El alma encendida

Cuando le pedí a Coca que me diga su dirección, para pasarla a visitar, y me nombró el pasaje Timbúes, tuve que pelar el mapa, porque nunca en mi vida había escuchado de ese pasaje. Pero ahí estaba nomás: cuadra y media de la Placita Butteler, tres cuadras y monedas del terreno que, desde el domingo, volvió a sus manos originales, las que mejor lo abrigan.

Habrá sido hace un año. Tal vez más. La Coca tenía 94 y se encargó de dejarme en claro que no tenía ningún tipo de celo con que se supiera su edad. Yo le había dicho que nos juntáramos a charlar sobre el barrio, sobre la vuelta de San Lorenzo, y eso fue lo que hicimos. Pero también conversamos de un montón de cosas más. 

Ella se pasó la infancia en la zona de Congreso y se acuerda como si fuera hoy de la peluquería de su abuelo, donde también trabajaba su papá. En realidad, se acuerda de muchas cosas como si fuera hoy. Me cuenta que tuvo un matrimonio de 25 años y otro de 44, pero que su único amor fue un novio que conoció cuando ella tenía 15: lo nombra con nombre y apellido y me dice que se acuerda incluso cómo se llamaba la madre. No hace falta, le digo. “Mi primer y único amor, el que nunca pude olvidar”.

El padre siempre fue socialista, pero, a diferencia de muchos socialistas, no se llevaba mal con Perón. “Él tenía un amigo que era hincha de San Lorenzo y los recuerdo leyendo el diario, buscando cómo había salido el partido. Yo era chica, y en ese momento todavía no teníamos radio, ni nada. Entonces, no les quedaba otra que esperar hasta que llegara el diario. Al tiempo, nos mudamos acá, y ahí toda la familia ya nos habíamos hecho hinchas”. Coca dice que temblaban las paredes de la casa, cada vez que había partido, y que a ella le encantaba todo lo que pasaba durante ese día.

No sé si el domingo habrán vuelto a temblar las paredes de Timbúes, pero seguro que el viento les alcanzó a los vecinos las coplas de los recitales, de las poesías que se leyeron, de las canciones que cantó el pueblo azulgrana, con los pies en su tierra, y de los fuegos artificiales que se desataron después de la cuenta regresiva, la del último reloj, la que anunció el renacimiento. No creo que Coca haya estado en Avenida La Plata, pero estoy seguro que sabía por qué se estaban tirando esos fuegos en el barrio.

Es que volvió San Lorenzo. Le volvió el alma al cuerpo a Boedo.

80 años, 3 meses y 20 días, tenía su papá, cuando se murió. No lo estoy inventando. Así me lo contó Coca, la abuela memoriosa, cuando hablaba sobre él. “Trabajaron muchísimo para que nosotros pudiéramos ir al colegio, y me acuerdo que mi mamá luchaba para que no tuviéramos que ir en zapatillas. Era importante, para ella. Eran otros tiempos”. Y en la casa de Timbúes, trabajó un hombre que vendía jaulas para pajaritos, y hubo también una zapatería primero y una casa de medias después. Más de una vez, al parecer, Evita estuvo ahí, probándose unos tacos, así que los vecinos del pasaje bien pueden vanagloriarse de eso. ¡Qué importa si es cierto o no! Cualquier cosa, dicen que se los contó la Coca, y ya está.

Dice que cuando estaba el Viejo Gasómetro a ella le habría encantado tener un balconcito, como hay ahora, para ver los partidos, y dice orgullosa que ella estuvo en los “bailes hermosos de San Lorenzo”, que vio a la orquesta de D’Arienzo y a muchos de los artistas del momento: “Todo en la cancha, y acá la gente del barrio estaba siempre contenta”.

Coca, la cuerva que anda por los noventa y pico, trabajó como secretaria en un estudio de abogados, y también para una casa de repuestos de automóviles. Eso fue antes de casarse. Después, para paliar alguna de las crisis que cada tanto nos regala nuestro país, trabajó con su marido en una inmobiliaria, y se acuerda de cada vez que viajaba hasta la Provincia para estar en los loteos que se hacían. “No sé si disfruté de trabajar -confiesa-, de lo que siempre disfruté fue de estar con mi familia”. 

Es familiera y es barriera -no importa si no existe la palabra-, y se queja en buena ley de que ya nadie se cruza para tomarse unos mates con el vecino de enfrente: “¿Qué mal le hace a la gente volver a pensar en el ayer? ¿No es bueno que alguien te refresque la memoria?”, se pregunta, me pregunta. Y ya conoce la respuesta. Achica la voz para hablarme de una vecina -como si la vecina nos fuera a oír a través de las paredes-, y me cuenta que no quiere la cancha otra vez porque piensa que los coches se van a subir a la vereda cuando hay partido. Coca no, ella no tiene miedo. Coca quiere la cancha para que vuelva la barriada y para que se rompan esas barreras piojosas de la soledad. Coca quiere el carnaval y el piberío. Después vemos lo de los autos, la vereda y la mar en coche. Lo que quiere Coca es que los vecinos se vuelvan a charlar un poco, en lugar de quedarse enfrascados frente al televisor, como si fuera un espejo empañado. 

Sí, Coca, Es bueno que alguien te refresque la memoria, y de eso mucho sabe el pueblo sanlorencista que te enorgullece. “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento”, dice el tango de Buenos Aires que nosotros y nosotras hicimos carne en Boedo. Y nos pusimos el sayo, y salimos a la calle a pelearla la memoria, a pelearla la historia para volver a ponerla en su lugar.  

Y logramos que vuelva San Lorenzo. Y logramos que le vuelva el alma al cuerpo a Boedo.

Y mirá si será generosa, Coca, que en ningún momento de las dos horas de charla que tuvimos se puso a pensar que ella no la va a ver la cancha. En ningún momento permitió que prime lo personal por encima de la lucha colectiva. Y eso es porque Coca es una cuerva de ley, igual que su familia: no la que vive con ella en la casa de Timbúes, sino la otra, la más numerosa, la que el domingo recuperó Avenida La Plata y entró como malón a su tierra prometida. “¿Qué importa del después?”, pensará ella, detenida en un pasado sin tiempo, pero con la mirada puesta en el mañana; en ese Boedo que una vez se quedó sin luz, pero que ahora volvió a tener el alma encendida.


Diván

Bueno, ¡menos mal que entró Bottita a jugar el descuento y hacerse amonestar! Ahora sí, me quedo más tranquilo. Segunda derrota por la mínima de este equipo de Almirón: un equipo raro, que se para raro, que maneja la pelota raro, que avanza raro y que define raro. Lamentablemente, ya nos acostumbramos, los y las hinchas del Ciclón, a esta manera de jugar displicente, como si los chabones estuvieran ahí porque no les queda otra, pero en realidad quisieran estar jugando a la escoba de 15 con alguna tía abuela. Pero, yo creo que ni siquiera es cosa de Almirón. ¿Cuánto hace que no nos rompemos las manos para aplaudir a nuestros jugadores? Si me apuro, tendría que remontarme a la época de Guede. Recuerdo un primer tiempo en el Gasómetro contra River: los pasamos por encima, les comimos los tobillos y los bailamos; esa noche nos fuimos al descanso un gol arriba por una jugada que tuvo un pase magistral de Ortigoza, una corrida de Mas y una buena ejecución de Blandi. Me acuerdo de la patadita al palo con bronca de Trapito Barovero, que ya había tapado un par de bochas antes, pero con esa no pudo hacer nada. ¿Cómo terminó ese equipo de Guede? Como todos sabemos, vapuleado en el Monumental, por la máquina implacable de Almirón.

Nos habíamos acostumbrado los cuervos a un equipo que tenía una solidez criminal, durante la era de Bauza y un poco más también. Peleando todo y ganando cosas importantes. Y esta vez nos toca acostumbrarnos a algo que tiene mal sabor: a un juego cooptado por la apatía general, sin ganas de morder, sin despliegue de fútbol, con un ritmo cansino que, daría la impresión, nos condena a no pelear nunca más por un título, al menos mientras no vuelva a haber otro volantazo anímico, una inyección de vitalidad en las venas de los muchachos que visten nuestros colores.

Como hemos dicho en el transcurso de nuestras crónicas, nos parece indescifrable este equipo de Almirón. Pero no solamente por los once que para el dt de cara a un partido u otro, sino justamente por lo que se ve después, en el campo de juego. La última crónica que me había tocado escribir, fue la del partido versus Palmeiras, y honestamente esa noche sentía que, bueno, por fin habíamos puesto primera, por fin había aparecido el armado titular y habíamos podido ver a nuestros players agarrando confianza con el balón en los pies. Creí que estaban las condiciones dadas para que empiece algo parecido a lo que todos esperábamos cuando Almirón se calzó el buzo azulgrana. ¿Qué pasó después? Pasó que ese partido, en vez de un arranque, acabó siendo un pico de rendimiento, un pico de solidez, un pico por cierto bastante mediocre. Si era suelo, era un suelo prometedor, pero como pico, fue un pico verdaderamente pedorro.

El partido de hoy me dejó con bronca, pero incluso más con el rendimiento de algunos jugadores que con el armado del dt. Creo que, en la previa, el equipo despertaba simpatías, sin ser un amor salvaje, entre la mayoría de los hinchas: Herrera como lateral consolidado y el pibe Ferrari que había mostrado buenas cosas; Insaurralde acompañando al colombiano en la media cancha; Fértoli y el Perro viboreando en la delantera para nutrir al inmenso Gaich. Más o menos estábamos bien, ¿o no? Sí, el medio campo lo completaba Ariel Rojas, claro, y ahí residía el primer dolor de cabeza para mis sufridos compatriotas del Pueblo Azulgrana. En ningún tramo del partido supimos de qué carajo jugó el ex River -el ex, a secas-: en cada avance nuestro, curiosamente, el hombre andaba boyando por un sector distante de la pelota, ¡y mirá que es chica la cancha de La Paternal, ehh! Si mi olfato no me engaña, no tiene muchas ganas de hacer lo que está haciendo, es decir, de “ser futbolista”. Por otra parte, dudo que esa posición de “interno” sea la que mejor le cabe al pibe Insaurralde: cuando lo puso el Pampa, demostró sus buenos dotes jugando como pulpito, en el lugar de la cancha que hoy ocupa Loaiza, con todo el campo en el radar; aquí, recibe muchas veces de espalda, y en todo caso se tendrá que acostumbrar a los forcejeos que esta posición implica.

Pérez sumó su granito de arena a la apatía de la que hablaba antes. Hay cosas que uno no puede entender, de un futbolista profesional que ya dejó atrás su etapa de juvenil: promediando el segundo tiempo, un atacante de Argentinos cubría una pelota que salía mansita por la banda y tenía destino de lateral en ataque para el rival. Este muchacho Pérez, no tuvo mejor idea que barrerlo desde atrás, estimo que para adueñarse del balón, y lo único que consiguió fue transformar ese lateral en contra en un peligroso tiro libre que luego cayó en el área de Monetti, por suerte sin consecuencias. Perdón que haya gastado tantos renglones en describir una jugada aparentemente intrascendente, pero lo remarco porque considero que es un cabal ejemplo de cómo algunos de nuestros jugadores no se toman su trabajo con seriedad. Papelito Fértoli, pobrecito, lo soplaban y se desplomaba. Nos engañó en sus primeras dos o tres apariciones con la casaca cuerva, porque, incluso, venía de marcar algunos goles en Ñuls, pero, evidentemente, ahí tenemos otro caso de diván, que se le suma a Botta, a Alexis Castro, a Maguito Merlini, a Facundito Quignon, y siguen las firmas. Y tengo que hacer una mención especial para el tremendo de Castellani: entró a jugar los últimos 45 e hizo “todo mal”, y le pongo comillas para que se entienda que fue exactamente así: todo mal. Creo que la única bola que no perdió fue una que jugó hacia la derecha, aprovechando una subida de Herrera. Excepto esa, las dilapidó todas, al estilo Mussis, y pudo habernos generado muchísimos más quilombos de los que tuvimos.

Otra tarde para el olvido. Muchos jugadores que no dan la talla del club. Historias que se repiten hasta el cansancio. Dirán que el DT tampoco da la talla. Quizá tengan razón, todavía no lo sé. Yo quisiera que el propio Almirón tenga pasta para dar vuelta la tortilla e imprimirle a nuestro San Lorenzo una identidad futbolera que se le arrime a ese Lanús que nos comió crudos en Núñez. Lo cierto es que hemos vuelto a subirnos a la cuerda floja, solitos, sin ninguna ayuda. A veces, pareciera que nos gusta estar ahí, cerca del abismo.


Síganme los buenos

Ahora que ya no tenemos más el corazón en la boca, ahora que el alma nos volvió al cuerpo, sirvámonos una copa de vino y digamos la verdad: ¡qué lindo es el fútbol! Cuando más lo estábamos detestando, cuando creíamos que ya era una cosa irreconciliable, viene y nos sonríe, y nos dá una caricia, y nos demuestra que tal vez nosotros también estábamos un poco equivocados, siempre tan apurados, siempre pretenciosos y malhumorados. Por suerte nuestra hinchada no es tan histérica como otras -amén de lo que pase en las redes sociales- y por suerte nuestra dirigencia volvió a demostrar temple cuando la situación se pone border -amén de las cagadas que se pudieron haber mandado, sobre todo con algunas decisiones de los últimos mercados de pases-. Lo cierto es que fuimos capaces de aguantar la crudeza del invierno y de a poco empiezan a florecer en Boedo los primeros brotes de una prematura primavera.

El mejor partido de Almirón en su corto ciclo al frente de San Lorenzo. Se confirmó una levantada que venía siendo sostenida y que hoy alcanzó un pico. Un pico que, esperamos, no sea la cumbre definitiva de este equipo, sino un eslabón más de esta cadena de buenos rendimientos que ahora sí se puede ver. Ya me meto con los nombres, pero quiero rescatar la que, a mi entender, es la muestra más notoria del crecimiento futbolístico: San Lorenzo hoy fue punzante, los pases no fueron blandos como venían siendo sino que fueron decididos, firmes, bien direccionados la gran mayoría de las veces, incluso buscando el vacío para vulnerar la defensa rival. Y cuando tuvimos que tener la pelota para que transcurra el partido, ahí tampoco fue un toqueteo intrascendente, sino que hubo juego, hubo cabeza, hubo convicción.

Sinceramente, no encuentro que haya habido algún punto flojo entre nuestros once. Gonzalo fue un gran reemplazante de Senesi, al margen de la conversión. Monetti no tuvo grandes problemas, incluso en el primer tiempo sacó al córner un remate de larga distancia que parecía complejo, como consecuencia del único error que cometió Raúl Loaiza, el cinco que volvió a su mejor nivel y que se consagró como una de las figuras de la cancha. Delante suyo, quiero rescatar a Castellani, que arrancó torcido los primeros 15 minutos pero que después se acopló y acompañó bien, ahora sí, a Román Martínez, la otra figura que tiene este equipo de Almirón. Los laterales volvieron a mostrarse firmes y Camilo jugó un gran primer tiempo, atreviéndose, encarando con solidez y complicando a los peruanos. El Perrito Barrios y Nicolás Reniero demostraron, en una sola jugada, el potencial que tienen para nutrir de fútbol el ataque azulgrana: balón recuperado y dominado por el Príncipe, pasados los cuarenta del segundo, triangulación con Nahuel, centro de rastrón, y el petiso que dominó con la suela y la clavó en el segundo palo. Si hasta la semana pasada decíamos que a este equipo le faltaba cerrar los partidos, bueno, una cosa más para que vayamos tachando de la lista.

10 puntos en el grupo F de la Copa Libertadores y una racha de 7 u 8 partidos sin conocer la derrota. Estábamos en el infierno, ardiendo entre las llamas y recibiendo latigazos de propios y extraños, y ahora estamos en alguna laguna escondida, al rayo del sol, rodeados de cantos de sirenas. Es lindo el fútbol. Ojalá el equipo pueda seguir ratificando el rumbo, tenemos con qué. Como tarea, falta consolidar el equipo muletto: el otro día en Tucumán, el que saltó a la cancha no dio la impresión de ser el mejor suplente que podíamos presentar, sino, más bien, un rejunte medio pelo de jugadores que no están con todas las pilas puestas. La base de ese equipo alternativo tiene estar conformada por los pibes del club que alternan hoy entre la reserva y la primera y que andan con ganas de llevarse todo puesto. Tenemos un primer equipo que está primero en la copa y encontrando su mejor nivel, y una reserva que acaba de salir campeona por varios cuerpos de distancia. El horizonte es bueno, más que bueno quizá, por más que nos hayamos llegado a creer que estábamos cubiertos de mierda. Todos queremos más, todos ansiamos volver a festejar en la mítica San Juan y Boedo. Yo vuelvo a sugerir que disfrutemos de lo que conseguimos y que sigamos acompañando como siempre para que las cosas se sigan dando. Mientras tanto, cada vez falta menos para el primero de julio, y ahí también tenemos un buen motivo para juntarnos a brindar.


Cómodo lider

Me acabo de clavar un cuarto de helado: mascarpone, sambayón y dulce de leche tentación, uno que trae trocitos de merengue. Con algo tenía que bajar el gran triunfo de hoy, en un match que en los papeles pintaba como el más duro de las últimas semanas. De hecho, si en la previa nos servían la planilla con el empate, yo creo que un gran porcentaje de cuervos estampábamos firma y aclaración. Lo cierto es que, mientras se arrima la medianoche, ingreso a promiedos, clickeo en la pestaña de la Copa Libertadores, deslizo lentamente el mouse hasta las inmediaciones del Grupo F, y ahí está el líder San Lorenzo, primereando la tabla, aventajando incluso al temible Palmeiras. Y sí, estimados, estimadas, algunos me acompañarán en el sentimiento, otros no, pero yo me dispongo a reivindicar al equipo de Almirón, en esta epístola cibernética basada en lo que hemos visto en la tardenoche del Bidegain. Como le expresé hace un rato a mi compañero Gamallo, cronista estrella de La Soriano, pienso que es un buen momento para dar rienda al optimismo en Boedo. Sin especular con el devenir de los acontecimientos, que en definitiva esto se trata de fútbol. En síntesis, propongo que disfrutemos un poco de este momento.

 

Me sincero: algunas fechas atrás, no daba dos mangos por el pibe Herrera. Me pareció haberlo visto desconcertado en un par de ocasiones, incluso desganado, y aquella roja infantil contra Argentinos Juniors, en un momento delicado del equipo, me había hecho enojar con él. Es cierto que ya insinuaba las ganas de pasar al ataque, con la torpeza propia del que está haciendo sus primeras armas. Bueno, bienvenida sea la monumental tapada de boca que me está pegando. El pibe de Corrientes se está plantando en una banda derecha que, de a poco, comienza a tener su nombre tallado. Se manda al frente como loco y nos está acostumbrando a esas diagonales que quiebran los esquemas y que lo ponen en las cercanías del arco rival. Y te sacude lindo. Y andá a cantarle a Gardel. En la otra banda, el tucumano Salazar pasó la prueba de jugar a pie cambiado, lo hizo bien y dejó la cancha dándole puñetazos a la camilla, porque tenía ganas de seguir demostrando lo que tiene para dar. Coloccini y Senesi son dos centrales del carajo que tenemos la suerte de contar entre nuestras filas: son los primeros armadores de juego, incrustándose en el campo contrario y buscando un pase filtrado que habitualmente llega a destino. Si los laterales siguen afianzándose -Pérez también se mostró seguro cuando ocupó la banda izquierda-, tengo la impresión de que vamos camino a tener una defensa muy sólida. El colombiano Loaiza se acopla bien en esa estructura, cuando los centrales comienzan a cranear el ataque azulgrana.

 

Delante del 5, Castellani no se termina de soltar y alterna buenas y malas. Su rol como socio de Román Martínez todavía parece insuficiente, y eso se pone de manifiesto en la falta de alternativas de mitad de cancha hacia adelante, porque nadie va a negar que no tenemos un ataque holgado ni una galera llena de trucos en posición ofensiva. Estamos con lo justo: la buena noticia es que, por el momento, nos está alcanzando para zafar de esta racha que parecía eterna, y para empezar a proyectarnos con un poco más de calma. Román demuestra partido a partido la calidad de jugador que es, marcando goles, aclarando el panorama como Arjona, habilitando compañeros, generando infracciones cuando el partido lo pide -como hoy- y colgándole amarillas al rival. Mismo mérito para el capitán, que, a falta de situaciones concretas para marcar, en el segundo tiempo se las ingenió para provocar la embestida de los verdes y bajar el fuego de la hornalla cuando lo necesitábamos. Lamentablemente, volvió a salir con una dolencia muscular que seguramente será desgarro y parate.

 

Una vez que abrimos el marcador, con el zapatazo de Herrera, el equipo aguantó el trámite del cotejo sin aprisionarse contra su arquero Monetti. Hubo, incluso, un manejo sobrio del balón durante los últimos diez minutos de juego. Nos falta dar ese paso, atrevernos a liquidar los partidos. No era hoy la ocasión de andar haciéndonos los guapos. Creo que se jugó el partido que se tenía que jugar. Si no me equivoco, de los últimos cinco disputados, ganamos 3, empatamos 2 y no hemos sido derrotados, ¿verdad? Dirán que los ganamos de pedo y que no marcamos más de un gol. Bueno, siempre dirán algo. Yo remarco mi entusiasmo por el momento del equipo. La buena noticia de hoy no es solo que se va afianzando un once titular, sino que en este golpe de confianza se empieza a forjar el plantel. Ferrari, Elías, Insaurralde, Gaich, Barrios, incluso Alexander Díaz, están a tiro, para entrar y jugar. La otra buena noticia, por cierto, es que el viernes se acaba el martirio de la Superliga. Que se alargue entonces la racha en Tucumán.


Descarga eléctrica

Lo primero que tengo que hacer es jurarles algo: esta crónica iba a ser escrita, no importaba cuál fuera el resultado de hoy. Luego de las últimas dos derrotas, versus Argentinos y Boca, nos fuimos en silencio, porque sinceramente ya no sabíamos de qué disfrazar los disgustos. Tampoco es que nos rendimos rápido, porque, antes de esos dos, entre el Dr. Gamallo y yo alcanzamos a cronicar cerca de diez lamentos consecutivos. Pero llegó un momento en que metíamos la mano en el baúl de las desgracias y nos dimos cuenta de que las habíamos usado todas. Una cosa es repetirse en las buenas, a costa de triunfos y alegrías, y otra es darse la cabeza contra la pared cuando son todas pálidas. Pero esta tarde habíamos decidido que ya era tiempo de bancarse la que viniera y poner la otra mejilla si hacía falta. Por suerte, o por los influjos del Papa Francisco, ganó San Lorenzo, y estamos como si hubiésemos salido campeón de algo. Yo telefoneé a un par de amigos, a ver si nos íbamos a festejar a San Juan y Boedo, pero me dijeron que me calme.

Ok. Hablemos de fútbol, como decía Quique Wolff mientras acariciaba a “la caprichosa”. San Lorenzo arrancó el trámite más o menos bien. Me refiero a los primeros diez minutos, no más que eso. El pibe Salazar, con casi nada, demostró que podemos esperar de él bastante más que de sus compatriotas. Tiró un par de pelotas largas e intentó usar las bandas para ganar en velocidad. En una llegó al fondo y sacó un centro de rastrón que no tuvo buen final. Del otro lado, Rentería al menos se acercaba un poco más a lo que uno espera de un jugador de fútbol, rebotando la pelota en dirección a un compañero, intentando amagar para acercarse al área e incluso protagonizando una acción peligrosa, que acabó desviando el arquero rival. Sigue siendo poco, de hecho no ingresó a disputar los últimos 45 minutos de juego. El otro que se quedó en el vestuario fue Fernando Belluschi, que se fue al descanso maltrecho. El enganche, cuyo juego supo enorgullecernos hasta hace relativamente poco tiempo, otra vez brilló por su ausencia, salvo por un remate de media distancia que no contó con la potencia suficiente. De todas maneras, esperemos que el golpe en la rodilla no revista gravedad: no pudo olvidarse de cómo se juega a la pelota.

Lo mejor del partido, para San Lorenzo, llegó a los 30 del primer acto, y el mérito no fue de ninguno de los que tenían puesta la casaca azul y roja. Resulta que a un amigazo de Junior se le ocurrió la excelente idea de golpear con el codo a Damián Pérez, en una jugada que no decía nada, y se fue para las duchas poniendo caritas. El DT de la visita se vio obligado a meter un cambio para reordenar su defensa, y a Boedo le quedaba una horita por delante para tratar de hacer algo esta vez.

En lo que quedó de la primera mitad no lo consiguió, y el segundo tiempo envejecía pronto, y una gota de sudor comenzaba a recorrer la frente de todos los cuervos y las cuervas, en dirección a la sien. Hasta que, de pronto, el apagón del Papa Francisco, la mano de Dios tocando el tablero eléctrico del Bidegain, permitiéndole a la hinchada hacer alarde de su bella voz y a los futbolistas una última reflexión, una bajada de decibeles a tono con la luz y un volver a empezar, como Alejandro Lerner. Y en el arranque nomás de esa suerte de tercer tiempo milagroso se apretó un poquito más, y Junior se vio obligado a replegarse cerca de su área. ¿Claridad? No, gracias, no es lo nuestro. De hecho, estuvimos a esto de perderlo, pero los colombianos sobraron un poco la definición. Nosotros llegamos una vez a fondo y por suerte la pelota cayó en los pies de Román Martínez, un tipo que sabe jugar a este juego. Recibió en el borde del área grande, dominó, amagó el remate, encaró hacia su derecha y definió seco al primer palo. Golazo y descarga.

Pero, claro, a este partido le faltaba la peor parte. La maldición de San Lorenzo, el karma de Almirón: aguantar el resultado en tiempo de descuento. Y nos pasó como esas veces que no sabemos si reír o largarnos a llorar, porque esta vez había que aguantar un descuento de ¡14 minutos! La verdad, no me acuerdo bien qué pasó. En un momento salió Juan Camilo y en su lugar entró Torres, de eso sí me acuerdo. Y así como entró, empezó a amasar la pelotita como si fuera Andrés Iniesta. Perdió un par pero por suerte para él no pasó a mayores. Después, sobre el final, metió una buena habilitación que Fértoli no pudo embocar en el arco (no vaya a ser cosa que ganemos por dos goles, ¿vio?). Coloccini obligaba al público azulgrana a reconocerlo con aplausos, a fuerza de barridas y pelotas recuperadas.

El pueblo cuervo puede dormir en paz, al menos esta noche, después de una tormenta que amagaba convertirse en el diluvio universal. Digamos que el equipo cumplió. Falta que el capitán recupere su nivel. Él también tuvo una para liquidar el trámite, después de un contragolpe bien orquestado por sus compañeros, y falló en la definición. Con un buen Blandi, con un Adolfo en el banco de los relevos, con Poblete y Loaiza alternándose para manejar con firmeza el mediocampo, con un socio que lo acompañe a Román en la creación, con laterales más sueltos, con wines rápidos como Fértoli y Camilo, la cosa debería empezar a caminar. A ver si, con un poco de suerte, los fantasmas se mandan a mudar.


El clásico de Avellaneda

Me perdí el primer tiempo del clásico pero alcancé a ver casi todo el segundo. Gran partido, de ida y vuelta, con 22 tipos enchufados, pidiéndola, buscando el hueco, desbordando, tirando gambetas e intentando ser profundos en el ataque. Un nivel de intensidad digno de ver, más allá de que por momentos hayan logrado más o menos volumen de juego. Cecilio y Benítez obligando por el lado del Rojo, Verón desbordando y metiendo un centro punzante para el empate transitorio y el joven Menéndez que siguió intentando cuando lo reemplazó. Chelo Díaz distribuyendo en el medio campo del puntero, Zaracho metiendo, lo mismo Solari cuando le tocó entrar, Cvitanich clave para desnivelar el marcador y Licha López que se comió la cancha y a esta altura del partido es el mejor delantero del fútbol nuestro de cada día.

 

¿Y qué joraca tiene que ver esto con la visita de San Lorenzo a Córdoba? Bueno, los contrastes sirven a veces para explicar algunas cosas. Mientras corrían los minutos en Avellaneda y la intensidad del juego no mermaba, y cuando parecía que los jugadores estaban bingo fuel y sin embargo daban un poco más en cada pelota, yo no podía dejar de preguntarme qué mierda les pasa a los nuestros. Que alguien me explique qué les pasa. Se supone que son chabones tan atléticos como sus colegas que juegan para otros equipos (¿es así, no?). Últimamente tengo la impresión de estar viendo un partido de solteros contra casados, cada vez que juega San Lorenzo, y nuestros jugadores tienen los anillos puestos, pero unos anillos que pesan como 20 kilos. Parece que la vida les pasó factura a nuestros muchachos, aunque el míster quiera zafar después del match, diciendo que está muy conforme con la actitud y blablablá. Cuando terminó el partido, lo primero que hice fue rogarles vía WhatsApp a mis compañeros y compañeras de La Soriano para que me tiren un par de puntas sobre ese desastre que acabábamos de atestiguar. Era inenarrable lo que había visto, tanto o más de lo que veníamos viendo.

 

Un compañero opina que, durante los partidos anteriores, al menos se vislumbraba algo de lo que pretendía Almirón. Hoy ya ni siquiera eso. Otro dice que se tocó fondo en cuanto al rendimiento y enseguida viene la aclaración de que encima jugamos contra uno de los equipos más flojos del torneo. Alguien quiere rescatar los primeros quince del segundo tiempo pero ese consuelo no parece arreglar a nadie. Otra habla de la mala leche por el cabezazo al travesaño de Castellani (pero ya me dá un poco de escozor hablar de “mala fortuna” en estas crónicas). Salta un dato en el grupo: el último partido que ganamos de visitante fue en abril del año pasado. El Mundial de Rusia parece que fue hace mil años, ¿no? Bueno, imaginate entonces ese triunfo otoñal.

 

Bueno, no me queda más remedio que escribir sobre el equipo. Quiero empezar por los puntos rescatables: tenemos un buen arquero, una buena zaga central y dos (y hasta tres, contándolo al pibe Insaurralde) buenos mediocampistas centrales. Listo, nos vemos, buena semana.

 

Está bien, sigo: muy flojo el primer tiempo que hizo ayer el pibe Herrera, inseguro, perdiendo la banda y no pudiendo concretar en ataque. Por el otro sector, Pérez no demostró casi nada. Botta dio algunos pases bien e intentó triangular, pero ya estoy harto de hablar de buenas intenciones. Todos esperábamos más de Botta y está claro que no está colmando esas expectativas. Debería comer un poco de banco, tal como lo hicieron sus compatriotas Blandi y Belluschi. Rentería aparecía como única punta en la previa, de acuerdo a lo que se había visto en la semana, pero, sin embargo, se paró contra la raya y perseguía infructuosamente al 4 pirata en cada incursión que hacía. El colombiano mostró una apatía y una displicencia demasiado irritantes por haber sido su presentación en sociedad (no quiero pensar lo que será cuando agarre confianza). Cerca del final, condujo un contragolpe que pudo haber sido el gol de la victoria, pero en lugar de acelerar se le dio por frenar la jugada, haciendo posible el reacomodamiento de las remeras celestes. Torres, otro ex verdolaga, volvió a ingresar en el último tramo del partido y demostró otra vez su aparentemente innata torpeza con el balón. A menos que la comunidad internacional nos quiera enviar un poco de su desinteresada ayuda humanitaria, el panorama pinta difícil en Boedo. Hace varias crónicas, vengo diciendo que para mí una de las claves para dar vuelta la taba es la posición de Nicolás Reniero. Si el DT cuervo lograse que el Príncipe juegue feliz, eso va a traernos buenas noticias a los hinchas. Ayer apareció a cuentagotas, pero, en síntesis, sigue sin poder recuperar el nivel que supo mostrar apenas se calzó la casaca azulgrana. Seguimos en la dulce espera. Pero, al margen de posicionamientos concretos, la falta de intensidad que muestra este equipo cada vez que sale a la cancha es la faceta más preocupante que yo puedo percibir. El avance con la pelota en los pies es cansino, los pases son previsibles en un 99%, no hay despegues, no hay desmarques, no existe la búsqueda de los vacíos posibles ni parece haber margen para la creatividad en la cabecita de quienes comandan los insulsos ataques azulgranas. El viernes, otra prueba en nuestra cancha. Vamos a ver qué escribimos después


El nudo

Yo no tengo ganas de ponerme a sacar estadísticas. Terminan los partidos de San Lorenzo y no tengo ganas de nada, últimamente. Pero me gustaría que alguien lo haga: si los segundos tiempos duraran 40 minutos en vez de 45, ¿cuántos puntos tendríamos en este campeonato? En serio, me encantaría saberlo. Y no es que le quiera buscar la quinta pata al gato. No es que quiera acomodar las cosas de manera tal que podamos limpiar un poco la imagen del equipo. Es que me resulta demasiado evidente, demasiado llamativa, la cantidad inmensa de puntos que dejamos en el camino durante los últimos minutos de cada partido, a lo largo de todo este campeonato, con Biaggio primero y con Almirón después. ¿Cómo se entiende esto?

 

El equipo se había ido aplaudido al descanso, después de un muy buen primer tiempo, y todos nos acordábamos del partido épico de 2012 pero no queríamos decir nada. No queríamos decir que esa remontada gloriosa contra el Newell’s del Tata Martino había significado el punto de inflexión entre dos historias muy diferentes: la lucha por zafar del descenso quedaría atrás y comenzaría a diseñarse el equipo que levantó la Libertadores dos años después. No es que andemos cerca de pelear otra copa, pero sí que teníamos ganas de que sea éste, y no el próximo, el partido que cortara de una vez por todas esta racha de mierda que nos tiene a maltraer.

 

San Lorenzo jugó un más que aceptable primer tiempo, con dominio sostenido hasta los 30 que no logró transformar en gol, y entonces el murmullo silencioso, el temor de que esta racha se prolongue eternamente. Hace cuatro o cinco partidos que nos venimos dando aliento entre los y las hinchas, diciéndonos en la previa que hoy sí, que hoy tenemos que empezar a ganar. Yo creo que el temor no tiene que ver estrictamente con lo futbolístico, pienso que la mayoría de los cuervos y las cuervas confiamos en el plantel que hay y en el cuerpo técnico que lo conduce. El temor, y el “hoy sí hay que ganar”, tienen que ver con una necesidad de que no se instale en nuestro club ese malestar extra futbolístico que todo lo pudre y con el que nada bueno podremos construir.

 

Esa es la primera batalla: salir de ahí, como le pedía Walter Nelson a Maravilla Martínez allá por el último round. San Lorenzo jugó bien, decíamos, hasta los 30, con el agregado de que volvió a jugar bien a partir de los 40, cuando nada hacía pensar que eso ocurriría, porque daba la impresión de que ya se había bajado la persiana de la primera mitad. Pero no. El equipo volvió a acelerar y demostró personalidad. Una gran salida desde el fondo con el sello de Monetti y la inmediata escalada de Peruzzi por la banda derecha que acabó en un buen ataque. Uno o dos minutos después, el gol. Un gol que fue como tenía que ser: un despelote total, un corner que derivó en una serie de rebotes que no tenía goyete y Blandi que acabó empujándola con alguna parte de su cuerpo que no interesaba cuál era. El asunto es que la pelota entró y que fue como una dosis de algo fuerte que nos quitó un dolor de muela que parecía que nos iba a matar a todos. El pleno del plantel de Newell’s protestando algo que seguro nadie vio, solo porque había sido una jugada desprolija y daba para la protesta.

 

La clave de la presión de San Lorenzo no estuvo en la línea de los delanteros sino en la posición de las líneas del fondo, que se clavaban en la mitad del terreno y acortaban la distancia del juego posible, atorando al equipo rival. Esto se vio con claridad cuando San Lorenzo atacaba con la pelota al pie: Coloccini, Senesi y Loaiza eran punta de lanza para la rápida recuperación del balón, en caso de que ese ataque no prosperara. Hay algo que no está bien en la posición del Príncipe Reniero. Cada vez que agarró la pelota, en el primer tiempo, demostró que no siente la raya, porque la para displicente y avanza al trotecito, poniéndole cabeza al ataque y buscando un pase filtrado a algún compañero que quiebre la defensa. Rara vez busca ganar la banda en velocidad: ese es el juego de Fértoli, pero no el suyo. Quizá un enroque entre él y Botta pueda ser una solución, al menos en algunos pasajes del partido. Blandi no se escondió. Venía de estar señalado durante la semana previa, con conferencia de prensa incluída, pero no se escondió. Buscó la pelota e intentó abrir la cancha hacia las bandas con la intención de recibir un centro a la altura del borde del área chica. Estuvo cerca en un par de ocasiones. Buen debut de Damián Pérez, el lateral izquierdo que llegó a Boedo sobre el filo del mercado de pases.

 

En el segundo tiempo el equipo cedió la iniciativa y Newell’s avanzó con un poco más de peligro. Salieron reemplazados primero Botta y después Belluschi y ambos alternaron aplausos y silbidos de parte de los hinchas. Castellani y Poblete intentaron reordenar la mitad de cancha y manejar el juego desde ahí, algo que se logró parcialmente, sobre todo a partir del ingreso del amigo Gerónimo. Reniero aceleró en una contra y el refereé no nos cobró un penal que probablemente Blandi hubiera desviado, pero que capaz que no y abrochábamos la victoria. Más cerca del final, el Príncipe no pudo acomodar el pie para encestar un balón que le vino cruzado y a media altura. Finalmente, la maldición, la perdición, la incredulidad del tiempo de descuento, el mayor enemigo de un plantel que no puede zafarse de esta maraña en la que se enredó. Una jugada aislada que nace en los pies del arquero Aguerre y un bochazo largo que a nosotros solos se nos transforma en peligro de gol. Y es gol, siempre es gol. Y otra semana más que se viene con olor a mierda. Y lo único que sigo esperando es que logremos soltarnos a tiempo de este nudo intrincado, para que no se instale en nuestro club un malestar que pudre y lastima


Un arranque a la altura

Calor y cancha llena. Nunca entendí cómo hace esa gente que se clava todo el partido en la popular con la casaca puesta, al sol, sin chistar. Tengo entendido que somos la única hinchada del fútbol argentino que se morfa el sol de frente en condición de local. Dato sonso pero que viene a reafirmar que somos una hinchada sufrida. Se extrañaba a San Lorenzo. Muchas semanas entrando a los portales de noticias del club, leyendo refritos de notas y esperando encontrar no sé qué en esos párrafos desganados. Ya está, la espera terminó, el cuerverío contento y un clásico que debió haberse jugado cuando la manteca costaba 40 mangos. En la previa, reinaba una suerte de incertidumbre a propósito de los players que vestirían por primera vez la camiseta azulgrana: de dudoso pasado reciente, sobre todo los llegados de tierras cafeteras, había que ver cómo respondían. Monetti es el arquero titular del ciclón y era fija para hoy. Loaiza fue confirmado en la mitad de la cancha, en lugar de Poblete, y Fértoli aparecía en la ofensiva, habiéndole ganado la pulseada al flojito de Mouche.

 

El cinco colombiano se llevó los primeros aplausos antes de los diez minutos de juego y mantendría su nivel prácticamente durante los 90. Firmeza en la marca, prestancia en la salida y poco margen de error en las entregas. Fértoli metió e intentó colaborar en la creación de los ataques por la banda derecha y Monetti sacó una bola tremenda promediando el primer tiempo y recordando a una bocha que tapó el Cóndor Torrico frente al mismo rival, un par de años atrás y en ese mismo arco. Por mucho que me pase la noche con las manos en el teclado y la mirada perdida en la pantalla, no voy a encontrar las palabras adecuadas para describir la tarjeta roja que le mostraron a Coloccini, cuando iban 30 minutos y monedas de juego. Al árbitro en cuestión ni lo voy a nombrar, solo diré que si tipean su apellido en YouTube, lo primero que van a encontrar es la muestra de por qué este muchacho no debería estar dirigiendo en la primera división, y menos un partido como San Lorenzo vs Huracán.

 

El nivel de juego desplegado por San Lorenzo, a lo largo de los noventa, fue de aceptable para bueno, pero lo más importante fue que el equipo mostró resto físico: no se desmoronó como se desmoronaba todo el tiempo en su versión 2018. Aguantó, se rebeló frente a la expulsión, salió a jugar el segundo tiempo con hidalguía y obligó a Huracán a ser cauto y por momentos a buscar refugio cerca de su propia meta. Pasados los 25 minutos de la etapa final, ya nadie se acordaba de la diferencia numérica y daba la impresión de que el gol estaba al caer. Saltó a la cancha Torres, el otro colombiano, para acompañar a Blandi en el ataque, y más cerca del final Peruzzi clausuró la banda derecha junto al pibe Herrera, que tuvo varias incursiones en ataque. Senesi condujo al equipo desde el fondo como el gran jugador de fútbol que es. Belluschi parece decididamente recuperado y en más de una ocasión puso a un compañero mano a mano contra el arquero rival. Botta y Blandi, uno por tiempo, no le acertaron a la red; si no estaríamos hablando de otra cosa.

 

Faltando cinco minutos para el cierre y no habiendo conseguido la ventaja que había buscado, el equipo bajó un cambio y pareció aferrarse al empate, después de haber disputado una hora de juego con un hombre menos gracias a una acción que, mañana, los propios hinchas de Huracán reconocerán como injusta. Ya está, no importa. Lo importante es que el San Lorenzo de Almirón puso primera y la impresión es buena. Desde las cuatro tribunas bajaron aplausos para cada uno de los refuerzos, que, ahora sí, sabemos que están en condiciones de ser refuerzos para el equipo, después de haberlos visto con la pelota en los pies (y en las manos). Menos incertidumbre para el partido que viene y más banca para este equipo. Se vienen dos paradas bravas, pero estamos de pie. Ah, el referee se llama Merlos, por si querían buscarlo en YouTube.


Siniestro total

En la crónica del partido frente al Tiburón de la Costa Atlántica, mi compañero Gonza Gamallo señaló, no sin razón, que daba la impresión de que los jugadores se sentían más cómodos con esta nueva propuesta, pero que los frutos del método Almirón aparecían solo de a ratos, sin la regularidad que se precisa para eso de ganar un partido. Mientras escribo esta nota, Facebook me avisa que se está transmitiendo en vivo la conferencia de prensa del DT azulgrana. Decido no verla y sigo con lo mío. ¿Qué puede decirme George que no sepa? El 95% de las declaraciones post partidos son completamente inútiles, y me parece que estoy siendo generoso. Déjenme decir algo, de una vez por todas: ¡Al fin terminó este año siniestro, por dios! ¿No queda más nada, cierto? Dediquémonos a los deportes que se dirimen en el Pando, que ahí es todo color de rosas. Bueno, pero hay que charlar del partido de hoy, es cierto.

 

Lo primero que tengo para decir es que se pareció muchísimo al de Mar del Plata. De hecho, me vi tentado de hacer copy paste con la nota de Gonza, total, si pasa pasa. Pero a último momento apelé a mi honestidad intelectual y acá estoy, arremangado frente a la pc. Igual que el otro día, la primera media hora del equipo fue de buena a muy buena: toques de primera, laterales proyectados, el triángulo de la mitad de cancha aceitado, los tres pibes de la defensa ordenadísimos, Insaurralde pidiendo titularidad y un Belluschi desplegando alas. Gen Almirón activado: bien el Ciclón. Como en Mar del Plata, no alcanzó. Todo el juego plasmado y la intención manifiesta de quebrar al rival no se tradujeron en un beso a la red.

 

En ese rato de buen juego, se los vio cómodos a Botta y a Belluschi: daría la impresión de que esta ubicación en el terreno favorece el despliegue y la conducción que ambos, pero sobre todo Fernando, están en condiciones de ofrecer. Antes se veían obligados a esperar el balón encerrados contra la raya, divorciados uno del otro y con poca capacidad de generar juego, más allá de algún lateral pasándoles por la espalda. Ahora se hacen dueños de la pelota casi a la par del chico Insaurralde, que se muestra capaz de iniciar los ataques con precisión, y desde ahí pueden avanzar con un panorama más claro de lo que ocurre en el frente de ataque. Reniero abandonaba su posición de área y bajaba a triangular con ellos dos, mientras Salazar y Pereyra se mostraban como receptores por ambas bandas. Esta línea flexible de tres o cinco defensores, permite que ambos puedan proyectarse a la vez, sabiendo que la defensa no se va a desarticular por completo. Así, son seis los jugadores azulgranas que trabajan en la elaboración del juego. Por otra parte, cuando el rival avanza con dominio, los laterales se acoplan a la línea defensiva, conformando un bloque para proteger a Navarro. De todas maneras, la primera herramienta defensiva tiene que ver con recuperar la pelota rápidamente en la mitad de la cancha, y de eso también han dado cuenta Belluschi e Insaurralde, raspando y robando varias. Hasta acá, todo bárbaro. En el último tramo del primer tiempo, el equipo se pinchó un poco y las acciones se emparejaron, pero no pasaría mucho más.

 

¿Y en el segundo? Bué, hablemos del segundo. San Lorenzo encontró la ventaja rápido. El rasta y el pibe Gaich intentaron una pared en el área y un muchacho de Estudiantes metió la mano donde no debía. Penal y buena conversión de Botta. Y una vez que logramos la ansiada ventaja y que ponemos en el rival la responsabilidad de hacerse cargo del partido, generando los espacios para jugar tranquilos, resulta que empezamos a hacer todo al revés. El mismo equipo que muestra serenidad para abrir el marcador, intentando generar buen juego, se enloquece con la ventaja a favor y empieza a hacer todo mal. Claramente, acá hay un factor emocional; estos muchachos vienen sintiendo la presión de una racha adversa que ya ni me acuerdo cuándo empezó, y necesitaban como el agua que pasen dos cosas: ganar o que se termine el año. Una no se consiguió, la otra gracias a dios sí.

 

Al que no tenemos nada para agradecerle es al fenómeno de Mouche, que entró, se hizo el que se ponía el equipo al hombro y decidió hacerse cargo del segundo penal que nos había cobrado el refereé. Botta, Belluschi, Reniero: cualquiera de ellos pudo haberlo ejecutado. Pero el caprichoso de Pablito agarró la pelota y se la alcanzó a Andujar. Después de eso, lo que decíamos: el desorden, el nerviosismo y los errores no forzados que empezaron a aparecer en todas las líneas y que le dieron al Pincha la chance de agrandarse y de empezar a generar peligro en ataque. Pereyra no tocó una pelota por la izquierda; Salazar metió pero no prosperó y terminó dejando el campo dolorido. Almirón trató de meter un volantazo y de ordenar al equipo con las clásicas dos líneas de cuatro: para eso lo hizo ingresar a Ariel Rojas, que volvió a no hacer nada productivo. Estudiantes lo empató de penal cerca del final, igual que nos pasó en Mar del Plata, y durante los últimos minutos del partido pasaron cosas extrañísimas en las que no me voy a detener. Chau 2018, gracias por todo. Y si se lo cruzan a Pablito Mouche por la calle o haciendo compras en el chino del barrio díganle que le mando saludos.


Stranger Things

Si antes del partido nos alcanzaban papel y birome y nos ofrecían el 0 a 0 en Liniers, ¿agarrábamos? “De ninguna manera, ¡San Lorenzo es un grande y su obligación es buscar los tres puntos en todas las canchas!”. Okey, esa es una respuesta posible -fácil, por cierto, pero válida-. La otra respuesta, no tan abstracta y más relacionada con la realidad que atraviesa el equipo, podía ser que un debut sin derrota de Jorge Almirón, de visitante y frente a un Vélez que sabíamos aceitado, no era un mal negocio. Más si consideramos que se vienen dos partidos de local y uno de esos es Huracán. Y más si asumimos que, en lo que va del torneo -que no es poco-, Navarro no había terminado ningún partido con la valla invicta.

Lo pudimos ver a Almirón, en el primer tiempo, en la intención de jugar a un toque, siempre que se pudo, y se pudo bastante más de lo que se venía pudiendo. Lo vimos a Almirón, avanzando desde el fondo con pelota dominada, y lo vimos también buscando presionar a Vélez, no desde la línea de salida pero si en la mitad del campo, mordiendo y robando con éxito en algunas oportunidades. Está claro que Heinze y Almirón juegan a cosas parecidas, con la diferencia lógica de que el de Vélez ya tiene sobre sus espaldas un tiempo prudente de trabajo, mientras que Almirón apenas comienza su camino al frente del Ciclón.

Cuando el equipo de Liniers cruzaba la mitad del campo con pelota dominada, se dibujaba en la defensa de San Lorenzo la famosa línea de 3/5, con Senesi como líbero de Gabriel Rojas y Coloccini, y con Salazar y Ariel Rojas encargándose de cubrir las bandas. Sin ir más lejos, Gallardo paró en La Boca un esquema similar, durante la primera final copera. Uno de los sellos de Almirón, que marcará una ruptura si consideramos el juego que venía haciendo San Lorenzo de un tiempo a esta parte, ocurre en la mitad de la cancha: no va más el doble cinco. Esa función recaerá en un solo hombre, y todo indica que el elegido es Gerónimo Poblete. Y ese único cinco tiene sus laderos, que ayer a la noche fueron Belluschi y el Rojas proveniente de River. Digámoslo de una vez: mala noche de Belluschi, que no pudo engranar en todo el partido, mala noche de Ariel Rojas y de Merlini, que no pudieron engranar en todo el semestre. Botta tuvo una buena primera etapa, con ansias de protagonismo y sin ese fastidio que solía mostrar últimamente, pero, parece adrede, que cuando uno quiere arrancar no encuentra compañía porque el resto anda torcido. En vez de un conjunto, lo que tenemos hasta ahora es una suma de individualidades: a veces se enciende una lamparita y otras veces se enciende otra, como en Stranger Things. Estamos todes a la expectativa de que se prendan un par de luces a la vez, cuando tenemos la pelota en nuestro poder, a ver si de una vez por todas se desata el monstruo azulgrana.

El segundo tiempo fue un martirio, de principio a fin. Vélez salió fresquito, como si el partido recién arrancara, y San Lorenzo parecía que estaba jugando el alargue de un cruce de copa en Brasil. Todos con la lengua afuera. Es cierto que el equipo de Heinze está compuesto por mayoría de pibes, pero, si te fijás línea por línea, tampoco había una diferencia descomunal de edad. El asunto es que nuestros mediocampistas no están pudiendo sostener el ritmo de juego durante los segundos tiempos, y entonces cedemos tenencia, resignamos mitad de cancha y esperamos al rival en campo propio. El DT intentó con Mussis y Barrios en lugar de Rojas y Merlini, pero no pasó mucho, más allá de algún arrebato del can. Resta saber cuál es la posición que mejor le sienta a Reniero: nos hemos habituado a verlo arrancar desde más atrás, haciéndose del balón sobre alguna de las bandas y aportando no solo en la definición, sino en la construcción del ataque y en el abastecimiento. Cuando lo vemos ahí arriba, como si estuviera en penitencia, dá la impresión de que estamos desperdiciando su potencial como jugador de fútbol. Vamos a ver cómo se reordena esa línea ofensiva cuando vuelva el Capitán y cuando esté recuperado Mouche, si es que el entrenador lo considera una alternativa para el once titular. De acuerdo a sus planteos teóricos, podríamos creer que sí.

Se vienen dos de local: dos bravos, contra equipos que están prendidos arriba. Habrá que resolver el enigma de los segundos tiempos. Vimos una digna primera mitad en el Amalfitani, igual que habíamos visto en el Cilindro. No sé si nos está pasando factura el flojo entrenamiento físico o el mal lastre emocional, pero hay que salir pronto de esa encrucijada.