Aves raras

Vamos a recordar

Últimamente volvimos a cantar en la tribuna que “acá está la Gloriosa barra de San Lorenzo”, y cada vez que empieza a sonar esa canción yo me acuerdo de mi viejo, o, mejor dicho, le dedico un pensamiento, porque en verdad no tengo muchos recuerdos suyos. Lo perdí cuando era chico, no sin antes asegurarnos el traspaso del bastón sanlorencista. Y cuando digo que me acuerdo de él, quiero decir que me acuerdo de él y de muchos más, no porque estén muertos necesariamente, sino porque protagonizaron una época. No es casual que la canción original sea “Todavía cantamos”, una expresión de esperanza en medio de la desesperanza que había compuesto Víctor Heredia. La versión cuerva, dice así: “Acá está la Gloriosa banda de San Lorenzo, la que no tuvo cancha y se bancó el descenso. A pesar de los años, los momentos vividos, siempre estaré a tu lado, San Lorenzo querido. ¡San Lorenzo querido!”.

Así la que cantamos ahora, con mucho tiempo de distancia, con algunos aprendizajes hechos y, sobre todo, con cancha propia. Pero en ese momento, con la B y la dictadura todavía incrustadas en el pensamiento, no era “la que no tuvo”, sino “la que no tiene”, con toda la connotación y el simbolismo puestos en los escalones de esas tribunas extrañas. No es noticia: San Lorenzo jugó en otras canchas durante muchos años; nos habíamos quedado en la diáspora después de una maniobra político-mafiosa que se había gestado desde posiciones de poder para quitarnos el Viejo Gasómetro, nuestro lugar en el mundo, el estadio de Avenida La Plata. Imaginate ahí, en la segunda bandeja de La Boca, en lo alto del Monumental, gritando desde las entrañas porque está por salir el equipo y nosotros tan sin cancha, tan despojados, tan solos, reconstruyéndonos desde el polvo que dejó la lenta demolición de nuestros corazones. ¿Cómo pretender que tantas sensaciones encontradas sean solamente fútbol? ¿Cómo hacer para que esa pelota no siga rodando al día siguiente, cuando te estás yendo a laburar? Imaginémonos, les que éramos chiques en los ‘80 e incluso les que no habían nacido, la bronca contenida que se liberaba en ese grito de resistencia: “Acá está la Gloriosa barra de San Lorenzo. La que no tiene cancha y se bancó el descenso”. Ese “acá está” no era azaroso. Ese “acá está” era todo. Porque, si estaban ahí, con todo lo que nos había pasado, con tanto despojo a cuestas, quería decir que iban a estar siempre, y que si aguantaban un tiempito más, todes nosotres, sus hijes, íbamos a estar ahí con ellos.

Esa canción cuerva, que cada tanto seguimos cantando en la cancha y que, para mí, es un homenaje a toda la gente que puso el cuerpo para seguir al equipo en los ochenta (quizá la etapa más negra de nuestra historia como club) es un himno a la resiliencia social y futbolera, resignificada a partir de toda la gesta de la Vuelta a Boedo, que comenzó desde bien abajo y que sigue presente en forma de ilusión de todo el Pueblo Sanlorencista.

Pero hay otra canción que no me quiero olvidar: no estoy seguro de cuándo fue que la empezamos a cantar, si en los ochenta o en los noventa, pero nunca perdió vigencia. Cantala mientras leés: “Voy a dejarlo todo, para ver al Ciclón”. ¿Qué pasa con esa? Bueno, es que hubo algo que se perdió en el camino. En algún momento, la muchachada cuerva empezó a cantarla así: “Yo pienso que esta noche vamos a festejar, porque nos fuimos a la B, porque volvimos a la A”. Si lo pensamos un toque, no tiene mucho sentido. El asunto es que esta canción tenía otro espíritu, decía otra cosa, y fijate cómo una palabra te cambia toda la novela. “Voy a dejarlo todo para ver al Ciclón, yo pienso que esta noche vamos a recordar por qué nos fuimos a la B, por qué volvimos a la A”. No es “porque”, es “por qué”, con la tilde en la é. Algo había pasado para que nos quedemos sin cancha y para que nos vayamos al descenso, y de eso no hay que olvidarse. Y después algo pasó en la B, para que hayamos vuelto tan rápido a Primera, y de eso tampoco nos tenemos que olvidar. Nuestra hinchada habla de “recordar” en sus canciones, y de eso hay que enorgullecerse: mientras tanta gente sigue creyendo que el fútbol es el opio de los pueblos, que desvía la atención de lo verdaderamente importante, nosotros hacemos ejercicio de memoria en nuestra tribuna; no nos dá igual lo que pasó, y eso está en el ADN de lo que somos como club.

Es cierto que festejar y recordar muchas veces son la misma cosa. Sin ir más lejos, todo lo que tiene que ver con la Vuelta a Boedo implica celebrar y hacer memoria a la vez. Pero, insisto: una canción que hable de “recordar”, cabe nada más en la tribuna de San Lorenzo. La próxima vez que estés en la popu y se la empiece a cantar, pará un toque la oreja: vas a ver que alrededor tuyo, un cuervo o una cuerva va a decir “recordar”, en lugar de “festejar”. Yo, mientras tanto, siempre espero que se cante la otra, la que me recuerda a mi gente querida: a veces me porto bien y digo “la que no tuvo cancha”, pero otras me salgo de la partitura y canto “la que no tiene cancha”, para tratar de sentir que estoy allá, con ellos, en alguna tribuna que no es la nuestra, aguantando los trapos de verdad.


Recuerdos de Primera B

Tengo pocos recuerdos del ´82, era muy chico. Esa campaña fuimos con mi familia a todas las canchas. Ningún estadio soportaba la marea de cuervos, en cada partido quedaba gente afuera que entraba con el partido empezado y se metía hasta en la popular visitante. Lo recuerdo como algo intenso, un poco perturbador. La campaña en Primera B fue una de las grandes gestas azulgranas y mi inicio como hincha. Las imágenes siguen siendo confusas, se mezclan y cambian de sentido con el paso de las anécdotas y de los años. Pero de este partido creo que me acuerdo, o más bien dicho, me acuerdo de esta foto. Fue en el Amalfitani, en épocas en donde nadie iba a la cancha con cámara de fotos salvo los reporteros gráficos. Al parecer salí en la revista Goles cosa que quedó en el imaginario familiar ya que nunca tuvimos la versión en papel e ese ejemplar.

Aquel día le ganamos a El Porvenir con un gol casi sobre la hora de Rubén Insúa y minutos más tarde la gente invadió la cancha, la euforia era una cosa de no creer. San Lorenzo volvía a Primera. En ese momento no me daba cuenta de todo lo que pasaba. Creo recordar que las salidas y entradas a los estadios eran un caos, y yo iba en andas de mi viejo para no perderme entre la gente, eso me lo acuerdo muy bien. Y recuerdo también que en ese año aprendí a gritar los goles, los gritaba como si fueran míos. A veces a la noche repasaba las jugadas en la cama antes de ir a dormir.

De aquel año todavía tengo la sensación: la presencia indeleble de la marea humana sacando nuestro querido San Lorenzo de sus años más oscuros.


A simple vista

A simple vista es solo una bufanda parecida. La lleva una mujer, una linda mujer que es más linda ahora que le acomoda el gorro a su hijo de tres años. A simple vista es un nene al que se le caen los mocos y se sostiene de la mano de su mamá mientras juega a subir y bajar un escalón de un salto. A simple vista el nene pide upa y la madre obedece.

Van cero a cero en un horrible partido de domingo. Anochece, frío, y Olimpo está todo atrás. Viene un centro a la olla. Un defensor anónimo la saca, torpe, al córner. La gente muestra un mínimo entusiasmo levantando el volúmen de sus voces. La madre canta. Su hijo a upa ahora le agarra los cachetes, las orejas, la nariz, le tironea esa bufanda azul y roja tan parecida, tan idéntica a la tuya, y la mamá hace lo posible por ver si el centro del córner lleva peligro, pero queda corto y Nahuel, porque en ese momento le dice quedate quieto Nahuel, me sonríe, acaricia la bufanda y me deja pensando si a simple vista se estarán viendo mis lágrimas.


La genealogía

Hay un carnet de cuero marrón que exhibo en mi biblioteca no solo como un tesoro, sino como un trofeo. “Mirá que yo vengo de una familia cuerva, eh. Mi abuelo era tano, cayó a la Argentina y se hizo del Ciclón. Ennio se llamaba.”

El carnet de cuero en la biblioteca es como ir a la cancha con la camiseta del ´95. Tenés historia.

Tu amigo futbolero te mira azorado… “nahhh, mirá lo que es ese carnet”. Y te remata ese momento de gloria con la pregunta obvia, la que sigue, la única, la indispensable

Che… y ¿por qué se hizo de San Lorenzo?

….

Lo mirás avergonzada porque sabés que el viejo vino a la Argentina, se hizo cuervo, sos cuerva gracias a él y nunca, pero nunca, le preguntaste por qué.


El Principito de Boedo

Otras mudanzas trajeron otras historias azulgranas; me voy a detener en la última. Esta vez perdimos, ya ni recuerdo con quién. Pero algunas semanas después, encasillando libros en la biblioteca me encontré con El Principito, probablemente el primer libro que haya tenido. Me lo compraron cuando tenía 6 años. Recuerdo que, a esa edad, empecé a leerlo y no lo entendí; pero decidí terminarlo igual, porque ya en mi más tierna infancia padecía la torturadora manía de tener que terminar casi todo lo que empiezo. Me impresionó encontrármelo de nuevo, así que lo ojeé. Encontré algunos manuscritos (mi nombre esbozado con un garabateo infantil que aún conservo), dibujos y pinturas sobre las ilustraciones. Me llamó la atención ésta:

Entre los trazos delineados sobre el libro estaba San Lorenzo. Me impactó pensar que San Lorenzo siempre ha estado en mi vida. Siempre: mis primeras pasiones, mis primeros recuerdos, mis primeras experiencias con mi viejo. Una de mis primeras imágenes de mi vida es en cancha de Ferro, un partido contra Talleres que empatamos 1-1. Recuerdo bien que en el entretiempo le pedí a mi viejo ir a ver los dibujitos. Tenía 3 años. El segundo recuerdo que tengo es el reboleo que sufrí cuando mi viejo gritó el empate mientras me tenía arriba suyo.

Mi viejo decía que había dejado de seguir a San Lorenzo hasta que mi hermano y yo nacimos y volvió a ir a la cancha. También decía que nunca nos insistió para que fuéramos cuervos ni futboleros. Presentaba las cosas como si nuestro sanlorecismo fuera innato y lo hubiera arrastrado a él también a una euforia futbolera que afortunadamente compartimos por algunos años. Yo no sé si habrá sido así, pero de lo que estoy seguro es que, desde chiquitito, al mundo lo pinto de azulgrana.