Para mí, Boedo es mi papá

1/Jul/20

Por Diego Barros, socio refundador N°03569

Mi papá es San Lorenzo, San Lorenzo es Boedo, Boedo es mi papá. Esa mano que te agarra fuerte, ese sudor que te da seguridad, ese apuro por subir los escalones de madera de la mano de un gigante, mientras los tablones tambalean al salto de la masa.

Es una tarde cualquiera de domingo, quizás es abril y corre el año 1976, casi sin saberlo estamos por entrar en la época más oscura de la historia de nuestro país. Salimos del barrio de Belgrano y vamos a Barrancas, ya no me acuerdo si caminando o en bondi, sí recuerdo que nos vamos a tomar el 65 o el 15, en definitiva, el que llegue primero.

Avenida de La Plata es nuestro destino final, nos sentamos en el colectivo. Voy con mi remera azulgrana, esa de tela pesada bien típica de los 70; y con la corneta que, años más tarde, en Sudáfrica 2006, se llamaría vuvuzela. Él se da cuenta: esa emoción por el acontecimiento que vamos a ver invade al niño, y él como buen poeta la alimenta.

Entonces, empiezan surgir las historias que alimentan y agigantan al Wembley porteño: “acá en Boedo jugaban Martino, Farro y Pontoni, sabes lo que eran esos tres, sabes lo que jugaban el Bambino, el Loco y el Manco“, me dice. Yo voy a ver al negro Ortiz, al lobo Fischer, a Pedrito González y al gran Héctor Scotta, él me cuenta del tucumano Albrecht, de “Batman” Buttice, del Sapo Villar, el Toscano y la Oveja Telch. Como olvidar su brazo, tomándome con fuerza, al enorgullecerse con estos relatos.

Mi padre corría, pero corría en serio, de esos que te dejan pintado en 10 metros, un verdadero atleta. A la pelota no le hacía mucha justicia, me enseñó a andar en bicicleta y me llevaba a la plaza, pero para mí, insisto, mi Papá es San Lorenzo. Es avenida La Plata 1700. Fue él quien me enseñó este amor, esta enfermedad sin cura que le contagié a mis hijos.

Por eso, hoy, cuando volvamos a casa, quiero devolverle todo ese amor y que su nombre sea parte de esta gesta, de este sentido de pertenencia inagotable. Quiero que cuando se nombre a los miles de socios refundadores que la hicieron posible, se lea también que Miguel Angel Barros aportó su grano de arena para la vuelta a Boedo. Porque, una vez más, mi papá es San Lorenzo, San Lorenzo es Boedo y Boedo es mi papá. Y eso es lo más lindo que tengo.

Microrrelatos por la vuelta, primera edición. Por Diego Barros. 

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Historias del 95

25/Jun/20

Hoy se cumplen 25 años (y es realmente increíble tener recuerdos de 25 años) de la gesta cuerva en Rosario. Retengo detalles de ese día que, lo sé, nunca olvidaré.
No fue fácil decidir ir en familia hasta allá. Tras ir primero buena parte del torneo, San Lorenzo había perdido la punta dos fechas antes en cancha de Vélez. Castrilli le había anulado mal un gol a Silas por una falta inexistente a Chilavert y en todos los cuervos pesaba la sensación de que la gran chance se había ido. Gimnasia llegaba puntero, luego de ganarle en la penúltima fecha 1-0 a Ferro en Caballito con un error grosero de Pogany a pocos minutos del final (ese equipo de Gimnasia tenía la particularidad de ganar los partidos sobre la hora). En ese partido se dio el recordado insulto de Griguol al Yagui Fernández, después de que el Yagui se hiciera expulsar estúpidamente. San Lorenzo le ganó a Lanús y, aunque se cantaba “No me importa Caballito, San Lorenzo da la vuelta en Arroyito”, el clima era de tristeza. Tal vez entendiendo que había que levantar la moral, el Bambino Veira fue la noche de ese domingo a los estudios de Fútbol de Primera a pedirle a la hinchada de San Lorenzo que armara una fiesta en Rosario y acompañara al equipo con 25.000 personas.
Ese año, como casi todos, fuimos a muchos partidos con mi viejo. Recuerdo haber ido a Avellaneda, cuando le ganamos al Racing dirigido por Maradona-Fren (ese día a mi viejo le afanaron $50) y a la cancha de Vélez a ver un Platense-San Lorenzo en el que el Gallego González hizo uno de los goles más lindos que haya visto en un estadio.
Teníamos que decidir si íbamos a Rosario. A pesar de su pesimismo estructural (que lo hacía estar permanentemente seguro del fracaso), mi padre era también un impulsivo al que le encantaban las aventuras. Así fuimos: papá, mamá y hermanos, en el auto que sumaba Maxi, otro cuervo amigo.
Recuerdo el entusiasmo del viaje en auto, algo que no solía hacer y menos en viajes largos. Ya en la ruta se vislumbraba lo que finalmente sería: una marea cuerva en Rosario. En cada ciudad que pasábamos, en cada puente en la ruta nos esperaban banderas azulgranas, multitudes festejando una cosa imposible. Teníamos que llegar y sacar las entradas, insólito en nuestros días. Luego de una lucha cuerpo a cuerpo, mi padre consiguió sacar plateas locales, algo que terminaron haciendo muchísimos hinchas de San Lorenzo, dada la amistad que había con Central.
El partido fue inesperado. El gol de Mazzoni en La Plata, el penal errado por Netto, el gol del Gallego González. Recuerdo la gran invasión al campo de juego, varios hinchas dando la vuelta olímpica de rodillas y las dos banderas, canalla y cuerva, festejando juntas adentro de la cancha. Recuerdo esa conmovedora solidaridad canalla: la imagen imborrable del “SAN LORENZO CAMPEÓN” escrito en el cartel electrónico del gigante de Arroyito. Recuerdo a un hombre adelante nuestro, todavía pegado a la radio y llorando desconsolado en los brazos de su mujer. Me recuerdo a mí mismo llorando como lo que era: un nene de 10 años.
La vuelta fue caótica. En algún momento pasamos por una pizzería repleta de hinchas de San Lorenzo, exultantes. Daba la sensación de que todo el mundo era hincha de San Lorenzo. Al salir de la ciudad, atravesamos varios kilómetros de asentamientos populares al costado de la ruta. Recuerdo el reguero interminable de casillas, los autos yendo a paso de hombre y cientos de niños tratando de vendernos algo en el medio de un frío polar. Me pareció estar en una escena de guerra. Eran los estragos ya visibles del neoliberalismo castigando a Rosario.
Tal vez haya sido en ese momento que mi padre compró una bandera azulgrana que decía “San Lorenzo Campeón”. La misma que nos acompañó en 2014 cuando ganamos la Libertadores en el Nuevo Gasómetro.

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Mis recuerdos cuervos

17/Ago/19

Mis recuerdos “cuervos”

 

Tuve la buenaventura de ser 3ra. Generación de cuervos. De la mano de padres y abuelos conocí a mediados de los ´70 el Viejo Gasómetro, época en la cual el club florecía en todos los aspectos. San Lorenzo no sólo ofrecía un sinfín de actividades, sino además la tranquilidad a los padres que en el Viejo Gasómetro nada malo  podía ocurrir, de hecho todo lo bueno me ha ocurrido allí.

 

Es así que siendo aún preadolescente, fui adquiriendo cierta libertad dentro del club y participar de cuánta actividad me gustaba, primero fue la natación y sus campeonatos en  la grandiosa pileta olímpica de Av. La Plata, más tarde el  patín artístico despertó mi interés y a fuerza de giros, piruetas y mucha constancia porque era algo “patadura”, me incorporé al equipo de baile que representó al club en cuanto evento se presentaba.

 

Pero la experiencia más maravillosa la tuve en el Centro Recreativo CASLA, colonia de vacaciones que agrupó a un montón de niños que hoy tienen más de 40 años y que si leen estas líneas recordarán seguramente esa etapa con todo el cariño con que hoy la recuerdo.

Para ese entonces el Centro propició un curso de Líderes de Recreación reuniendo a un grupo de jóvenes con una edad promedio de 15 años y del cual fui partícipe desde sus orígenes. Allí y con el objetivo de secundar a los profesores durante las temporadas de vacaciones de invierno y verano, nos iniciaron en distintas actividades recreativas, deportivas y campamentiles que transmitimos a los niños bajo las consignas de respeto, responsabilidad,  amistad y libertad.

 

Los pre-carnavales y carnavales es un capítulo aparte, por allí pasaron muchos cantantes que en un futuro se convertirían en grandes artistas  tales  como Serrat, Julio Iglesias y Sandro, entre otros. Crecí en esas noches mágicas al son de la música y el encuentro.

El resto del año los bailes se hacían los sábados en el SALON SAN MARTIN y hasta las 3 de la mañana porque así era el estilo de la época, las mesas alrededor del salón con las madres que acompañaban y vigilaban discretamente nuestros movimientos y el despertar de los primeros amores cuervos.

 

Una mención especial es para la cancha del Viejo Gasómetro, que desde  sus tablones de madera, todo un símbolo de esa época, o desde la Platea de Damas, nos reunía familiarmente semana tras semana despertando mi pasión futbolera por los colores azulgranas.

 

Con el paso del tiempo la vida me llevó por otros caminos ya fuera del club, hoy tengo  dos hijos que son “cuervos de alma” y dos pequeños nietos socios refundadores, que seguramente escribirán su propia historia desde las nuevas y recuperadas tierras de Av. La Plata.

 

 

Marcela Ester Negri

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El alma encendida

2/Jul/19

Cuando le pedí a Coca que me diga su dirección, para pasarla a visitar, y me nombró el pasaje Timbúes, tuve que pelar el mapa, porque nunca en mi vida había escuchado de ese pasaje. Pero ahí estaba nomás: cuadra y media de la Placita Butteler, tres cuadras y monedas del terreno que, desde el domingo, volvió a sus manos originales, las que mejor lo abrigan.

Habrá sido hace un año. Tal vez más. La Coca tenía 94 y se encargó de dejarme en claro que no tenía ningún tipo de celo con que se supiera su edad. Yo le había dicho que nos juntáramos a charlar sobre el barrio, sobre la vuelta de San Lorenzo, y eso fue lo que hicimos. Pero también conversamos de un montón de cosas más. 

Ella se pasó la infancia en la zona de Congreso y se acuerda como si fuera hoy de la peluquería de su abuelo, donde también trabajaba su papá. En realidad, se acuerda de muchas cosas como si fuera hoy. Me cuenta que tuvo un matrimonio de 25 años y otro de 44, pero que su único amor fue un novio que conoció cuando ella tenía 15: lo nombra con nombre y apellido y me dice que se acuerda incluso cómo se llamaba la madre. No hace falta, le digo. “Mi primer y único amor, el que nunca pude olvidar”.

El padre siempre fue socialista, pero, a diferencia de muchos socialistas, no se llevaba mal con Perón. “Él tenía un amigo que era hincha de San Lorenzo y los recuerdo leyendo el diario, buscando cómo había salido el partido. Yo era chica, y en ese momento todavía no teníamos radio, ni nada. Entonces, no les quedaba otra que esperar hasta que llegara el diario. Al tiempo, nos mudamos acá, y ahí toda la familia ya nos habíamos hecho hinchas”. Coca dice que temblaban las paredes de la casa, cada vez que había partido, y que a ella le encantaba todo lo que pasaba durante ese día.

No sé si el domingo habrán vuelto a temblar las paredes de Timbúes, pero seguro que el viento les alcanzó a los vecinos las coplas de los recitales, de las poesías que se leyeron, de las canciones que cantó el pueblo azulgrana, con los pies en su tierra, y de los fuegos artificiales que se desataron después de la cuenta regresiva, la del último reloj, la que anunció el renacimiento. No creo que Coca haya estado en Avenida La Plata, pero estoy seguro que sabía por qué se estaban tirando esos fuegos en el barrio.

Es que volvió San Lorenzo. Le volvió el alma al cuerpo a Boedo.

80 años, 3 meses y 20 días, tenía su papá, cuando se murió. No lo estoy inventando. Así me lo contó Coca, la abuela memoriosa, cuando hablaba sobre él. “Trabajaron muchísimo para que nosotros pudiéramos ir al colegio, y me acuerdo que mi mamá luchaba para que no tuviéramos que ir en zapatillas. Era importante, para ella. Eran otros tiempos”. Y en la casa de Timbúes, trabajó un hombre que vendía jaulas para pajaritos, y hubo también una zapatería primero y una casa de medias después. Más de una vez, al parecer, Evita estuvo ahí, probándose unos tacos, así que los vecinos del pasaje bien pueden vanagloriarse de eso. ¡Qué importa si es cierto o no! Cualquier cosa, dicen que se los contó la Coca, y ya está.

Dice que cuando estaba el Viejo Gasómetro a ella le habría encantado tener un balconcito, como hay ahora, para ver los partidos, y dice orgullosa que ella estuvo en los “bailes hermosos de San Lorenzo”, que vio a la orquesta de D’Arienzo y a muchos de los artistas del momento: “Todo en la cancha, y acá la gente del barrio estaba siempre contenta”.

Coca, la cuerva que anda por los noventa y pico, trabajó como secretaria en un estudio de abogados, y también para una casa de repuestos de automóviles. Eso fue antes de casarse. Después, para paliar alguna de las crisis que cada tanto nos regala nuestro país, trabajó con su marido en una inmobiliaria, y se acuerda de cada vez que viajaba hasta la Provincia para estar en los loteos que se hacían. “No sé si disfruté de trabajar -confiesa-, de lo que siempre disfruté fue de estar con mi familia”. 

Es familiera y es barriera -no importa si no existe la palabra-, y se queja en buena ley de que ya nadie se cruza para tomarse unos mates con el vecino de enfrente: “¿Qué mal le hace a la gente volver a pensar en el ayer? ¿No es bueno que alguien te refresque la memoria?”, se pregunta, me pregunta. Y ya conoce la respuesta. Achica la voz para hablarme de una vecina -como si la vecina nos fuera a oír a través de las paredes-, y me cuenta que no quiere la cancha otra vez porque piensa que los coches se van a subir a la vereda cuando hay partido. Coca no, ella no tiene miedo. Coca quiere la cancha para que vuelva la barriada y para que se rompan esas barreras piojosas de la soledad. Coca quiere el carnaval y el piberío. Después vemos lo de los autos, la vereda y la mar en coche. Lo que quiere Coca es que los vecinos se vuelvan a charlar un poco, en lugar de quedarse enfrascados frente al televisor, como si fuera un espejo empañado. 

Sí, Coca, Es bueno que alguien te refresque la memoria, y de eso mucho sabe el pueblo sanlorencista que te enorgullece. “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento”, dice el tango de Buenos Aires que nosotros y nosotras hicimos carne en Boedo. Y nos pusimos el sayo, y salimos a la calle a pelearla la memoria, a pelearla la historia para volver a ponerla en su lugar.  

Y logramos que vuelva San Lorenzo. Y logramos que le vuelva el alma al cuerpo a Boedo.

Y mirá si será generosa, Coca, que en ningún momento de las dos horas de charla que tuvimos se puso a pensar que ella no la va a ver la cancha. En ningún momento permitió que prime lo personal por encima de la lucha colectiva. Y eso es porque Coca es una cuerva de ley, igual que su familia: no la que vive con ella en la casa de Timbúes, sino la otra, la más numerosa, la que el domingo recuperó Avenida La Plata y entró como malón a su tierra prometida. “¿Qué importa del después?”, pensará ella, detenida en un pasado sin tiempo, pero con la mirada puesta en el mañana; en ese Boedo que una vez se quedó sin luz, pero que ahora volvió a tener el alma encendida.

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El día que creí en un Dios azulgrana

15/Jun/19

El cielo estaba espeso, plomizo. Se arrimaba una tormenta como la que San Lorenzo atravesaba en aquel 2012 al constante borde del naufragio.

Yo me había sarpado un cachito de escabio la noche anterior a ese domingo de mayo. Jugábamos con ñuls que peleaba el campeonato y nosotros batallando con el descenso. Estaba jodido, había que encomendarse a Dios, pero yo estaba complicado porque era ateo.

Viví el partido entre resaca y malestar físico, solía ir solo en aquellos años. El partido arrancaba, San Lorenzo era más pero Ñuls hacia los goles (eso es el fútbol a veces, se puede jugar bien y no ligar) y terminaba el primer tiempo con un 0-2. La gente alrededor parecía sumergirse en la fe. Yo lo único que sabía es que San Lorenzo en las jodidas siempre se levanta, esa era mi única certeza en ese quilombo. El ciclón es una tromba y en una ráfaga se pone 2-2 con goles de Gigliotti y un héroe sin capa como Carlitos Bueno. El tiempo corre, se nos escapa como el agua entre las manos, con la certeza de no volver atrás. La desesperación me había aferrado a la fe, un diálogo con mis propias contradicciones, en el momento en que Bueno baja un bochazo imposible, Romagnoli se disfrazaba de sí mismo en los primeros años del 2000, desbordaba, tiraba el centro. Gigliotti en un movimiento irrepetible e intentendible empujaba el 3-2. Se ganaba un partido inganable, improbable, infartante y cuesta arriba; una señal de esperanza salida de no sé donde. Mis convicciones religiosas, previas al minuto 41 del Segundo tiempo, se habían ido al carajo. El Nuevo Gasómetro era un hervidero, un grito de desahogo, como un exorcismo masivo, arrimaba el Sol pese al cielo espeso… Si existe un Dios esa tarde también anduvo por el Bidegain.

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El trapo que casi queda en Marrakesh

5/Jun/19

La previa del partido contra el Madrid venía difícil. Un solo supermercado, Carrefour (ejem), y toda la bebida caliente. Esto hacía que extrañara al chino de la esquina de casa. A medida que circulaba el alcohol subía la temperatura.
Para ir a la cancha conseguimos una especie de moto con caja atrás en la que entraban 8 personas y ahí fuimos: la primera loma de burro tuvimos que bajar dos para empujar.
Faltando 20 cuadras para llegar a la cancha nos paró un semáforo y el cuervazo que iba atrás con la bandera era el que estaba más borracho de todos. Entonces no fue difícil para el niño de aproximadamente 8 años robársela y salir corriendo.
En ese segundo se bajaron cuatro y una señorita (que estaba embarazada y no lo sabía todavía) en búsqueda de aquel travieso marroquí.
Esa corrida fue inolvidable, con varios kilos y bebida de más fue difícil atraparlo entre calles laberínticas.La corrida desembocó en un especie de barrio marginal que estaba lleno de gente que se sorprendió al ver 4 personas vestidos enteramente de azulgrana. No tardaron un minuto en rodearnos. Entre insulto va, insulto viene y sin entendernos absolutamente nada, presagiamos un final oscuro.
Fue en ese instante que apareció milagrosamente el conductor de nuestro viaje ynos hizo unas señas que entendimos perfectamente. La traducción fue mas o menos así: “déjense de romper los huevos, vuelvan a la moto que yo les arreglo esto”
Y sí. A los 5 minutos volvió con nuestra bandera. Absolutamente nadie le preguntó como la consiguió, total no íbamos a entender nada.
El viaje siguió y el resto es otra historia.

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Don Juan

21/Feb/19

Mi viejo me contó la historia varias veces: a él no lo hizo hincha de San Lorenzo mi abuelo David, un entrerriano bien querible al que el fútbol no parecía entretenerle. La pasión se la convidó un vecino llamado Don Juan, que atesoraba en Villa Ballester unos banderines azulgranas que le daban color a su vivienda. Así fue que Héctor, el niño inquieto de una generación sin millennials ni centennials, abrazó la pasión por el club de Boedo, sin siquiera pisar las calles del barrio: a través del encanto hipnótico de los colores.

Nunca conocí a Don Juan, por obvias razones generacionales. Mi viejo cuenta que comía un churrasco de madrugada, antes de ir a su trabajo: literalmente se desayunaba el almuerzo. Y que una noche, ya más grande, su corazón azulgrana dijo basta mientras estaba sentado en su vivienda. Al parecer murió tranquilo, sensación que los y las cuervas no solemos experimentar durante los partidos. Tampoco eran épocas de grandes chequeos de rutina en el médico, nutricionistas y psicólogos: se marchaba más temprano al otro barrio. Desconocer a veces aliviana, como en todos los órdenes de la vida.

De haberlo visto alguna vez, le tendría que haber agradecido: por herencia paterna amo estos colores, me identifico con los valores sociales que profesa el club, y pertenezco a los millones que cada fin de semana mutamos nuestro ánimo en relación a lo que pase con San Lorenzo. Incluso no sabía de esta historia cuando, a fines de 2001, saqué dos entradas para la final de la Copa Mercosur: fuimos con Héctor al codo Q, aquella noche que el Coco Capria nos hizo tocar el cielo con las manos, y le declaramos al Ingeniero Pellegrini nuestra admiración eterna. Antes había pasado el Estado de Sitio, que se llevó puesto a De la Rúa y postergó un mes el partido, en una Argentina quebrada por los de siempre.

Qué pena que Don Juan no pudo ver la Copa Libertadores 2014, pienso mientras escribo. Le hubiera encantado el estilo verbal de Patón Bauza, el planteo aguerrido de un equipo que nunca se daba por vencido, el estallido del Pedro Bidegain por el gol del gordo Ortigoza. ¿Seguro que no la pudo ver?, digo y me acerco a otra pregunta crucial, fuerte, pujante, que nos taladra a los ansiosos: ¿San Lorenzo jugará en el más allá?. “Es el equipo del Papa Francisco” me dijo una vez un amigo, cuyo padre ya no está por acá. Me gusta la idea de esas plateas más altas, parafraseando al Indio Solari en recital de Los Redondos. Ojalá exista un más allá donde Don Juan le cuente al Padre Lorenzo como hizo dos generaciones de cuervos, mientras ambos reciben a Batman Buttice y le preguntan como anduvo la celebración por el 50 aniversario de Los Matadores. Ojalá.

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El Tano del Ciclón

5/Feb/19

Alberto es un italiano que se enamoró de San Lorenzo. Así como suena: llegó a Argentina de la mano de su novia, una mendocina que conoció en Madrid, donde trabajaba temporalmente. Y, a contramano de muchos argentinos que hoy enfilan nuevamente al Viejo Continente por la crisis económica, aterrizó en Buenos Aires en 2015. Otro país, en todo sentido. Venía a buscar una América Latina que ya estaba mutando a otra, que ya se estaba tirando más a la derecha, que ya comenzaba a ser menos amena con los migrantes y más amena con los poderosos.

Alberto es abogado. Tiene su título italiano y lo está homologando acá. Cada vez que puede, cuando el tiempo laboral y el bolsillo lo permiten, vuelve a visitar a sus padres en su Milán natal. Allá también tiene a sus amigos y al Inter, el equipo que siguió en trenes y aviones low cost por toda Europa, en Champions y la ex UEFA, cuando aún brillaba en el césped Iván Ramiro Córdoba, de gran paso por el Ciclón. Cambió el Giuseppe Meazza por el Pedro Bidegain y la cerveza Peroni por el peronismo, siempre encantador de propios y ajenos. Dejó el barrio San Siro por las caminatas en Boedo y las previas en Avenida La Plata: llega antes que nadie al Jia Xuan, el chino de la esquina con Fernández de la Cruz, para abrir una lata fría de birra industrial. Y no se arrepiente, porque eligió esa nueva vida: hasta se enorgulleció en público cuando, a fines de 2018, hizo su primer asado (símbolo  de la argentinidad si los hay).

No se hizo socio tan rápido: primero asomó algunos partidos en carácter de invitado. Hasta se agobió de calor en un amistoso vs Gimnasia y Esgrima de La Plata, tratando de comprender qué hacía que miles de cuervos estuvieran en algarabía bajo más de 30 grados y un sol atronador. Se deslumbró por un caballo que siempre aparecía en las afueras del Estadio, algo impensable en su país de origen. Le gustó ese criollismo: no todo siempre tiene que tener una explicación rígida, un ordenamiento total. Y luego, cuando su DNI estuvo listo, pidió el carnet más lindo del mundo: el que lo acreditaba con la ciudadanía cuerva. Desde ahí se perdió contados partidos, por compromisos ineludibles de una vida desparramada entre Milan, la Ciudad de Buenos Aires y Mendoza. Y también se vinculó con el Ciclón por su militancia social: se integró a La Soriano y se opuso a las Sociedades Anónimas Deportivas, con conocimiento cabal del desaguisado que éstas hicieron en algunos clubes europeos.

Hay algo entre Italia y San Lorenzo: la familia Monti, que se cuenta entre los fundadores de nuestra institución, provenía de aquel país; el mismísimo San Lorenzo, diácono regionario de la iglesia católica, fue martirizado en Roma en agosto del 258; y en 2013, en esa misma ciudad, fue elegido Santo Pontífice un socio azulgrana de larga data: Jorge Mario Bergoglio, que se vistió de Papa Francisco y entre sus primeras frases públicas sentenció “que gane San Lorenzo”. El padre de Lorenzo Massa, de igual nombre, había nacido también en Turín. El Tano, a su manera, se sumó a esa conexión entre sus dos países. ¿Cuánto tiempo más seguirá en Argentina? Nadie lo sabe, porque la situación económica está brava y el horizonte es incierto no sólo para él, sino también para más de 40 millones que día a día la salimos a pelear. Pero sea en esta tierra o en aquella que lo vio nacer, habrá dos palabras que lo acompañarán por siempre, como acompañaron a Massa, Monti y Bergoglio: San Lorenzo.

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Vamos a recordar

20/Sep/18

Últimamente volvimos a cantar en la tribuna que “acá está la Gloriosa barra de San Lorenzo”, y cada vez que empieza a sonar esa canción yo me acuerdo de mi viejo, o, mejor dicho, le dedico un pensamiento, porque en verdad no tengo muchos recuerdos suyos. Lo perdí cuando era chico, no sin antes asegurarnos el traspaso del bastón sanlorencista. Y cuando digo que me acuerdo de él, quiero decir que me acuerdo de él y de muchos más, no porque estén muertos necesariamente, sino porque protagonizaron una época. No es casual que la canción original sea “Todavía cantamos”, una expresión de esperanza en medio de la desesperanza que había compuesto Víctor Heredia. La versión cuerva, dice así: “Acá está la Gloriosa banda de San Lorenzo, la que no tuvo cancha y se bancó el descenso. A pesar de los años, los momentos vividos, siempre estaré a tu lado, San Lorenzo querido. ¡San Lorenzo querido!”.

Así la que cantamos ahora, con mucho tiempo de distancia, con algunos aprendizajes hechos y, sobre todo, con cancha propia. Pero en ese momento, con la B y la dictadura todavía incrustadas en el pensamiento, no era “la que no tuvo”, sino “la que no tiene”, con toda la connotación y el simbolismo puestos en los escalones de esas tribunas extrañas. No es noticia: San Lorenzo jugó en otras canchas durante muchos años; nos habíamos quedado en la diáspora después de una maniobra político-mafiosa que se había gestado desde posiciones de poder para quitarnos el Viejo Gasómetro, nuestro lugar en el mundo, el estadio de Avenida La Plata. Imaginate ahí, en la segunda bandeja de La Boca, en lo alto del Monumental, gritando desde las entrañas porque está por salir el equipo y nosotros tan sin cancha, tan despojados, tan solos, reconstruyéndonos desde el polvo que dejó la lenta demolición de nuestros corazones. ¿Cómo pretender que tantas sensaciones encontradas sean solamente fútbol? ¿Cómo hacer para que esa pelota no siga rodando al día siguiente, cuando te estás yendo a laburar? Imaginémonos, les que éramos chiques en los ‘80 e incluso les que no habían nacido, la bronca contenida que se liberaba en ese grito de resistencia: “Acá está la Gloriosa barra de San Lorenzo. La que no tiene cancha y se bancó el descenso”. Ese “acá está” no era azaroso. Ese “acá está” era todo. Porque, si estaban ahí, con todo lo que nos había pasado, con tanto despojo a cuestas, quería decir que iban a estar siempre, y que si aguantaban un tiempito más, todes nosotres, sus hijes, íbamos a estar ahí con ellos.

Esa canción cuerva, que cada tanto seguimos cantando en la cancha y que, para mí, es un homenaje a toda la gente que puso el cuerpo para seguir al equipo en los ochenta (quizá la etapa más negra de nuestra historia como club) es un himno a la resiliencia social y futbolera, resignificada a partir de toda la gesta de la Vuelta a Boedo, que comenzó desde bien abajo y que sigue presente en forma de ilusión de todo el Pueblo Sanlorencista.

Pero hay otra canción que no me quiero olvidar: no estoy seguro de cuándo fue que la empezamos a cantar, si en los ochenta o en los noventa, pero nunca perdió vigencia. Cantala mientras leés: “Voy a dejarlo todo, para ver al Ciclón”. ¿Qué pasa con esa? Bueno, es que hubo algo que se perdió en el camino. En algún momento, la muchachada cuerva empezó a cantarla así: “Yo pienso que esta noche vamos a festejar, porque nos fuimos a la B, porque volvimos a la A”. Si lo pensamos un toque, no tiene mucho sentido. El asunto es que esta canción tenía otro espíritu, decía otra cosa, y fijate cómo una palabra te cambia toda la novela. “Voy a dejarlo todo para ver al Ciclón, yo pienso que esta noche vamos a recordar por qué nos fuimos a la B, por qué volvimos a la A”. No es “porque”, es “por qué”, con la tilde en la é. Algo había pasado para que nos quedemos sin cancha y para que nos vayamos al descenso, y de eso no hay que olvidarse. Y después algo pasó en la B, para que hayamos vuelto tan rápido a Primera, y de eso tampoco nos tenemos que olvidar. Nuestra hinchada habla de “recordar” en sus canciones, y de eso hay que enorgullecerse: mientras tanta gente sigue creyendo que el fútbol es el opio de los pueblos, que desvía la atención de lo verdaderamente importante, nosotros hacemos ejercicio de memoria en nuestra tribuna; no nos dá igual lo que pasó, y eso está en el ADN de lo que somos como club.

Es cierto que festejar y recordar muchas veces son la misma cosa. Sin ir más lejos, todo lo que tiene que ver con la Vuelta a Boedo implica celebrar y hacer memoria a la vez. Pero, insisto: una canción que hable de “recordar”, cabe nada más en la tribuna de San Lorenzo. La próxima vez que estés en la popu y se la empiece a cantar, pará un toque la oreja: vas a ver que alrededor tuyo, un cuervo o una cuerva va a decir “recordar”, en lugar de “festejar”. Yo, mientras tanto, siempre espero que se cante la otra, la que me recuerda a mi gente querida: a veces me porto bien y digo “la que no tuvo cancha”, pero otras me salgo de la partitura y canto “la que no tiene cancha”, para tratar de sentir que estoy allá, con ellos, en alguna tribuna que no es la nuestra, aguantando los trapos de verdad.

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“Mi papá murió el año que ganamos la copa”

14/Ago/18

Por Lucía Santa María

 

Durante mucho tiempo quise escribir un cuento que diga, que explique, cómo fue que eso pasó, cómo fue posible que habiendo tantos años, tantas copas, tantas posibilidades (bueno, eso no) justo ganamos la Copa Libertadores ese año, el año en el que mi papá se murió. Empecé textos, escribí notas en el celular, arranqué hojas de mi cuaderno Rivadavia, siempre sin poder llegar a nada, buscado una respuesta que no estaba en ningún lado.

Si fuese de otro equipo, estas palabras quizás no tendrían mucho sentido, pero yo soy de San Lorenzo, así que pararme en este lugar implica muchas cosas, incluso pensar que el futbol nunca es solo fútbol, sino algo más complejo que va atravesando tu vida, tu historia, tu familia y con eso, todos los momentos que te determinan.

San Lorenzo siempre fue un lugar de pertenencia, generador de una secuencia de imágenes que arrastro desde mi infancia y también de anécdotas que le pertenecen a mi papá, pero que cuando resurgen, hay algo vinculado a la complicidad que las instala como propias. En esos relatos lo imagino yendo al Viejo Gasometro o a cualquier cancha a la que le tocara seguir a San Lorenzo. Puedo verlo en la tribuna visitante, mezclado entre los hinchas rivales porque esa vez no tenía un mango (bah, nunca tenía ) y no le alcanzaba para un choripán, entonces compró una popular visitante que era mas barata y pudo hacer las dos cosas. Porque además de cuervo, gordo siempre..

Viajo mentalmente a ese primer partido en la cancha juntos, una noche recontra fría en la que por supuesto perdimos 3-1 contra Gimnasia de Jujuy, creo que fue en el 98’. Vuelvo a ese campeonato que ganamos en 2001, esa fue la primera vez que vi a San Lorenzo salir campeón en la cancha. Revivo la alegría, los abrazos, la locura de sentir que por fin nos tocaba a nosotros. Me acuerdo de terminar peleando porque ni a mi hermano ni a mi nos dejó entrar a la cancha. Yo tenía 12, 13 años y pensaba que si arrancaba un pedacito de pasto, la felicidad de ese día se iba a quedar conmigo para siempre. Después vinieron un montón de otros partidos, con calor, con lluvia, pero siempre que pienso en mi infancia en la cancha se me viene la misma imagen: mi hermano y yo chiquitos, saltando abajo de la lluvia, eufóricos, y papá tratando de taparnos con una bolsa que había encontrado por ahí, pero nosotros no queriamos evitar esa lluvia, nos sentíamos invencibles.

Y de repente pienso en el campeonato del 2013, el que le dió a San Lorenzo la posibilidad de clasificar a esa copa. Me acuerdo del partido con Velez, de la pelea con mi hermano porque no me quiso llevar a verlo con él y los chicos al club. El calor de ese diciembre, los nervios, la atajada de Torrico, esos ultimos minutos caminando sola por la vereda de mi casa porque ya no aguantaba más. Y después entrar corriendo y ese abrazo que de cierta forma se unía a ese abrazo que nos dimos en la cancha en el 2001, pero esta vez el escenario era distinto, nos abrazábamos en el pasillo de mi casa, sin querer hacernos cargo pero sabiendo que no quedaban más campeonatos juntos.

Así que ese 2014 el destino trazó una gran paradoja, mi papá solo pudo ver uno de esos partidos, el primero, ese que perdimos 2-0 con Botafogo y que claramente no ilusionaba a nadie. Se fue antes de poder ser testigo de esa clasificación agónica, de ver como empezábamos a estar cada vez más cerca, incrédulos pero rendidos ante esa esperanza miedosa de quien puede lograr algo que soñó tanto. El escenario era increible y la ausencia de mi papá lo terminaba de completar. Èl no estaba para resoplar con un pucho en la mano y agarrarse la cabeza de costado, con ese gesto tan suyo que se me arma mientras escribo esto. Tampoco estaba para gritar ese gol de Piatti que empezaba a cambiarlo todo.

Pero el fútbol no es sólo fútbol, nunca es solo fútbol, así que entre todos esos nervios, entre todos esos sentimientos que se iban ensamblando, yo lo sentí ahí conmigo. Lo busqué en cada corner, nuestro para que el gol llegue, de ellos para que la pelota se vaya al estacionamiento. Lo busqué cuando cerré los ojos y Ortigoza pateó el penal. Un poco porque necesitaba de esa complicidad, otro poco porque no me animaba a mirar el arco. Me acuerdo de abrir los ojos en medio de tantos abrazos, darme cuenta de que la pelota había entrado y pensar que solo quedaba aguantar, como siempre. Bancarla toda para defender esa felicidad.

Ese día, ese 13 de agosto, cuatro años antes de que yo pueda escribir esto, ganamos la copa, y digo ganamos porque estoy segura de que él también estuvo ahí, apretando el puño desde algún lugar y llorando sin entender nada como nosotros.

 

https://revistacopenhague.blogspot.com/2018/08/mi-papa-se-murio-el-ano-que-ganamos-la.html?m=1

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Recuerdos de Primera B

8/May/18

Tengo pocos recuerdos del ´82, era muy chico. Esa campaña fuimos con mi familia a todas las canchas. Ningún estadio soportaba la marea de cuervos, en cada partido quedaba gente afuera que entraba con el partido empezado y se metía hasta en la popular visitante. Lo recuerdo como algo intenso, un poco perturbador. La campaña en Primera B fue una de las grandes gestas azulgranas y mi inicio como hincha. Las imágenes siguen siendo confusas, se mezclan y cambian de sentido con el paso de las anécdotas y de los años. Pero de este partido creo que me acuerdo, o más bien dicho, me acuerdo de esta foto. Fue en el Amalfitani, en épocas en donde nadie iba a la cancha con cámara de fotos salvo los reporteros gráficos. Al parecer salí en la revista Goles cosa que quedó en el imaginario familiar ya que nunca tuvimos la versión en papel e ese ejemplar.

Aquel día le ganamos a El Porvenir con un gol casi sobre la hora de Rubén Insúa y minutos más tarde la gente invadió la cancha, la euforia era una cosa de no creer. San Lorenzo volvía a Primera. En ese momento no me daba cuenta de todo lo que pasaba. Creo recordar que las salidas y entradas a los estadios eran un caos, y yo iba en andas de mi viejo para no perderme entre la gente, eso me lo acuerdo muy bien. Y recuerdo también que en ese año aprendí a gritar los goles, los gritaba como si fueran míos. A veces a la noche repasaba las jugadas en la cama antes de ir a dormir.

De aquel año todavía tengo la sensación: la presencia indeleble de la marea humana sacando nuestro querido San Lorenzo de sus años más oscuros.

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