Mi viejo me contó la historia varias veces: a él no lo hizo hincha de San Lorenzo mi abuelo David, un entrerriano bien querible al que el fútbol no parecía entretenerle. La pasión se la convidó un vecino llamado Don Juan, que atesoraba en Villa Ballester unos banderines azulgranas que le daban color a su vivienda. Así fue que Héctor, el niño inquieto de una generación sin millennials ni centennials, abrazó la pasión por el club de Boedo, sin siquiera pisar las calles del barrio: a través del encanto hipnótico de los colores.

Nunca conocí a Don Juan, por obvias razones generacionales. Mi viejo cuenta que comía un churrasco de madrugada, antes de ir a su trabajo: literalmente se desayunaba el almuerzo. Y que una noche, ya más grande, su corazón azulgrana dijo basta mientras estaba sentado en su vivienda. Al parecer murió tranquilo, sensación que los y las cuervas no solemos experimentar durante los partidos. Tampoco eran épocas de grandes chequeos de rutina en el médico, nutricionistas y psicólogos: se marchaba más temprano al otro barrio. Desconocer a veces aliviana, como en todos los órdenes de la vida.

De haberlo visto alguna vez, le tendría que haber agradecido: por herencia paterna amo estos colores, me identifico con los valores sociales que profesa el club, y pertenezco a los millones que cada fin de semana mutamos nuestro ánimo en relación a lo que pase con San Lorenzo. Incluso no sabía de esta historia cuando, a fines de 2001, saqué dos entradas para la final de la Copa Mercosur: fuimos con Héctor al codo Q, aquella noche que el Coco Capria nos hizo tocar el cielo con las manos, y le declaramos al Ingeniero Pellegrini nuestra admiración eterna. Antes había pasado el Estado de Sitio, que se llevó puesto a De la Rúa y postergó un mes el partido, en una Argentina quebrada por los de siempre.

Qué pena que Don Juan no pudo ver la Copa Libertadores 2014, pienso mientras escribo. Le hubiera encantado el estilo verbal de Patón Bauza, el planteo aguerrido de un equipo que nunca se daba por vencido, el estallido del Pedro Bidegain por el gol del gordo Ortigoza. ¿Seguro que no la pudo ver?, digo y me acerco a otra pregunta crucial, fuerte, pujante, que nos taladra a los ansiosos: ¿San Lorenzo jugará en el más allá?. “Es el equipo del Papa Francisco” me dijo una vez un amigo, cuyo padre ya no está por acá. Me gusta la idea de esas plateas más altas, parafraseando al Indio Solari en recital de Los Redondos. Ojalá exista un más allá donde Don Juan le cuente al Padre Lorenzo como hizo dos generaciones de cuervos, mientras ambos reciben a Batman Buttice y le preguntan como anduvo la celebración por el 50 aniversario de Los Matadores. Ojalá.