Cuando le pedí a Coca que me diga su dirección, para pasarla a visitar, y me nombró el pasaje Timbúes, tuve que pelar el mapa, porque nunca en mi vida había escuchado de ese pasaje. Pero ahí estaba nomás: cuadra y media de la Placita Butteler, tres cuadras y monedas del terreno que, desde el domingo, volvió a sus manos originales, las que mejor lo abrigan.

Habrá sido hace un año. Tal vez más. La Coca tenía 94 y se encargó de dejarme en claro que no tenía ningún tipo de celo con que se supiera su edad. Yo le había dicho que nos juntáramos a charlar sobre el barrio, sobre la vuelta de San Lorenzo, y eso fue lo que hicimos. Pero también conversamos de un montón de cosas más. 

Ella se pasó la infancia en la zona de Congreso y se acuerda como si fuera hoy de la peluquería de su abuelo, donde también trabajaba su papá. En realidad, se acuerda de muchas cosas como si fuera hoy. Me cuenta que tuvo un matrimonio de 25 años y otro de 44, pero que su único amor fue un novio que conoció cuando ella tenía 15: lo nombra con nombre y apellido y me dice que se acuerda incluso cómo se llamaba la madre. No hace falta, le digo. “Mi primer y único amor, el que nunca pude olvidar”.

El padre siempre fue socialista, pero, a diferencia de muchos socialistas, no se llevaba mal con Perón. “Él tenía un amigo que era hincha de San Lorenzo y los recuerdo leyendo el diario, buscando cómo había salido el partido. Yo era chica, y en ese momento todavía no teníamos radio, ni nada. Entonces, no les quedaba otra que esperar hasta que llegara el diario. Al tiempo, nos mudamos acá, y ahí toda la familia ya nos habíamos hecho hinchas”. Coca dice que temblaban las paredes de la casa, cada vez que había partido, y que a ella le encantaba todo lo que pasaba durante ese día.

No sé si el domingo habrán vuelto a temblar las paredes de Timbúes, pero seguro que el viento les alcanzó a los vecinos las coplas de los recitales, de las poesías que se leyeron, de las canciones que cantó el pueblo azulgrana, con los pies en su tierra, y de los fuegos artificiales que se desataron después de la cuenta regresiva, la del último reloj, la que anunció el renacimiento. No creo que Coca haya estado en Avenida La Plata, pero estoy seguro que sabía por qué se estaban tirando esos fuegos en el barrio.

Es que volvió San Lorenzo. Le volvió el alma al cuerpo a Boedo.

80 años, 3 meses y 20 días, tenía su papá, cuando se murió. No lo estoy inventando. Así me lo contó Coca, la abuela memoriosa, cuando hablaba sobre él. “Trabajaron muchísimo para que nosotros pudiéramos ir al colegio, y me acuerdo que mi mamá luchaba para que no tuviéramos que ir en zapatillas. Era importante, para ella. Eran otros tiempos”. Y en la casa de Timbúes, trabajó un hombre que vendía jaulas para pajaritos, y hubo también una zapatería primero y una casa de medias después. Más de una vez, al parecer, Evita estuvo ahí, probándose unos tacos, así que los vecinos del pasaje bien pueden vanagloriarse de eso. ¡Qué importa si es cierto o no! Cualquier cosa, dicen que se los contó la Coca, y ya está.

Dice que cuando estaba el Viejo Gasómetro a ella le habría encantado tener un balconcito, como hay ahora, para ver los partidos, y dice orgullosa que ella estuvo en los “bailes hermosos de San Lorenzo”, que vio a la orquesta de D’Arienzo y a muchos de los artistas del momento: “Todo en la cancha, y acá la gente del barrio estaba siempre contenta”.

Coca, la cuerva que anda por los noventa y pico, trabajó como secretaria en un estudio de abogados, y también para una casa de repuestos de automóviles. Eso fue antes de casarse. Después, para paliar alguna de las crisis que cada tanto nos regala nuestro país, trabajó con su marido en una inmobiliaria, y se acuerda de cada vez que viajaba hasta la Provincia para estar en los loteos que se hacían. “No sé si disfruté de trabajar -confiesa-, de lo que siempre disfruté fue de estar con mi familia”. 

Es familiera y es barriera -no importa si no existe la palabra-, y se queja en buena ley de que ya nadie se cruza para tomarse unos mates con el vecino de enfrente: “¿Qué mal le hace a la gente volver a pensar en el ayer? ¿No es bueno que alguien te refresque la memoria?”, se pregunta, me pregunta. Y ya conoce la respuesta. Achica la voz para hablarme de una vecina -como si la vecina nos fuera a oír a través de las paredes-, y me cuenta que no quiere la cancha otra vez porque piensa que los coches se van a subir a la vereda cuando hay partido. Coca no, ella no tiene miedo. Coca quiere la cancha para que vuelva la barriada y para que se rompan esas barreras piojosas de la soledad. Coca quiere el carnaval y el piberío. Después vemos lo de los autos, la vereda y la mar en coche. Lo que quiere Coca es que los vecinos se vuelvan a charlar un poco, en lugar de quedarse enfrascados frente al televisor, como si fuera un espejo empañado. 

Sí, Coca, Es bueno que alguien te refresque la memoria, y de eso mucho sabe el pueblo sanlorencista que te enorgullece. “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento”, dice el tango de Buenos Aires que nosotros y nosotras hicimos carne en Boedo. Y nos pusimos el sayo, y salimos a la calle a pelearla la memoria, a pelearla la historia para volver a ponerla en su lugar.  

Y logramos que vuelva San Lorenzo. Y logramos que le vuelva el alma al cuerpo a Boedo.

Y mirá si será generosa, Coca, que en ningún momento de las dos horas de charla que tuvimos se puso a pensar que ella no la va a ver la cancha. En ningún momento permitió que prime lo personal por encima de la lucha colectiva. Y eso es porque Coca es una cuerva de ley, igual que su familia: no la que vive con ella en la casa de Timbúes, sino la otra, la más numerosa, la que el domingo recuperó Avenida La Plata y entró como malón a su tierra prometida. “¿Qué importa del después?”, pensará ella, detenida en un pasado sin tiempo, pero con la mirada puesta en el mañana; en ese Boedo que una vez se quedó sin luz, pero que ahora volvió a tener el alma encendida.