todo el partido, mala noche de Ariel Rojas y de Merlini, que no pudieron engranar en todo el semestre. Botta tuvo una buena primera etapa, con ansias de protagonismo y sin ese fastidio que solía mostrar últimamente, pero, parece adrede, que cuando uno quiere arrancar no encuentra compañía porque el resto anda torcido. En vez de un conjunto, lo que tenemos hasta ahora es una suma de individualidades: a veces se enciende una lamparita y otras veces se enciende otra, como en Stranger Things. Estamos todes a la expectativa de que se prendan un par de luces a la vez, cuando tenemos la pelota en nuestro poder, a ver si de una vez por todas se desata el monstruo azulgrana.

El segundo tiempo fue un martirio, de principio a fin. Vélez salió fresquito, como si el partido recién arrancara, y San Lorenzo parecía que estaba jugando el alargue de un cruce de copa en Brasil. Todos con la lengua afuera. Es cierto que el equipo de Heinze está compuesto por mayoría de pibes, pero, si te fijás línea por línea, tampoco había una diferencia descomunal de edad. El asunto es que nuestros mediocampistas no están pudiendo sostener el ritmo de juego durante los segundos tiempos, y entonces cedemos tenencia, resignamos mitad de cancha y esperamos al rival en campo propio. El DT intentó con Mussis y Barrios en lugar de Rojas y Merlini, pero no pasó mucho, más allá de algún arrebato del can. Resta saber cuál es la posición que mejor le sienta a Reniero: nos hemos habituado a verlo arrancar desde más atrás, haciéndose del balón sobre alguna de las bandas y aportando no solo en la definición, sino en la construcción del ataque y en el abastecimiento. Cuando lo vemos ahí arriba, como si estuviera en penitencia, dá la impresión de que estamos desperdiciando su potencial como jugador de fútbol. Vamos a ver cómo se reordena esa línea ofensiva cuando vuelva el Capitán y cuando esté recuperado Mouche, si es que el entrenador lo considera una alternativa para el once titular. De acuerdo a sus planteos teóricos, podríamos creer que sí.

Se vienen dos de local: dos bravos, contra equipos que están prendidos arriba. Habrá que resolver el enigma de los segundos tiempos. Vimos una digna primera mitad en el Amalfitani, igual que habíamos visto en el Cilindro. No sé si nos está pasando factura el flojo entrenamiento físico o el mal lastre emocional, pero hay que salir pronto de esa encrucijada.


La reconstrucción

“¡Andate Pampa, dejá de robar!”. ¿Ah, no está más el Pampa? Bueno, denme alguien a quien insultar, ¡por el amor de dios! Igual, no se preocupen, ya tengo un nombre en la cabeza, pero lo voy a tirar un par de párrafos más abajo. Antes que nada, me gustaría aclarar algo: por lo general, hay muchas maneras de leer un partido, así como también hay muchas maneras de leer la realidad -y no hay que ser ultra sagaz para notarlo-. En este caso, el encargado de analizar un partido tiene esa extraña potestad de hundir al equipo, de destrozar a sus protagonistas, o bien de tener una actitud mesurada frente a lo que pudo observar. Bien, yo suelo apostar a la segunda, y en esto no pretendo que todo el mundo me acompañe; de hecho, ni siquiera hablo en nombre de La Soriano, porque seguro que no todes mis compañeres piensan igual que yo. Y en eso de ser mesurado, les propongo lo siguiente:

Imaginemos que el equipo que entró a jugar el segundo tiempo contra Talleres hubiese sido la base titular. Imaginemos que esos once hubieran jugado desde el minuto cero: Belluschi cerca del cinco, manejando los hilos desde la mitad, dos nueves bien definidos, incluso participando en la creación del juego, y dos volantes ofensivos como Merlini y Mouche; proponiendo ataques en bloques, con los laterales proyectándose. No está mal, ¿no? De hecho, podría coincidir con los planes del nuevo entrenador, que, según tengo entendido, suele parar sus equipos en un esquema 4-3-3. Está claro que no prosperó en esta ocasión, pero, durante  los primeros 15 minutos de la segunda etapa, tal vez 20, yo vi un equipo plantado en campo rival, avanzando con triangulaciones prolijas a pesar del aire denso que se respiraba, y ahogando a un Talleres que estaba cómodo con su ventaja. Entonces, ¿por qué no funcionó? Bueno, porque no es lo mismo salir a jugar con la tranquilidad de un partido que recién comienza, que salir a dar vuelta un resultado adverso, después de un mal primer tiempo y en el contexto de un clima áspero que ya nadie osaría disimular.

Bueno, pero cortémosla con este recorte arbitrario que estoy haciendo de la realidad y vayamos a lo que realmente pasó. La derrota frente a Talleres, en condición de local y por primera vez en la historia, tiene nombre y apellido: Franco Mussis. Un muchacho contrariado, que tensa todo innecesariamente. En la crónica del partido contra Temperley ya habíamos mencionado esas manías que tiene de filtrar pases por donde no se puede, perdiendo una cantidad enorme de balones y auspiciando contragolpes del rival, con el partido en tablas y cuando nada, pero nada, justifica correr esa clase de riesgos. Bueno, parecería que hoy entró dispuesto a redoblar la apuesta, insistiendo con esa forma de salir jugando y viendo compañeros allí donde solo hay rivales. El único gol del partido llegó tras una pérdida suya, pero me quiero quedar con una jugada que se produjo alrededor de los 35 del primer tiempo, y que grafica todavía mejor su pobre actuación: recibe una pelota contra la raya izquierda, en posición defensiva pero sin una marca asfixiante, y en lugar de intentar retenerla, o bien de despejarla hacia un sector de la cancha menos peligroso, pone el pie flojo y direcciona el balón hacia el círculo central, ofreciendo al equipo cordobés otro ataque fuera de contexto. En la misma jugada, y cuando el peligro parecía diluirse, patea a un rival desde atrás y regala un foul a dos metros del área de Navarro.

La mala noticias para Mussis no es lo que yo pueda escribir en esta crónica; en definitiva, ¿a quién le interesa esta crónica? La mala noticia es que Almirón no estaba volando hacia Buenos Aires, sino que ya había llegado anoche. Seguramente, el nuevo DT habrá seguido con atención las acciones de la tarde en el Nuevo Gasómetro. Por otra parte, Merlini cumplió a la perfección con el papel que Botta venía desarrollando durante los últimos encuentros: fastidioso todo el partido, no pudiendo engranar con Belluschi, tirando patadas a los rivales e insultándose a sí mismo y a los demás. Ya en el segundo tiempo, ingresaría Botta, y por enésima vez no gravitaría en el match. Ya en la última jugada, recibe el juego por banda derecha, con espacio, con chances de centro, pero manejó la pelota con tal displicencia que se la acabaron birlando. Belluschi, que ya venía arrastrando un calambre desde hacía varios minutos, fue al suelo y forzó la infracción que sería la última acción de la tarde para el Ciclón. Lamentablemente, la ejecutó el propio Botta, que no hizo más que servirle la bola al arquero Herrera.

En el transcurso del segundo tiempo, y en la medida que no pudo concretar las situaciones que generaba, el equipo se fue desinflando. Es lógico: es un equipo que viene golpeado desde hace bastante tiempo, y cuando es así no es sencillo sostener la moral alta y atacar incesantemente hasta conseguir dar vuelta la taba. Sobre el final, Reniero perdió el empate abajo del arco. Pero apuesto a que ningún cuervo tiene nada para reprocharle al Príncipe. Gran entrada del grandote Gaich, que demostró aptitud para pivotear y para desbordar cuando el juego lo requiere. Y no mucho más. Hay trabajo para hacer. Estamos todes a la expectativa de la era Almirón, que el próximo domingo estará sentado en el banco azulgrana, en la cancha de Liniers.


Ni el tiro del final te va a salir

Y se acabó nomás. Y fue tal como presentíamos que podía ser. El pronóstico decía lluvia, y si bien los pronósticos fallan, esta vez llovió. Volvió a llover, mejor dicho, porque dá la impresión de que vivimos en Londres, de tanto cielo gris. Bueno, pero intentemos hablar de fútbol:

Personalmente, yo tenía la sensación de que salíamos a jugar el partido con un equipo cercano al ideal, dentro del material que tenemos en el plantel. Dejando de lado la improvisación en el lateral izquierdo, que terminó cubriendo Senesi, y la ausencia de Poblete en la mitad de la cancha, era un buen equipo el que saltó al campo de juego de Lanús. En los nombres, claro. Después, una vez que la pelota hace lo suyo, los nombres se disipan y lo que queda es el rendimiento: sobre todo el colectivo. Ese que extrañamos tanto.

En el transcurso de la primera parte, fuimos testigos de mil charlas entre jugadores y cuerpo técnico, en el afán de ordenar el medio campo. Raro, porque esta vez no se trataba de una línea de volantes alternativa como la que le jugó a Racing el domingo: a esta altura del año, uno podía llegar a pensar que Mussis, Botta y Belluschi se entendían con un poco más de facilidad y sin esa necesidad desmesurada de andar reordenándose tanto en medio del partido. Bueno, eso es lo que suponíamos. Pero de nuevo cometimos un error, los que dábamos por hechas ciertas cuestiones propias del trabajo cotidiano. Los laterales nunca recibieron el auxilio de Botta y Belluschi, a la hora de defender las bandas, y así fue como llegó el centro de Temperley que abrió el marcador. A Mussis no se le puede negar la entrega, pero muestra un juego desordenado y a la hora de salir con pelota dominada se torna peligroso, dada la tendencia que tiene a filtrar pases por el medio del campo en lugar de abrir la cancha y buscar un juego más seguro. A Botta nadie le niega su habilidad con el balón, pero desde que agarró la titularidad con el Pampa, nunca pudo serenarse, nunca pudo levantar la cabeza y acompañar virtuosamente los ataques que puede generar el equipo. Belluschi no marcó la diferencia en la primera etapa y Reniero tampoco gravitó: si ellos dos no están metidos, bueno, difícil pensar en armar algo interesante. El pibe Insaurralde, de lo mejorcito. A pesar de su poca experiencia en primera, bajó a buscar el fútbol, intentó triangular y volvió a mostrar carácter. No es poco.

La única clara de San Lorenzo llegaría sobre el filo de esa primera mitad: buen centro de Senesi desde la izquierda y cabezazo del capitán que se estrelló en el travesaño. Al descanso un gol abajo, y estaba bien. El segundo tiempo se hizo de ida y vuelta y Temperley empezó a perderse algunas contras desde temprano. Belluschi salió cuando faltaba media hora para el cierre, es decir, el tramo del partido que solía disputar desde que volvió de la lesión: pero no se fue reemplazado, sino expulsado, tras una doble amonestación. Mouche entró por Mussis, a jugar lo que le faltó el domingo en Avellaneda. Con diez, San Lorenzo mostró su mejor versión: no por generar un juego deslumbrante, desde ya, sino por atacar con convicción y ahogar a su rival, que se fue metiendo atrás y ya no salía tanto de contragolpe. Las que tuvo, Coloccini las defendió con actitud. En tiempo de adición, cuando el referee ya había dado cinco, Blandi sacó un disparo de afuera del área y San Lorenzo lograba aquello de ir a los penales, merecidamente, a juzgar por lo hecho tras la expulsión de su número 10.

Las estadísticas decían que a nosotros nos iba bien en los penales y a Temperley no. Nico Navarro ya nos había dado algunas alegrías de ese estilo. Pero el pronóstico decía lluvia, y en el sur del Conurbano le iba a llover al Ciclón. Dos tiros de cada lado, 2 a 0 abajo en la tanda de penales. Irremontable. Y ni me hagan hablar de cómo pateó Ariel Rojas. No me parece relevante que Temperley juegue en una categoría menor: está claro que en nuestro fútbol ningún partido se regala. A los de nuestra categoría los habíamos eliminado, incluso jugando mejor. El asunto, acá, era que San Lorenzo se estaba viniendo a pique, y se terminó de desmoronar. El Pampa ya presentó su renuncia, no voy a hacer leña del árbol caído. Diré solamente que fue responsable del desconcierto que quedó de manifiesto mientras se disputaba el primer tiempo, no pudiendo el equipo acoplarse a las exigencias del juego. Y ese desconcierto, en definitiva, fue la constante de estos últimos meses. Con un par de excepciones, como el partido en casa contra Nacional, el cruce versus Colón, en el Bielsa, e incluso el primer tiempo del domingo en el Cilindro, cuando se intentó hacer un juego honesto. Unos pocos chispazos, pero el fuego nunca encendió. No se pudo. A pensar para adelante.


Mate lavado

Terminó el primer tiempo y el núcleo duro de La Soriano salió al balcón a recibir la luz y la calma de un mediodía auspicioso, en una ciudad que se mostraba amigable. El resto del grupo ocupaba el living a sus anchas y aprovechaba para avanzar sobre lo que quedaba del desayuno. Alguien pone la pava para arreglar el mate, las conversaciones versan sobre la vida con un optimismo poco habitual en los últimos tiempos. Es que, después de todo lo que se había hablado en la semana, San Lorenzo se mandó un primer tiempo de novela y no le metimos tres pepas al puntero porque pecamos de buena gente a la hora de definir el par de contras que tuvimos. Antes del gol, incluso, ya habíamos contado dos chances claras para abrir el marcador. Racing no le encontró nunca la vuelta al planteo que puso el Pampa: avanzaba medio a los ponchazos pero perdió siempre la mitad y San Lorenzo jugó a la contra con fuerte convicción. El fondo firme, Mussis guerrero, Mouche metido, el Príncipe crack. Reniero es un valor altísimo que tenemos la suerte de tener en nuestras filas. Cerca de los 30, San Lorenzo atacó fuerte y después de un par de rebotes la pelota le cayó llovida a los pies, como si fuera El Elegido. Le clavó los ojos y no la dejó ni tocar el suelo: “tac”, hizo, y salió a festejar rumbo al banderín del corner.

Las charlas en el departamento se pisaban y la tranquilidad era total. Alguien llama al resto para que nos vayamos acercando porque ya estaba arrancando el segundo. Estábamos en eso, fijándonos de sentarnos igual que antes, cuando alzamos la vista y lo vemos al Licha llevándose el balón y corriendo hacia el arco como venado por la pradera. Ese estado parsimonioso, casi petulante, que se había apoderado de nosotres, como si fuésemos militantes de Bolsonaro, se disipó en 15 segundos. Senesi se apuró y en el afán de tirar la pelota a cualquier parte no hizo más que apuntarle a un rival. El rebote le cayó redondo al 9 que, ya sabemos, es un gran definidor. Navarro pudo haber salido con un poco más de ímpetu, lo cierto es que el partido estaba uno a uno y que Racing se iba a venir envalentonado. Remontar el barrilete en esta tempestad, solo hará entender que ayer no es hoy, que hoy es hoy: dura realidad la que vivimos en Boedo por estos días.

Desde La Soriano preferimos ser cautos a la hora de criticarnos nosotros mismos, sin mirar para otro lado pero tampoco siendo hirientes con gente que, entendemos, quiere lo mejor para el club igual que cada une de nosotres. Antes de criticar, pienso que no está de más volver a aclarar que el Pampa fue elegido para afrontar un momento futbolístico de transición, con muchos jugadores de la vieja guardia que se alejaron en masa y con muchos pibes que fueron asomando partido a partido y que, en muchos casos, parecen estar listos para ser partícipes de un gran plantel. Sinceramente, no sé qué está pasando con el asunto de las lesiones, las sobrecargas y la mar en coche: entiendo de entrenamiento físico tanto como de botánica, pero a esta altura de los hechos me dá la impresión de que hay algo más que mala fortuna: porque no es que San Lorenzo esté atravesando una seguidilla infernal de partidos jugados, ni nada que se le parezca. La idea de plantar un equipo tan alternativo como el que se vislumbraba en la previa también habilitaba la polémica: una polémica que se diluyó después del correctísimo primer tiempo, pero que volvió fortalecida conforme transcurría el segundo. Hubo un click en el partido y ahí creemos que el Pampa falló: sacarlo a Mouche para que ingrese Belluschi, cuando el punta estaba haciendo un juego parejo y cuando Reniero ya había tenido que dejar la cancha, fue una decisión que nos debilitó profundamente. Si antes de eso éramos un equipo liviano, ahí nos convertimos en peso pluma, dependiendo otra vez, exclusivamente, de alguna pincelada del 10. El segundo de Racing llegó un minuto después de esa modificación. Al toque entró Ariel Rojas en lugar del sentido Pereyra y ahí ya nadie sabía a ciencia cierta cómo estaba parado el equipo. Era un gol de distancia, pero, moralmente, el empate no parecía una opción real.

Decimos que el Pampa le pifió en ese cambio porque no es lo mismo defenderse como en el primer tiempo, con esa convicción de salir de contra y lastimar, que quemar todos los papeles y refugiarse media hora a aguantar como sea. Te puede salir, porque en el fútbol cualquier cosa puede salir, pero digamos que no le estás poniendo onda. Y no salió, claro, porque el Rasta es un jugador exquisito pero no te va a salvar las papas todos los partidos. Hay jugadores que confirmaron su bajo nivel y otros que cumplieron un buen partido, como Gonzalo y el pibe Ferrari, que defendieron con determinación e impidieron una derrota abultada y más dolorosa. Gudiño esta vez cumplió. Se viene Temperley, ¿una final? Ponele. Un aliciente, diría. Avanzar en la Copa Argentina es la zanahoria que nos queda y ganarla sería una manera digna de terminar el año. El que viene está la copa importante y mientras tanto hay que seguir dándole rodaje a estos pibes que van a ser el sostén del próximo San Lorenzo. Lo del Pampa parece historia juzgada: antes que caerle con todo el peso, como si fuera un traidor, sería mejor agradecerle por haber puesto el pecho en este momento y ayudar a armar un equipo prácticamente desde cero. Ojalá tenga suerte como DT. San Lorenzo va a mejorar porque hay material. Aparte, no nos olvidemos, peor está el Real Madrid.


Bambino, el ídolo que violó

En el fragmento de una entrevista televisiva, que pueden buscar en YouTube, le preguntan a Malena Candelmo si cree que hubiera sido una persona distinta, de no haber sufrido una violación cuando todavía era un varón pre adolescente. Ella se sincera y dice que siempre piensa en eso: en hasta qué punto ese episodio traumático habrá sido determinante en la conformación de su personalidad y en la identidad que después decidió adoptar. El 17 de octubre de 1987, Héctor Veira fue denunciado por abuso de menores. Malena Candelmo es hoy una mujer trans, pero entonces tenía 13 años y se llamaba Sebastián. A la inmensa gravedad del hecho se sumó la inmediata y total mediatización del caso, y ambos ingredientes configuraron un cóctel fatal para ese chico cuyo carácter apenas comenzaba a formar, como ocurre con cualquier pibe o piba de esa edad. En octubre de 1991, Veira ingresó a prisión para purgar una condena de seis años. 11 meses después, la Corte Suprema de Justicia determinó que la violación, en realidad, había sido “intento de violación”, basándose en nuevas pericias médicas efectuadas a la víctima. Las heridas que el Bambino Veira le había producido a Sebastián, en el ano, para entonces ya habían cicatrizado, y eso fue prueba suficiente para el supremo tribunal, que apuraría el cambio de carátula y pondría al director técnico en libertad.

Inmediatamente volvió a trabajar en San Lorenzo. El Bambino era abrazado por un ambiente futbolero que no acusaba recibo de nada de lo que había pasado. Mientras tanto, en algún rincón oscuro, el pibe Candelmo sufría las secuelas psicológicas de la violación más comentada de la historia de nuestro país, y de la recobrada popularidad de su siniestro violador.

Como hinchas de San Lorenzo, nos jactamos de un compromiso que excede lo que ocurre dentro del campo de juego: habitamos el despojo de la dictadura, resistimos la pretendida privatización del club y encendimos la maquinaria para recuperar los terrenos de Avenida La Plata, el corazón de nuestra historia. Pero, como hinchas de San Lorenzo, tenemos una deuda, con ese joven estropeado y abandonado por uno de nuestros héroes reivindicado incluso hasta hoy: el Bambino que nos sacó campeón en el ‘95, después de 21 años de sequía.

Yo estoy lleno de contradicciones, igual que cualquiera que esté leyendo esta nota. Me hago cargo. Miro los videos del ‘95 y me emociono con el cabezazo del Gallego y con el abrazo entre el Bambino y Orteguita mientras decía “vamos Pampa, vamos Pampa”,  porque creía que él había cabeceado al gol. No soy un paladín de la buena moral ni me la doy de nada. Lo que propongo es que deberíamos reflexionar, y tal vez hacer un mea culpa, quienes creamos que nos cabe esa responsabilidad. Después de salir campeón con nosotros, Veira se fue a dirigir a Boca, y cuando venía a jugar al Gasómetro le dedicábamos un cantito que todes recordamos: “Esta es tu hinchada, la que siempre te bancó. Esa hinchada, te gritaba violador”. Yo era pibe y tengo la sensación de cantarla con el pecho inflado de orgullo, por esa fidelidad que demostraba tener nuestra hinchada y que entonces me parecía un gran valor. Hoy puedo decir cabalmente que eso que cantábamos era una vergüenza y una canallada. En todo caso, si la hinchada de Boca efectivamente le había gritado violador, bienvenido sea que en ese momento haya habido una hinchada que se atrevió a gritar las cosas como fueron, escrachando a un tipo que había violado a una criatura y haciéndole pasar, aunque sea, un mal rato, hasta que volvía a encontrar refugio bajo el techo del banco de los suplentes.

Tampoco significa que la hinchada de Boca era pionera en cuestiones de Derechos Humanos, porque está claro que esos cantitos a favor y en contra del Bambino cabían en el marco de una disputa futbolera, de esas que suelen obturar la capacidad de razonamiento de los que están inmersos en su tribuna. Si Veira hubiese sido ídolo de Boca y no de San Lorenzo, seguramente los roles hubiesen sido invertidos. Pero, insisto, nos toca hacernos cargo de ese papel tristísimo que nos tuvo como protagonistas durante muchos, muchos años. Al que le quepa el saco, que se lo ponga. Y también insisto en esto: que no se trata de juzgar los sentimientos o los impulsos que supimos tener. Quizá se trate, más bien, de pensar cómo serían las cosas ahora, si tuviéramos que reaccionar frente a una situación de ese calibre. Ahí puede haber una respuesta, a la hora de ensayar una autocrítica por todo ese daño del que, decididamente, fuimos cómplices.

Y, mientras escribo, pienso otra vez en ese cantito, vuelvo a recordarme cantándolo. Esa época estaba a años luz de la actualidad, en cuestiones de género y en la empatía que socialmente se podía esperar con la víctima de un abuso sexual. “¡Esa hinchada te gritaba violador!”, cantábamos, pretendiendo negar un hecho nefasto que había sido largamente probado. Incluso una sobrina del Bambino terminó presa por falso testimonio, porque durante el juicio había declarado su presencia en el departamento, queriendo desmentir la versión de Candelmo.

Soy un defensor acérrimo de nuestra hinchada, no por llevar más gente que otra, no por alentar más ni por correr a nadie, sino porque estoy convencido de un compromiso social y político que está estrechamente ligado con el devenir de nuestra historia y con la identidad barrial que tenemos como club. El día que la Vuelta a Boedo se consume definitivamente, ese compromiso azulgrana se sentirá a flor de piel, acaso como nunca. Mientras tanto, yo, personalmente, voy a estar más orgulloso todavía de la hinchada cuerva si empezamos a enterrar a un ídolo cruel e injustamente venerado. Los muchachos del Grupo Artístico de Boedo ya dieron el primer paso: debajo de la popular ya no está el mural que homenajeaba al Bambino, porque fue tapado. En su lugar, pintaron el instante maravilloso del gol que nos consagró en Rosario esa vez. Sigamos el ejemplo. Seamos mejores personas.


La flor de Belluschi

En el último renglón de la crónica de la clasificación frente a Colón, habíamos escrito que qué lástima que no estaba Belluschi. No sé cuándo fue eso, creo que pasaron diez años. También me acuerdo que hablábamos de un equipo que estaba queriendo cambiar de piel, que buscaba esa identidad que siempre reclama el hincha. Se notaba esa búsqueda, se veían las ganas. Bueno, nada de eso pasó en el primer tiempo frente al Pincha. No se buscó presionar la salida del rival para recuperar el balón en campo contrario, no apareció el equipo aguerrido y tampoco se lo notó preciso, ni siquiera en pases de escasa dificultad. Las líneas estaban en una posición mesurada y el enorme Gaich viendo si podía rascar algo por allá arriba. Las dos primeras pelotas que le llegaron fueron contra la raya y el pibe intentó resolver de la mejor manera posible, pero bien podemos intuir que lo suyo tiene más que ver con el área que con el desborde.

Quedó claro, durante el primer tiempo, que en Mendoza se enfrentaban dos equipos que están lejos de su mejor versión. De hecho, San Lorenzo no pasó más calor precisamente porque Estudiantes no aceleró nunca y no lo puso contra las cuerdas. Un córner fue lo más apremiante y Navarro tapó una bocha bárbara. La otra intervención del uno sería ya sobre el final del match, conteniendo sin rebote un tiro libre de la Gata y cuidando la ventaja de dos. A los 20 del primero salió esguinzado el criterioso Poblete y su lugar lo ocupó Ariel Rojas. Hemos visto, posiblemente, lo mejor del ex River desde que viste la casaca cuerva. Botta volvía a mostrarse inestable y fastidioso, sin poder desplegar juego ni hacerse cargo de los potenciales ataques del equipo del Pampa. Cerca del final de la primera etapa, el pibe Gaich agarró una bola en el medio y dedujo que el trabajo colectivo no estaba siendo nuestra mayor virtud, entonces, ¿qué hizo? Metió un ole y encaró derecho por el medio. Agarró abierta a la defensa pincha y el antiguo Braña lo barrió de atrás, por más berrinche que hiciera después. Penal y gol de Mouche, el primero en el Ciclón sin contar el de la serie de cinco contra los de Santa Fe.

Estudiantes lo empató con su receta a los diez del segundo, ganando de arriba en una pelota parada, pero eso no nos interesa tanto. El asunto es que un rato después entró Belluschi a la cancha y San Lorenzo pasó de ser un equipo que por ahí sufre con Cambaceres a otro que si viene el Barsa no sé qué pasa. A Botta se lo seguía viendo incómodo hasta ahí, buscando la pelota contra la banda derecha, a pie cambiado, sin poder resolver rápido porque es más zurdo que Fidel. Pero hete aquí que entró el Rasta y al amigo Rubén se le encendió la lamparita, y empezó a hacer tiki, tiki, y empezó a dar una mano para recuperar, y acá abajo Salazar metía y pasaba al frente como loco, y resulta que de repente había un equipo que atacaba en bloque. Es raro el fútbol, no te voy a decir que no, pero a veces es de manual: cuando entra a jugar un tipo con la claridad de Belluschi, todo se vuelve sencillo.

Colocha salió con un desgarro promediando el segundo tiempo y la mala gamba que estamos teniendo con el asunto de las lesiones no te la puedo creer. En fin. El segundo gol de San Lorenzo fue, quizá, la primera jugada de ataque que combinó precisión y velocidad. Botta lo vio claro a Belluschi y el diez lo puso a correr a Reniero con un pase marca Messi. El Príncipe vulneró la resistencia de Andujar y se desquitó de un mano a mano que ya le había tapado el arquero. Cinco minutos después, Belluschi recupera y mete la contra: la bocha le cae rápidamente a Gaich que se pone a correr y se la lleva raro, igual que en la jugada del penal, al mejor estilo Martín. Es que, como Palermo en sus mejores épocas, el pibe de Córdoba puede parecer que se tropieza, puede parecer que le queda incómoda, pero las estadísticas del partido dirán que él fabricó el penal y que metió el tercero, cruzado abajo.

Estaba claro que si hoy no se ganaba se iba a poner áspera la cosa en el club, independientemente del mayor o menor apoyo que cada uno le manifieste al dt. Pero también es cierto que, en su corta carrera, el Pampa se ha acostumbrado a nadar en estas aguas, y que daría la impresión de que no se va a ahogar así nomás. Dicen los comentaristas deportivos que, cuando ganás, el equipo labura más tranquilo y hay un poco más de margen para mejorar. Digo yo que mientras Fernando Belluschi no se resienta y siga asentándose como la manija de este equipo, todo va a ser un poco más primaveral.


Vamos a recordar

Últimamente volvimos a cantar en la tribuna que “acá está la Gloriosa barra de San Lorenzo”, y cada vez que empieza a sonar esa canción yo me acuerdo de mi viejo, o, mejor dicho, le dedico un pensamiento, porque en verdad no tengo muchos recuerdos suyos. Lo perdí cuando era chico, no sin antes asegurarnos el traspaso del bastón sanlorencista. Y cuando digo que me acuerdo de él, quiero decir que me acuerdo de él y de muchos más, no porque estén muertos necesariamente, sino porque protagonizaron una época. No es casual que la canción original sea “Todavía cantamos”, una expresión de esperanza en medio de la desesperanza que había compuesto Víctor Heredia. La versión cuerva, dice así: “Acá está la Gloriosa banda de San Lorenzo, la que no tuvo cancha y se bancó el descenso. A pesar de los años, los momentos vividos, siempre estaré a tu lado, San Lorenzo querido. ¡San Lorenzo querido!”.

Así la que cantamos ahora, con mucho tiempo de distancia, con algunos aprendizajes hechos y, sobre todo, con cancha propia. Pero en ese momento, con la B y la dictadura todavía incrustadas en el pensamiento, no era “la que no tuvo”, sino “la que no tiene”, con toda la connotación y el simbolismo puestos en los escalones de esas tribunas extrañas. No es noticia: San Lorenzo jugó en otras canchas durante muchos años; nos habíamos quedado en la diáspora después de una maniobra político-mafiosa que se había gestado desde posiciones de poder para quitarnos el Viejo Gasómetro, nuestro lugar en el mundo, el estadio de Avenida La Plata. Imaginate ahí, en la segunda bandeja de La Boca, en lo alto del Monumental, gritando desde las entrañas porque está por salir el equipo y nosotros tan sin cancha, tan despojados, tan solos, reconstruyéndonos desde el polvo que dejó la lenta demolición de nuestros corazones. ¿Cómo pretender que tantas sensaciones encontradas sean solamente fútbol? ¿Cómo hacer para que esa pelota no siga rodando al día siguiente, cuando te estás yendo a laburar? Imaginémonos, les que éramos chiques en los ‘80 e incluso les que no habían nacido, la bronca contenida que se liberaba en ese grito de resistencia: “Acá está la Gloriosa barra de San Lorenzo. La que no tiene cancha y se bancó el descenso”. Ese “acá está” no era azaroso. Ese “acá está” era todo. Porque, si estaban ahí, con todo lo que nos había pasado, con tanto despojo a cuestas, quería decir que iban a estar siempre, y que si aguantaban un tiempito más, todes nosotres, sus hijes, íbamos a estar ahí con ellos.

Esa canción cuerva, que cada tanto seguimos cantando en la cancha y que, para mí, es un homenaje a toda la gente que puso el cuerpo para seguir al equipo en los ochenta (quizá la etapa más negra de nuestra historia como club) es un himno a la resiliencia social y futbolera, resignificada a partir de toda la gesta de la Vuelta a Boedo, que comenzó desde bien abajo y que sigue presente en forma de ilusión de todo el Pueblo Sanlorencista.

Pero hay otra canción que no me quiero olvidar: no estoy seguro de cuándo fue que la empezamos a cantar, si en los ochenta o en los noventa, pero nunca perdió vigencia. Cantala mientras leés: “Voy a dejarlo todo, para ver al Ciclón”. ¿Qué pasa con esa? Bueno, es que hubo algo que se perdió en el camino. En algún momento, la muchachada cuerva empezó a cantarla así: “Yo pienso que esta noche vamos a festejar, porque nos fuimos a la B, porque volvimos a la A”. Si lo pensamos un toque, no tiene mucho sentido. El asunto es que esta canción tenía otro espíritu, decía otra cosa, y fijate cómo una palabra te cambia toda la novela. “Voy a dejarlo todo para ver al Ciclón, yo pienso que esta noche vamos a recordar por qué nos fuimos a la B, por qué volvimos a la A”. No es “porque”, es “por qué”, con la tilde en la é. Algo había pasado para que nos quedemos sin cancha y para que nos vayamos al descenso, y de eso no hay que olvidarse. Y después algo pasó en la B, para que hayamos vuelto tan rápido a Primera, y de eso tampoco nos tenemos que olvidar. Nuestra hinchada habla de “recordar” en sus canciones, y de eso hay que enorgullecerse: mientras tanta gente sigue creyendo que el fútbol es el opio de los pueblos, que desvía la atención de lo verdaderamente importante, nosotros hacemos ejercicio de memoria en nuestra tribuna; no nos dá igual lo que pasó, y eso está en el ADN de lo que somos como club.

Es cierto que festejar y recordar muchas veces son la misma cosa. Sin ir más lejos, todo lo que tiene que ver con la Vuelta a Boedo implica celebrar y hacer memoria a la vez. Pero, insisto: una canción que hable de “recordar”, cabe nada más en la tribuna de San Lorenzo. La próxima vez que estés en la popu y se la empiece a cantar, pará un toque la oreja: vas a ver que alrededor tuyo, un cuervo o una cuerva va a decir “recordar”, en lugar de “festejar”. Yo, mientras tanto, siempre espero que se cante la otra, la que me recuerda a mi gente querida: a veces me porto bien y digo “la que no tuvo cancha”, pero otras me salgo de la partitura y canto “la que no tiene cancha”, para tratar de sentir que estoy allá, con ellos, en alguna tribuna que no es la nuestra, aguantando los trapos de verdad.