Descarga eléctrica

Lo primero que tengo que hacer es jurarles algo: esta crónica iba a ser escrita, no importaba cuál fuera el resultado de hoy. Luego de las últimas dos derrotas, versus Argentinos y Boca, nos fuimos en silencio, porque sinceramente ya no sabíamos de qué disfrazar los disgustos. Tampoco es que nos rendimos rápido, porque, antes de esos dos, entre el Dr. Gamallo y yo alcanzamos a cronicar cerca de diez lamentos consecutivos. Pero llegó un momento en que metíamos la mano en el baúl de las desgracias y nos dimos cuenta de que las habíamos usado todas. Una cosa es repetirse en las buenas, a costa de triunfos y alegrías, y otra es darse la cabeza contra la pared cuando son todas pálidas. Pero esta tarde habíamos decidido que ya era tiempo de bancarse la que viniera y poner la otra mejilla si hacía falta. Por suerte, o por los influjos del Papa Francisco, ganó San Lorenzo, y estamos como si hubiésemos salido campeón de algo. Yo telefoneé a un par de amigos, a ver si nos íbamos a festejar a San Juan y Boedo, pero me dijeron que me calme.

Ok. Hablemos de fútbol, como decía Quique Wolff mientras acariciaba a “la caprichosa”. San Lorenzo arrancó el trámite más o menos bien. Me refiero a los primeros diez minutos, no más que eso. El pibe Salazar, con casi nada, demostró que podemos esperar de él bastante más que de sus compatriotas. Tiró un par de pelotas largas e intentó usar las bandas para ganar en velocidad. En una llegó al fondo y sacó un centro de rastrón que no tuvo buen final. Del otro lado, Rentería al menos se acercaba un poco más a lo que uno espera de un jugador de fútbol, rebotando la pelota en dirección a un compañero, intentando amagar para acercarse al área e incluso protagonizando una acción peligrosa, que acabó desviando el arquero rival. Sigue siendo poco, de hecho no ingresó a disputar los últimos 45 minutos de juego. El otro que se quedó en el vestuario fue Fernando Belluschi, que se fue al descanso maltrecho. El enganche, cuyo juego supo enorgullecernos hasta hace relativamente poco tiempo, otra vez brilló por su ausencia, salvo por un remate de media distancia que no contó con la potencia suficiente. De todas maneras, esperemos que el golpe en la rodilla no revista gravedad: no pudo olvidarse de cómo se juega a la pelota.

Lo mejor del partido, para San Lorenzo, llegó a los 30 del primer acto, y el mérito no fue de ninguno de los que tenían puesta la casaca azul y roja. Resulta que a un amigazo de Junior se le ocurrió la excelente idea de golpear con el codo a Damián Pérez, en una jugada que no decía nada, y se fue para las duchas poniendo caritas. El DT de la visita se vio obligado a meter un cambio para reordenar su defensa, y a Boedo le quedaba una horita por delante para tratar de hacer algo esta vez.

En lo que quedó de la primera mitad no lo consiguió, y el segundo tiempo envejecía pronto, y una gota de sudor comenzaba a recorrer la frente de todos los cuervos y las cuervas, en dirección a la sien. Hasta que, de pronto, el apagón del Papa Francisco, la mano de Dios tocando el tablero eléctrico del Bidegain, permitiéndole a la hinchada hacer alarde de su bella voz y a los futbolistas una última reflexión, una bajada de decibeles a tono con la luz y un volver a empezar, como Alejandro Lerner. Y en el arranque nomás de esa suerte de tercer tiempo milagroso se apretó un poquito más, y Junior se vio obligado a replegarse cerca de su área. ¿Claridad? No, gracias, no es lo nuestro. De hecho, estuvimos a esto de perderlo, pero los colombianos sobraron un poco la definición. Nosotros llegamos una vez a fondo y por suerte la pelota cayó en los pies de Román Martínez, un tipo que sabe jugar a este juego. Recibió en el borde del área grande, dominó, amagó el remate, encaró hacia su derecha y definió seco al primer palo. Golazo y descarga.

Pero, claro, a este partido le faltaba la peor parte. La maldición de San Lorenzo, el karma de Almirón: aguantar el resultado en tiempo de descuento. Y nos pasó como esas veces que no sabemos si reír o largarnos a llorar, porque esta vez había que aguantar un descuento de ¡14 minutos! La verdad, no me acuerdo bien qué pasó. En un momento salió Juan Camilo y en su lugar entró Torres, de eso sí me acuerdo. Y así como entró, empezó a amasar la pelotita como si fuera Andrés Iniesta. Perdió un par pero por suerte para él no pasó a mayores. Después, sobre el final, metió una buena habilitación que Fértoli no pudo embocar en el arco (no vaya a ser cosa que ganemos por dos goles, ¿vio?). Coloccini obligaba al público azulgrana a reconocerlo con aplausos, a fuerza de barridas y pelotas recuperadas.

El pueblo cuervo puede dormir en paz, al menos esta noche, después de una tormenta que amagaba convertirse en el diluvio universal. Digamos que el equipo cumplió. Falta que el capitán recupere su nivel. Él también tuvo una para liquidar el trámite, después de un contragolpe bien orquestado por sus compañeros, y falló en la definición. Con un buen Blandi, con un Adolfo en el banco de los relevos, con Poblete y Loaiza alternándose para manejar con firmeza el mediocampo, con un socio que lo acompañe a Román en la creación, con laterales más sueltos, con wines rápidos como Fértoli y Camilo, la cosa debería empezar a caminar. A ver si, con un poco de suerte, los fantasmas se mandan a mudar.


El clásico de Avellaneda

Me perdí el primer tiempo del clásico pero alcancé a ver casi todo el segundo. Gran partido, de ida y vuelta, con 22 tipos enchufados, pidiéndola, buscando el hueco, desbordando, tirando gambetas e intentando ser profundos en el ataque. Un nivel de intensidad digno de ver, más allá de que por momentos hayan logrado más o menos volumen de juego. Cecilio y Benítez obligando por el lado del Rojo, Verón desbordando y metiendo un centro punzante para el empate transitorio y el joven Menéndez que siguió intentando cuando lo reemplazó. Chelo Díaz distribuyendo en el medio campo del puntero, Zaracho metiendo, lo mismo Solari cuando le tocó entrar, Cvitanich clave para desnivelar el marcador y Licha López que se comió la cancha y a esta altura del partido es el mejor delantero del fútbol nuestro de cada día.

 

¿Y qué joraca tiene que ver esto con la visita de San Lorenzo a Córdoba? Bueno, los contrastes sirven a veces para explicar algunas cosas. Mientras corrían los minutos en Avellaneda y la intensidad del juego no mermaba, y cuando parecía que los jugadores estaban bingo fuel y sin embargo daban un poco más en cada pelota, yo no podía dejar de preguntarme qué mierda les pasa a los nuestros. Que alguien me explique qué les pasa. Se supone que son chabones tan atléticos como sus colegas que juegan para otros equipos (¿es así, no?). Últimamente tengo la impresión de estar viendo un partido de solteros contra casados, cada vez que juega San Lorenzo, y nuestros jugadores tienen los anillos puestos, pero unos anillos que pesan como 20 kilos. Parece que la vida les pasó factura a nuestros muchachos, aunque el míster quiera zafar después del match, diciendo que está muy conforme con la actitud y blablablá. Cuando terminó el partido, lo primero que hice fue rogarles vía WhatsApp a mis compañeros y compañeras de La Soriano para que me tiren un par de puntas sobre ese desastre que acabábamos de atestiguar. Era inenarrable lo que había visto, tanto o más de lo que veníamos viendo.

 

Un compañero opina que, durante los partidos anteriores, al menos se vislumbraba algo de lo que pretendía Almirón. Hoy ya ni siquiera eso. Otro dice que se tocó fondo en cuanto al rendimiento y enseguida viene la aclaración de que encima jugamos contra uno de los equipos más flojos del torneo. Alguien quiere rescatar los primeros quince del segundo tiempo pero ese consuelo no parece arreglar a nadie. Otra habla de la mala leche por el cabezazo al travesaño de Castellani (pero ya me dá un poco de escozor hablar de “mala fortuna” en estas crónicas). Salta un dato en el grupo: el último partido que ganamos de visitante fue en abril del año pasado. El Mundial de Rusia parece que fue hace mil años, ¿no? Bueno, imaginate entonces ese triunfo otoñal.

 

Bueno, no me queda más remedio que escribir sobre el equipo. Quiero empezar por los puntos rescatables: tenemos un buen arquero, una buena zaga central y dos (y hasta tres, contándolo al pibe Insaurralde) buenos mediocampistas centrales. Listo, nos vemos, buena semana.

 

Está bien, sigo: muy flojo el primer tiempo que hizo ayer el pibe Herrera, inseguro, perdiendo la banda y no pudiendo concretar en ataque. Por el otro sector, Pérez no demostró casi nada. Botta dio algunos pases bien e intentó triangular, pero ya estoy harto de hablar de buenas intenciones. Todos esperábamos más de Botta y está claro que no está colmando esas expectativas. Debería comer un poco de banco, tal como lo hicieron sus compatriotas Blandi y Belluschi. Rentería aparecía como única punta en la previa, de acuerdo a lo que se había visto en la semana, pero, sin embargo, se paró contra la raya y perseguía infructuosamente al 4 pirata en cada incursión que hacía. El colombiano mostró una apatía y una displicencia demasiado irritantes por haber sido su presentación en sociedad (no quiero pensar lo que será cuando agarre confianza). Cerca del final, condujo un contragolpe que pudo haber sido el gol de la victoria, pero en lugar de acelerar se le dio por frenar la jugada, haciendo posible el reacomodamiento de las remeras celestes. Torres, otro ex verdolaga, volvió a ingresar en el último tramo del partido y demostró otra vez su aparentemente innata torpeza con el balón. A menos que la comunidad internacional nos quiera enviar un poco de su desinteresada ayuda humanitaria, el panorama pinta difícil en Boedo. Hace varias crónicas, vengo diciendo que para mí una de las claves para dar vuelta la taba es la posición de Nicolás Reniero. Si el DT cuervo lograse que el Príncipe juegue feliz, eso va a traernos buenas noticias a los hinchas. Ayer apareció a cuentagotas, pero, en síntesis, sigue sin poder recuperar el nivel que supo mostrar apenas se calzó la casaca azulgrana. Seguimos en la dulce espera. Pero, al margen de posicionamientos concretos, la falta de intensidad que muestra este equipo cada vez que sale a la cancha es la faceta más preocupante que yo puedo percibir. El avance con la pelota en los pies es cansino, los pases son previsibles en un 99%, no hay despegues, no hay desmarques, no existe la búsqueda de los vacíos posibles ni parece haber margen para la creatividad en la cabecita de quienes comandan los insulsos ataques azulgranas. El viernes, otra prueba en nuestra cancha. Vamos a ver qué escribimos después


El nudo

Yo no tengo ganas de ponerme a sacar estadísticas. Terminan los partidos de San Lorenzo y no tengo ganas de nada, últimamente. Pero me gustaría que alguien lo haga: si los segundos tiempos duraran 40 minutos en vez de 45, ¿cuántos puntos tendríamos en este campeonato? En serio, me encantaría saberlo. Y no es que le quiera buscar la quinta pata al gato. No es que quiera acomodar las cosas de manera tal que podamos limpiar un poco la imagen del equipo. Es que me resulta demasiado evidente, demasiado llamativa, la cantidad inmensa de puntos que dejamos en el camino durante los últimos minutos de cada partido, a lo largo de todo este campeonato, con Biaggio primero y con Almirón después. ¿Cómo se entiende esto?

 

El equipo se había ido aplaudido al descanso, después de un muy buen primer tiempo, y todos nos acordábamos del partido épico de 2012 pero no queríamos decir nada. No queríamos decir que esa remontada gloriosa contra el Newell’s del Tata Martino había significado el punto de inflexión entre dos historias muy diferentes: la lucha por zafar del descenso quedaría atrás y comenzaría a diseñarse el equipo que levantó la Libertadores dos años después. No es que andemos cerca de pelear otra copa, pero sí que teníamos ganas de que sea éste, y no el próximo, el partido que cortara de una vez por todas esta racha de mierda que nos tiene a maltraer.

 

San Lorenzo jugó un más que aceptable primer tiempo, con dominio sostenido hasta los 30 que no logró transformar en gol, y entonces el murmullo silencioso, el temor de que esta racha se prolongue eternamente. Hace cuatro o cinco partidos que nos venimos dando aliento entre los y las hinchas, diciéndonos en la previa que hoy sí, que hoy tenemos que empezar a ganar. Yo creo que el temor no tiene que ver estrictamente con lo futbolístico, pienso que la mayoría de los cuervos y las cuervas confiamos en el plantel que hay y en el cuerpo técnico que lo conduce. El temor, y el “hoy sí hay que ganar”, tienen que ver con una necesidad de que no se instale en nuestro club ese malestar extra futbolístico que todo lo pudre y con el que nada bueno podremos construir.

 

Esa es la primera batalla: salir de ahí, como le pedía Walter Nelson a Maravilla Martínez allá por el último round. San Lorenzo jugó bien, decíamos, hasta los 30, con el agregado de que volvió a jugar bien a partir de los 40, cuando nada hacía pensar que eso ocurriría, porque daba la impresión de que ya se había bajado la persiana de la primera mitad. Pero no. El equipo volvió a acelerar y demostró personalidad. Una gran salida desde el fondo con el sello de Monetti y la inmediata escalada de Peruzzi por la banda derecha que acabó en un buen ataque. Uno o dos minutos después, el gol. Un gol que fue como tenía que ser: un despelote total, un corner que derivó en una serie de rebotes que no tenía goyete y Blandi que acabó empujándola con alguna parte de su cuerpo que no interesaba cuál era. El asunto es que la pelota entró y que fue como una dosis de algo fuerte que nos quitó un dolor de muela que parecía que nos iba a matar a todos. El pleno del plantel de Newell’s protestando algo que seguro nadie vio, solo porque había sido una jugada desprolija y daba para la protesta.

 

La clave de la presión de San Lorenzo no estuvo en la línea de los delanteros sino en la posición de las líneas del fondo, que se clavaban en la mitad del terreno y acortaban la distancia del juego posible, atorando al equipo rival. Esto se vio con claridad cuando San Lorenzo atacaba con la pelota al pie: Coloccini, Senesi y Loaiza eran punta de lanza para la rápida recuperación del balón, en caso de que ese ataque no prosperara. Hay algo que no está bien en la posición del Príncipe Reniero. Cada vez que agarró la pelota, en el primer tiempo, demostró que no siente la raya, porque la para displicente y avanza al trotecito, poniéndole cabeza al ataque y buscando un pase filtrado a algún compañero que quiebre la defensa. Rara vez busca ganar la banda en velocidad: ese es el juego de Fértoli, pero no el suyo. Quizá un enroque entre él y Botta pueda ser una solución, al menos en algunos pasajes del partido. Blandi no se escondió. Venía de estar señalado durante la semana previa, con conferencia de prensa incluída, pero no se escondió. Buscó la pelota e intentó abrir la cancha hacia las bandas con la intención de recibir un centro a la altura del borde del área chica. Estuvo cerca en un par de ocasiones. Buen debut de Damián Pérez, el lateral izquierdo que llegó a Boedo sobre el filo del mercado de pases.

 

En el segundo tiempo el equipo cedió la iniciativa y Newell’s avanzó con un poco más de peligro. Salieron reemplazados primero Botta y después Belluschi y ambos alternaron aplausos y silbidos de parte de los hinchas. Castellani y Poblete intentaron reordenar la mitad de cancha y manejar el juego desde ahí, algo que se logró parcialmente, sobre todo a partir del ingreso del amigo Gerónimo. Reniero aceleró en una contra y el refereé no nos cobró un penal que probablemente Blandi hubiera desviado, pero que capaz que no y abrochábamos la victoria. Más cerca del final, el Príncipe no pudo acomodar el pie para encestar un balón que le vino cruzado y a media altura. Finalmente, la maldición, la perdición, la incredulidad del tiempo de descuento, el mayor enemigo de un plantel que no puede zafarse de esta maraña en la que se enredó. Una jugada aislada que nace en los pies del arquero Aguerre y un bochazo largo que a nosotros solos se nos transforma en peligro de gol. Y es gol, siempre es gol. Y otra semana más que se viene con olor a mierda. Y lo único que sigo esperando es que logremos soltarnos a tiempo de este nudo intrincado, para que no se instale en nuestro club un malestar que pudre y lastima


Un arranque a la altura

Calor y cancha llena. Nunca entendí cómo hace esa gente que se clava todo el partido en la popular con la casaca puesta, al sol, sin chistar. Tengo entendido que somos la única hinchada del fútbol argentino que se morfa el sol de frente en condición de local. Dato sonso pero que viene a reafirmar que somos una hinchada sufrida. Se extrañaba a San Lorenzo. Muchas semanas entrando a los portales de noticias del club, leyendo refritos de notas y esperando encontrar no sé qué en esos párrafos desganados. Ya está, la espera terminó, el cuerverío contento y un clásico que debió haberse jugado cuando la manteca costaba 40 mangos. En la previa, reinaba una suerte de incertidumbre a propósito de los players que vestirían por primera vez la camiseta azulgrana: de dudoso pasado reciente, sobre todo los llegados de tierras cafeteras, había que ver cómo respondían. Monetti es el arquero titular del ciclón y era fija para hoy. Loaiza fue confirmado en la mitad de la cancha, en lugar de Poblete, y Fértoli aparecía en la ofensiva, habiéndole ganado la pulseada al flojito de Mouche.

 

El cinco colombiano se llevó los primeros aplausos antes de los diez minutos de juego y mantendría su nivel prácticamente durante los 90. Firmeza en la marca, prestancia en la salida y poco margen de error en las entregas. Fértoli metió e intentó colaborar en la creación de los ataques por la banda derecha y Monetti sacó una bola tremenda promediando el primer tiempo y recordando a una bocha que tapó el Cóndor Torrico frente al mismo rival, un par de años atrás y en ese mismo arco. Por mucho que me pase la noche con las manos en el teclado y la mirada perdida en la pantalla, no voy a encontrar las palabras adecuadas para describir la tarjeta roja que le mostraron a Coloccini, cuando iban 30 minutos y monedas de juego. Al árbitro en cuestión ni lo voy a nombrar, solo diré que si tipean su apellido en YouTube, lo primero que van a encontrar es la muestra de por qué este muchacho no debería estar dirigiendo en la primera división, y menos un partido como San Lorenzo vs Huracán.

 

El nivel de juego desplegado por San Lorenzo, a lo largo de los noventa, fue de aceptable para bueno, pero lo más importante fue que el equipo mostró resto físico: no se desmoronó como se desmoronaba todo el tiempo en su versión 2018. Aguantó, se rebeló frente a la expulsión, salió a jugar el segundo tiempo con hidalguía y obligó a Huracán a ser cauto y por momentos a buscar refugio cerca de su propia meta. Pasados los 25 minutos de la etapa final, ya nadie se acordaba de la diferencia numérica y daba la impresión de que el gol estaba al caer. Saltó a la cancha Torres, el otro colombiano, para acompañar a Blandi en el ataque, y más cerca del final Peruzzi clausuró la banda derecha junto al pibe Herrera, que tuvo varias incursiones en ataque. Senesi condujo al equipo desde el fondo como el gran jugador de fútbol que es. Belluschi parece decididamente recuperado y en más de una ocasión puso a un compañero mano a mano contra el arquero rival. Botta y Blandi, uno por tiempo, no le acertaron a la red; si no estaríamos hablando de otra cosa.

 

Faltando cinco minutos para el cierre y no habiendo conseguido la ventaja que había buscado, el equipo bajó un cambio y pareció aferrarse al empate, después de haber disputado una hora de juego con un hombre menos gracias a una acción que, mañana, los propios hinchas de Huracán reconocerán como injusta. Ya está, no importa. Lo importante es que el San Lorenzo de Almirón puso primera y la impresión es buena. Desde las cuatro tribunas bajaron aplausos para cada uno de los refuerzos, que, ahora sí, sabemos que están en condiciones de ser refuerzos para el equipo, después de haberlos visto con la pelota en los pies (y en las manos). Menos incertidumbre para el partido que viene y más banca para este equipo. Se vienen dos paradas bravas, pero estamos de pie. Ah, el referee se llama Merlos, por si querían buscarlo en YouTube.


Siniestro total

En la crónica del partido frente al Tiburón de la Costa Atlántica, mi compañero Gonza Gamallo señaló, no sin razón, que daba la impresión de que los jugadores se sentían más cómodos con esta nueva propuesta, pero que los frutos del método Almirón aparecían solo de a ratos, sin la regularidad que se precisa para eso de ganar un partido. Mientras escribo esta nota, Facebook me avisa que se está transmitiendo en vivo la conferencia de prensa del DT azulgrana. Decido no verla y sigo con lo mío. ¿Qué puede decirme George que no sepa? El 95% de las declaraciones post partidos son completamente inútiles, y me parece que estoy siendo generoso. Déjenme decir algo, de una vez por todas: ¡Al fin terminó este año siniestro, por dios! ¿No queda más nada, cierto? Dediquémonos a los deportes que se dirimen en el Pando, que ahí es todo color de rosas. Bueno, pero hay que charlar del partido de hoy, es cierto.

 

Lo primero que tengo para decir es que se pareció muchísimo al de Mar del Plata. De hecho, me vi tentado de hacer copy paste con la nota de Gonza, total, si pasa pasa. Pero a último momento apelé a mi honestidad intelectual y acá estoy, arremangado frente a la pc. Igual que el otro día, la primera media hora del equipo fue de buena a muy buena: toques de primera, laterales proyectados, el triángulo de la mitad de cancha aceitado, los tres pibes de la defensa ordenadísimos, Insaurralde pidiendo titularidad y un Belluschi desplegando alas. Gen Almirón activado: bien el Ciclón. Como en Mar del Plata, no alcanzó. Todo el juego plasmado y la intención manifiesta de quebrar al rival no se tradujeron en un beso a la red.

 

En ese rato de buen juego, se los vio cómodos a Botta y a Belluschi: daría la impresión de que esta ubicación en el terreno favorece el despliegue y la conducción que ambos, pero sobre todo Fernando, están en condiciones de ofrecer. Antes se veían obligados a esperar el balón encerrados contra la raya, divorciados uno del otro y con poca capacidad de generar juego, más allá de algún lateral pasándoles por la espalda. Ahora se hacen dueños de la pelota casi a la par del chico Insaurralde, que se muestra capaz de iniciar los ataques con precisión, y desde ahí pueden avanzar con un panorama más claro de lo que ocurre en el frente de ataque. Reniero abandonaba su posición de área y bajaba a triangular con ellos dos, mientras Salazar y Pereyra se mostraban como receptores por ambas bandas. Esta línea flexible de tres o cinco defensores, permite que ambos puedan proyectarse a la vez, sabiendo que la defensa no se va a desarticular por completo. Así, son seis los jugadores azulgranas que trabajan en la elaboración del juego. Por otra parte, cuando el rival avanza con dominio, los laterales se acoplan a la línea defensiva, conformando un bloque para proteger a Navarro. De todas maneras, la primera herramienta defensiva tiene que ver con recuperar la pelota rápidamente en la mitad de la cancha, y de eso también han dado cuenta Belluschi e Insaurralde, raspando y robando varias. Hasta acá, todo bárbaro. En el último tramo del primer tiempo, el equipo se pinchó un poco y las acciones se emparejaron, pero no pasaría mucho más.

 

¿Y en el segundo? Bué, hablemos del segundo. San Lorenzo encontró la ventaja rápido. El rasta y el pibe Gaich intentaron una pared en el área y un muchacho de Estudiantes metió la mano donde no debía. Penal y buena conversión de Botta. Y una vez que logramos la ansiada ventaja y que ponemos en el rival la responsabilidad de hacerse cargo del partido, generando los espacios para jugar tranquilos, resulta que empezamos a hacer todo al revés. El mismo equipo que muestra serenidad para abrir el marcador, intentando generar buen juego, se enloquece con la ventaja a favor y empieza a hacer todo mal. Claramente, acá hay un factor emocional; estos muchachos vienen sintiendo la presión de una racha adversa que ya ni me acuerdo cuándo empezó, y necesitaban como el agua que pasen dos cosas: ganar o que se termine el año. Una no se consiguió, la otra gracias a dios sí.

 

Al que no tenemos nada para agradecerle es al fenómeno de Mouche, que entró, se hizo el que se ponía el equipo al hombro y decidió hacerse cargo del segundo penal que nos había cobrado el refereé. Botta, Belluschi, Reniero: cualquiera de ellos pudo haberlo ejecutado. Pero el caprichoso de Pablito agarró la pelota y se la alcanzó a Andujar. Después de eso, lo que decíamos: el desorden, el nerviosismo y los errores no forzados que empezaron a aparecer en todas las líneas y que le dieron al Pincha la chance de agrandarse y de empezar a generar peligro en ataque. Pereyra no tocó una pelota por la izquierda; Salazar metió pero no prosperó y terminó dejando el campo dolorido. Almirón trató de meter un volantazo y de ordenar al equipo con las clásicas dos líneas de cuatro: para eso lo hizo ingresar a Ariel Rojas, que volvió a no hacer nada productivo. Estudiantes lo empató de penal cerca del final, igual que nos pasó en Mar del Plata, y durante los últimos minutos del partido pasaron cosas extrañísimas en las que no me voy a detener. Chau 2018, gracias por todo. Y si se lo cruzan a Pablito Mouche por la calle o haciendo compras en el chino del barrio díganle que le mando saludos.


Stranger Things

Si antes del partido nos alcanzaban papel y birome y nos ofrecían el 0 a 0 en Liniers, ¿agarrábamos? “De ninguna manera, ¡San Lorenzo es un grande y su obligación es buscar los tres puntos en todas las canchas!”. Okey, esa es una respuesta posible -fácil, por cierto, pero válida-. La otra respuesta, no tan abstracta y más relacionada con la realidad que atraviesa el equipo, podía ser que un debut sin derrota de Jorge Almirón, de visitante y frente a un Vélez que sabíamos aceitado, no era un mal negocio. Más si consideramos que se vienen dos partidos de local y uno de esos es Huracán. Y más si asumimos que, en lo que va del torneo -que no es poco-, Navarro no había terminado ningún partido con la valla invicta.

Lo pudimos ver a Almirón, en el primer tiempo, en la intención de jugar a un toque, siempre que se pudo, y se pudo bastante más de lo que se venía pudiendo. Lo vimos a Almirón, avanzando desde el fondo con pelota dominada, y lo vimos también buscando presionar a Vélez, no desde la línea de salida pero si en la mitad del campo, mordiendo y robando con éxito en algunas oportunidades. Está claro que Heinze y Almirón juegan a cosas parecidas, con la diferencia lógica de que el de Vélez ya tiene sobre sus espaldas un tiempo prudente de trabajo, mientras que Almirón apenas comienza su camino al frente del Ciclón.

Cuando el equipo de Liniers cruzaba la mitad del campo con pelota dominada, se dibujaba en la defensa de San Lorenzo la famosa línea de 3/5, con Senesi como líbero de Gabriel Rojas y Coloccini, y con Salazar y Ariel Rojas encargándose de cubrir las bandas. Sin ir más lejos, Gallardo paró en La Boca un esquema similar, durante la primera final copera. Uno de los sellos de Almirón, que marcará una ruptura si consideramos el juego que venía haciendo San Lorenzo de un tiempo a esta parte, ocurre en la mitad de la cancha: no va más el doble cinco. Esa función recaerá en un solo hombre, y todo indica que el elegido es Gerónimo Poblete. Y ese único cinco tiene sus laderos, que ayer a la noche fueron Belluschi y el Rojas proveniente de River. Digámoslo de una vez: mala noche de Belluschi, que no pudo engranar en todo el partido, mala noche de Ariel Rojas y de Merlini, que no pudieron engranar en todo el semestre. Botta tuvo una buena primera etapa, con ansias de protagonismo y sin ese fastidio que solía mostrar últimamente, pero, parece adrede, que cuando uno quiere arrancar no encuentra compañía porque el resto anda torcido. En vez de un conjunto, lo que tenemos hasta ahora es una suma de individualidades: a veces se enciende una lamparita y otras veces se enciende otra, como en Stranger Things. Estamos todes a la expectativa de que se prendan un par de luces a la vez, cuando tenemos la pelota en nuestro poder, a ver si de una vez por todas se desata el monstruo azulgrana.

El segundo tiempo fue un martirio, de principio a fin. Vélez salió fresquito, como si el partido recién arrancara, y San Lorenzo parecía que estaba jugando el alargue de un cruce de copa en Brasil. Todos con la lengua afuera. Es cierto que el equipo de Heinze está compuesto por mayoría de pibes, pero, si te fijás línea por línea, tampoco había una diferencia descomunal de edad. El asunto es que nuestros mediocampistas no están pudiendo sostener el ritmo de juego durante los segundos tiempos, y entonces cedemos tenencia, resignamos mitad de cancha y esperamos al rival en campo propio. El DT intentó con Mussis y Barrios en lugar de Rojas y Merlini, pero no pasó mucho, más allá de algún arrebato del can. Resta saber cuál es la posición que mejor le sienta a Reniero: nos hemos habituado a verlo arrancar desde más atrás, haciéndose del balón sobre alguna de las bandas y aportando no solo en la definición, sino en la construcción del ataque y en el abastecimiento. Cuando lo vemos ahí arriba, como si estuviera en penitencia, dá la impresión de que estamos desperdiciando su potencial como jugador de fútbol. Vamos a ver cómo se reordena esa línea ofensiva cuando vuelva el Capitán y cuando esté recuperado Mouche, si es que el entrenador lo considera una alternativa para el once titular. De acuerdo a sus planteos teóricos, podríamos creer que sí.

Se vienen dos de local: dos bravos, contra equipos que están prendidos arriba. Habrá que resolver el enigma de los segundos tiempos. Vimos una digna primera mitad en el Amalfitani, igual que habíamos visto en el Cilindro. No sé si nos está pasando factura el flojo entrenamiento físico o el mal lastre emocional, pero hay que salir pronto de esa encrucijada.


La reconstrucción

“¡Andate Pampa, dejá de robar!”. ¿Ah, no está más el Pampa? Bueno, denme alguien a quien insultar, ¡por el amor de dios! Igual, no se preocupen, ya tengo un nombre en la cabeza, pero lo voy a tirar un par de párrafos más abajo. Antes que nada, me gustaría aclarar algo: por lo general, hay muchas maneras de leer un partido, así como también hay muchas maneras de leer la realidad -y no hay que ser ultra sagaz para notarlo-. En este caso, el encargado de analizar un partido tiene esa extraña potestad de hundir al equipo, de destrozar a sus protagonistas, o bien de tener una actitud mesurada frente a lo que pudo observar. Bien, yo suelo apostar a la segunda, y en esto no pretendo que todo el mundo me acompañe; de hecho, ni siquiera hablo en nombre de La Soriano, porque seguro que no todes mis compañeres piensan igual que yo. Y en eso de ser mesurado, les propongo lo siguiente:

Imaginemos que el equipo que entró a jugar el segundo tiempo contra Talleres hubiese sido la base titular. Imaginemos que esos once hubieran jugado desde el minuto cero: Belluschi cerca del cinco, manejando los hilos desde la mitad, dos nueves bien definidos, incluso participando en la creación del juego, y dos volantes ofensivos como Merlini y Mouche; proponiendo ataques en bloques, con los laterales proyectándose. No está mal, ¿no? De hecho, podría coincidir con los planes del nuevo entrenador, que, según tengo entendido, suele parar sus equipos en un esquema 4-3-3. Está claro que no prosperó en esta ocasión, pero, durante  los primeros 15 minutos de la segunda etapa, tal vez 20, yo vi un equipo plantado en campo rival, avanzando con triangulaciones prolijas a pesar del aire denso que se respiraba, y ahogando a un Talleres que estaba cómodo con su ventaja. Entonces, ¿por qué no funcionó? Bueno, porque no es lo mismo salir a jugar con la tranquilidad de un partido que recién comienza, que salir a dar vuelta un resultado adverso, después de un mal primer tiempo y en el contexto de un clima áspero que ya nadie osaría disimular.

Bueno, pero cortémosla con este recorte arbitrario que estoy haciendo de la realidad y vayamos a lo que realmente pasó. La derrota frente a Talleres, en condición de local y por primera vez en la historia, tiene nombre y apellido: Franco Mussis. Un muchacho contrariado, que tensa todo innecesariamente. En la crónica del partido contra Temperley ya habíamos mencionado esas manías que tiene de filtrar pases por donde no se puede, perdiendo una cantidad enorme de balones y auspiciando contragolpes del rival, con el partido en tablas y cuando nada, pero nada, justifica correr esa clase de riesgos. Bueno, parecería que hoy entró dispuesto a redoblar la apuesta, insistiendo con esa forma de salir jugando y viendo compañeros allí donde solo hay rivales. El único gol del partido llegó tras una pérdida suya, pero me quiero quedar con una jugada que se produjo alrededor de los 35 del primer tiempo, y que grafica todavía mejor su pobre actuación: recibe una pelota contra la raya izquierda, en posición defensiva pero sin una marca asfixiante, y en lugar de intentar retenerla, o bien de despejarla hacia un sector de la cancha menos peligroso, pone el pie flojo y direcciona el balón hacia el círculo central, ofreciendo al equipo cordobés otro ataque fuera de contexto. En la misma jugada, y cuando el peligro parecía diluirse, patea a un rival desde atrás y regala un foul a dos metros del área de Navarro.

La mala noticias para Mussis no es lo que yo pueda escribir en esta crónica; en definitiva, ¿a quién le interesa esta crónica? La mala noticia es que Almirón no estaba volando hacia Buenos Aires, sino que ya había llegado anoche. Seguramente, el nuevo DT habrá seguido con atención las acciones de la tarde en el Nuevo Gasómetro. Por otra parte, Merlini cumplió a la perfección con el papel que Botta venía desarrollando durante los últimos encuentros: fastidioso todo el partido, no pudiendo engranar con Belluschi, tirando patadas a los rivales e insultándose a sí mismo y a los demás. Ya en el segundo tiempo, ingresaría Botta, y por enésima vez no gravitaría en el match. Ya en la última jugada, recibe el juego por banda derecha, con espacio, con chances de centro, pero manejó la pelota con tal displicencia que se la acabaron birlando. Belluschi, que ya venía arrastrando un calambre desde hacía varios minutos, fue al suelo y forzó la infracción que sería la última acción de la tarde para el Ciclón. Lamentablemente, la ejecutó el propio Botta, que no hizo más que servirle la bola al arquero Herrera.

En el transcurso del segundo tiempo, y en la medida que no pudo concretar las situaciones que generaba, el equipo se fue desinflando. Es lógico: es un equipo que viene golpeado desde hace bastante tiempo, y cuando es así no es sencillo sostener la moral alta y atacar incesantemente hasta conseguir dar vuelta la taba. Sobre el final, Reniero perdió el empate abajo del arco. Pero apuesto a que ningún cuervo tiene nada para reprocharle al Príncipe. Gran entrada del grandote Gaich, que demostró aptitud para pivotear y para desbordar cuando el juego lo requiere. Y no mucho más. Hay trabajo para hacer. Estamos todes a la expectativa de la era Almirón, que el próximo domingo estará sentado en el banco azulgrana, en la cancha de Liniers.


Ni el tiro del final te va a salir

Y se acabó nomás. Y fue tal como presentíamos que podía ser. El pronóstico decía lluvia, y si bien los pronósticos fallan, esta vez llovió. Volvió a llover, mejor dicho, porque dá la impresión de que vivimos en Londres, de tanto cielo gris. Bueno, pero intentemos hablar de fútbol:

Personalmente, yo tenía la sensación de que salíamos a jugar el partido con un equipo cercano al ideal, dentro del material que tenemos en el plantel. Dejando de lado la improvisación en el lateral izquierdo, que terminó cubriendo Senesi, y la ausencia de Poblete en la mitad de la cancha, era un buen equipo el que saltó al campo de juego de Lanús. En los nombres, claro. Después, una vez que la pelota hace lo suyo, los nombres se disipan y lo que queda es el rendimiento: sobre todo el colectivo. Ese que extrañamos tanto.

En el transcurso de la primera parte, fuimos testigos de mil charlas entre jugadores y cuerpo técnico, en el afán de ordenar el medio campo. Raro, porque esta vez no se trataba de una línea de volantes alternativa como la que le jugó a Racing el domingo: a esta altura del año, uno podía llegar a pensar que Mussis, Botta y Belluschi se entendían con un poco más de facilidad y sin esa necesidad desmesurada de andar reordenándose tanto en medio del partido. Bueno, eso es lo que suponíamos. Pero de nuevo cometimos un error, los que dábamos por hechas ciertas cuestiones propias del trabajo cotidiano. Los laterales nunca recibieron el auxilio de Botta y Belluschi, a la hora de defender las bandas, y así fue como llegó el centro de Temperley que abrió el marcador. A Mussis no se le puede negar la entrega, pero muestra un juego desordenado y a la hora de salir con pelota dominada se torna peligroso, dada la tendencia que tiene a filtrar pases por el medio del campo en lugar de abrir la cancha y buscar un juego más seguro. A Botta nadie le niega su habilidad con el balón, pero desde que agarró la titularidad con el Pampa, nunca pudo serenarse, nunca pudo levantar la cabeza y acompañar virtuosamente los ataques que puede generar el equipo. Belluschi no marcó la diferencia en la primera etapa y Reniero tampoco gravitó: si ellos dos no están metidos, bueno, difícil pensar en armar algo interesante. El pibe Insaurralde, de lo mejorcito. A pesar de su poca experiencia en primera, bajó a buscar el fútbol, intentó triangular y volvió a mostrar carácter. No es poco.

La única clara de San Lorenzo llegaría sobre el filo de esa primera mitad: buen centro de Senesi desde la izquierda y cabezazo del capitán que se estrelló en el travesaño. Al descanso un gol abajo, y estaba bien. El segundo tiempo se hizo de ida y vuelta y Temperley empezó a perderse algunas contras desde temprano. Belluschi salió cuando faltaba media hora para el cierre, es decir, el tramo del partido que solía disputar desde que volvió de la lesión: pero no se fue reemplazado, sino expulsado, tras una doble amonestación. Mouche entró por Mussis, a jugar lo que le faltó el domingo en Avellaneda. Con diez, San Lorenzo mostró su mejor versión: no por generar un juego deslumbrante, desde ya, sino por atacar con convicción y ahogar a su rival, que se fue metiendo atrás y ya no salía tanto de contragolpe. Las que tuvo, Coloccini las defendió con actitud. En tiempo de adición, cuando el referee ya había dado cinco, Blandi sacó un disparo de afuera del área y San Lorenzo lograba aquello de ir a los penales, merecidamente, a juzgar por lo hecho tras la expulsión de su número 10.

Las estadísticas decían que a nosotros nos iba bien en los penales y a Temperley no. Nico Navarro ya nos había dado algunas alegrías de ese estilo. Pero el pronóstico decía lluvia, y en el sur del Conurbano le iba a llover al Ciclón. Dos tiros de cada lado, 2 a 0 abajo en la tanda de penales. Irremontable. Y ni me hagan hablar de cómo pateó Ariel Rojas. No me parece relevante que Temperley juegue en una categoría menor: está claro que en nuestro fútbol ningún partido se regala. A los de nuestra categoría los habíamos eliminado, incluso jugando mejor. El asunto, acá, era que San Lorenzo se estaba viniendo a pique, y se terminó de desmoronar. El Pampa ya presentó su renuncia, no voy a hacer leña del árbol caído. Diré solamente que fue responsable del desconcierto que quedó de manifiesto mientras se disputaba el primer tiempo, no pudiendo el equipo acoplarse a las exigencias del juego. Y ese desconcierto, en definitiva, fue la constante de estos últimos meses. Con un par de excepciones, como el partido en casa contra Nacional, el cruce versus Colón, en el Bielsa, e incluso el primer tiempo del domingo en el Cilindro, cuando se intentó hacer un juego honesto. Unos pocos chispazos, pero el fuego nunca encendió. No se pudo. A pensar para adelante.


Mate lavado

Terminó el primer tiempo y el núcleo duro de La Soriano salió al balcón a recibir la luz y la calma de un mediodía auspicioso, en una ciudad que se mostraba amigable. El resto del grupo ocupaba el living a sus anchas y aprovechaba para avanzar sobre lo que quedaba del desayuno. Alguien pone la pava para arreglar el mate, las conversaciones versan sobre la vida con un optimismo poco habitual en los últimos tiempos. Es que, después de todo lo que se había hablado en la semana, San Lorenzo se mandó un primer tiempo de novela y no le metimos tres pepas al puntero porque pecamos de buena gente a la hora de definir el par de contras que tuvimos. Antes del gol, incluso, ya habíamos contado dos chances claras para abrir el marcador. Racing no le encontró nunca la vuelta al planteo que puso el Pampa: avanzaba medio a los ponchazos pero perdió siempre la mitad y San Lorenzo jugó a la contra con fuerte convicción. El fondo firme, Mussis guerrero, Mouche metido, el Príncipe crack. Reniero es un valor altísimo que tenemos la suerte de tener en nuestras filas. Cerca de los 30, San Lorenzo atacó fuerte y después de un par de rebotes la pelota le cayó llovida a los pies, como si fuera El Elegido. Le clavó los ojos y no la dejó ni tocar el suelo: “tac”, hizo, y salió a festejar rumbo al banderín del corner.

Las charlas en el departamento se pisaban y la tranquilidad era total. Alguien llama al resto para que nos vayamos acercando porque ya estaba arrancando el segundo. Estábamos en eso, fijándonos de sentarnos igual que antes, cuando alzamos la vista y lo vemos al Licha llevándose el balón y corriendo hacia el arco como venado por la pradera. Ese estado parsimonioso, casi petulante, que se había apoderado de nosotres, como si fuésemos militantes de Bolsonaro, se disipó en 15 segundos. Senesi se apuró y en el afán de tirar la pelota a cualquier parte no hizo más que apuntarle a un rival. El rebote le cayó redondo al 9 que, ya sabemos, es un gran definidor. Navarro pudo haber salido con un poco más de ímpetu, lo cierto es que el partido estaba uno a uno y que Racing se iba a venir envalentonado. Remontar el barrilete en esta tempestad, solo hará entender que ayer no es hoy, que hoy es hoy: dura realidad la que vivimos en Boedo por estos días.

Desde La Soriano preferimos ser cautos a la hora de criticarnos nosotros mismos, sin mirar para otro lado pero tampoco siendo hirientes con gente que, entendemos, quiere lo mejor para el club igual que cada une de nosotres. Antes de criticar, pienso que no está de más volver a aclarar que el Pampa fue elegido para afrontar un momento futbolístico de transición, con muchos jugadores de la vieja guardia que se alejaron en masa y con muchos pibes que fueron asomando partido a partido y que, en muchos casos, parecen estar listos para ser partícipes de un gran plantel. Sinceramente, no sé qué está pasando con el asunto de las lesiones, las sobrecargas y la mar en coche: entiendo de entrenamiento físico tanto como de botánica, pero a esta altura de los hechos me dá la impresión de que hay algo más que mala fortuna: porque no es que San Lorenzo esté atravesando una seguidilla infernal de partidos jugados, ni nada que se le parezca. La idea de plantar un equipo tan alternativo como el que se vislumbraba en la previa también habilitaba la polémica: una polémica que se diluyó después del correctísimo primer tiempo, pero que volvió fortalecida conforme transcurría el segundo. Hubo un click en el partido y ahí creemos que el Pampa falló: sacarlo a Mouche para que ingrese Belluschi, cuando el punta estaba haciendo un juego parejo y cuando Reniero ya había tenido que dejar la cancha, fue una decisión que nos debilitó profundamente. Si antes de eso éramos un equipo liviano, ahí nos convertimos en peso pluma, dependiendo otra vez, exclusivamente, de alguna pincelada del 10. El segundo de Racing llegó un minuto después de esa modificación. Al toque entró Ariel Rojas en lugar del sentido Pereyra y ahí ya nadie sabía a ciencia cierta cómo estaba parado el equipo. Era un gol de distancia, pero, moralmente, el empate no parecía una opción real.

Decimos que el Pampa le pifió en ese cambio porque no es lo mismo defenderse como en el primer tiempo, con esa convicción de salir de contra y lastimar, que quemar todos los papeles y refugiarse media hora a aguantar como sea. Te puede salir, porque en el fútbol cualquier cosa puede salir, pero digamos que no le estás poniendo onda. Y no salió, claro, porque el Rasta es un jugador exquisito pero no te va a salvar las papas todos los partidos. Hay jugadores que confirmaron su bajo nivel y otros que cumplieron un buen partido, como Gonzalo y el pibe Ferrari, que defendieron con determinación e impidieron una derrota abultada y más dolorosa. Gudiño esta vez cumplió. Se viene Temperley, ¿una final? Ponele. Un aliciente, diría. Avanzar en la Copa Argentina es la zanahoria que nos queda y ganarla sería una manera digna de terminar el año. El que viene está la copa importante y mientras tanto hay que seguir dándole rodaje a estos pibes que van a ser el sostén del próximo San Lorenzo. Lo del Pampa parece historia juzgada: antes que caerle con todo el peso, como si fuera un traidor, sería mejor agradecerle por haber puesto el pecho en este momento y ayudar a armar un equipo prácticamente desde cero. Ojalá tenga suerte como DT. San Lorenzo va a mejorar porque hay material. Aparte, no nos olvidemos, peor está el Real Madrid.


Bambino, el ídolo que violó

En el fragmento de una entrevista televisiva, que pueden buscar en YouTube, le preguntan a Malena Candelmo si cree que hubiera sido una persona distinta, de no haber sufrido una violación cuando todavía era un varón pre adolescente. Ella se sincera y dice que siempre piensa en eso: en hasta qué punto ese episodio traumático habrá sido determinante en la conformación de su personalidad y en la identidad que después decidió adoptar. El 17 de octubre de 1987, Héctor Veira fue denunciado por abuso de menores. Malena Candelmo es hoy una mujer trans, pero entonces tenía 13 años y se llamaba Sebastián. A la inmensa gravedad del hecho se sumó la inmediata y total mediatización del caso, y ambos ingredientes configuraron un cóctel fatal para ese chico cuyo carácter apenas comenzaba a formar, como ocurre con cualquier pibe o piba de esa edad. En octubre de 1991, Veira ingresó a prisión para purgar una condena de seis años. 11 meses después, la Corte Suprema de Justicia determinó que la violación, en realidad, había sido “intento de violación”, basándose en nuevas pericias médicas efectuadas a la víctima. Las heridas que el Bambino Veira le había producido a Sebastián, en el ano, para entonces ya habían cicatrizado, y eso fue prueba suficiente para el supremo tribunal, que apuraría el cambio de carátula y pondría al director técnico en libertad.

Inmediatamente volvió a trabajar en San Lorenzo. El Bambino era abrazado por un ambiente futbolero que no acusaba recibo de nada de lo que había pasado. Mientras tanto, en algún rincón oscuro, el pibe Candelmo sufría las secuelas psicológicas de la violación más comentada de la historia de nuestro país, y de la recobrada popularidad de su siniestro violador.

Como hinchas de San Lorenzo, nos jactamos de un compromiso que excede lo que ocurre dentro del campo de juego: habitamos el despojo de la dictadura, resistimos la pretendida privatización del club y encendimos la maquinaria para recuperar los terrenos de Avenida La Plata, el corazón de nuestra historia. Pero, como hinchas de San Lorenzo, tenemos una deuda, con ese joven estropeado y abandonado por uno de nuestros héroes reivindicado incluso hasta hoy: el Bambino que nos sacó campeón en el ‘95, después de 21 años de sequía.

Yo estoy lleno de contradicciones, igual que cualquiera que esté leyendo esta nota. Me hago cargo. Miro los videos del ‘95 y me emociono con el cabezazo del Gallego y con el abrazo entre el Bambino y Orteguita mientras decía “vamos Pampa, vamos Pampa”,  porque creía que él había cabeceado al gol. No soy un paladín de la buena moral ni me la doy de nada. Lo que propongo es que deberíamos reflexionar, y tal vez hacer un mea culpa, quienes creamos que nos cabe esa responsabilidad. Después de salir campeón con nosotros, Veira se fue a dirigir a Boca, y cuando venía a jugar al Gasómetro le dedicábamos un cantito que todes recordamos: “Esta es tu hinchada, la que siempre te bancó. Esa hinchada, te gritaba violador”. Yo era pibe y tengo la sensación de cantarla con el pecho inflado de orgullo, por esa fidelidad que demostraba tener nuestra hinchada y que entonces me parecía un gran valor. Hoy puedo decir cabalmente que eso que cantábamos era una vergüenza y una canallada. En todo caso, si la hinchada de Boca efectivamente le había gritado violador, bienvenido sea que en ese momento haya habido una hinchada que se atrevió a gritar las cosas como fueron, escrachando a un tipo que había violado a una criatura y haciéndole pasar, aunque sea, un mal rato, hasta que volvía a encontrar refugio bajo el techo del banco de los suplentes.

Tampoco significa que la hinchada de Boca era pionera en cuestiones de Derechos Humanos, porque está claro que esos cantitos a favor y en contra del Bambino cabían en el marco de una disputa futbolera, de esas que suelen obturar la capacidad de razonamiento de los que están inmersos en su tribuna. Si Veira hubiese sido ídolo de Boca y no de San Lorenzo, seguramente los roles hubiesen sido invertidos. Pero, insisto, nos toca hacernos cargo de ese papel tristísimo que nos tuvo como protagonistas durante muchos, muchos años. Al que le quepa el saco, que se lo ponga. Y también insisto en esto: que no se trata de juzgar los sentimientos o los impulsos que supimos tener. Quizá se trate, más bien, de pensar cómo serían las cosas ahora, si tuviéramos que reaccionar frente a una situación de ese calibre. Ahí puede haber una respuesta, a la hora de ensayar una autocrítica por todo ese daño del que, decididamente, fuimos cómplices.

Y, mientras escribo, pienso otra vez en ese cantito, vuelvo a recordarme cantándolo. Esa época estaba a años luz de la actualidad, en cuestiones de género y en la empatía que socialmente se podía esperar con la víctima de un abuso sexual. “¡Esa hinchada te gritaba violador!”, cantábamos, pretendiendo negar un hecho nefasto que había sido largamente probado. Incluso una sobrina del Bambino terminó presa por falso testimonio, porque durante el juicio había declarado su presencia en el departamento, queriendo desmentir la versión de Candelmo.

Soy un defensor acérrimo de nuestra hinchada, no por llevar más gente que otra, no por alentar más ni por correr a nadie, sino porque estoy convencido de un compromiso social y político que está estrechamente ligado con el devenir de nuestra historia y con la identidad barrial que tenemos como club. El día que la Vuelta a Boedo se consume definitivamente, ese compromiso azulgrana se sentirá a flor de piel, acaso como nunca. Mientras tanto, yo, personalmente, voy a estar más orgulloso todavía de la hinchada cuerva si empezamos a enterrar a un ídolo cruel e injustamente venerado. Los muchachos del Grupo Artístico de Boedo ya dieron el primer paso: debajo de la popular ya no está el mural que homenajeaba al Bambino, porque fue tapado. En su lugar, pintaron el instante maravilloso del gol que nos consagró en Rosario esa vez. Sigamos el ejemplo. Seamos mejores personas.