Otras mudanzas trajeron otras historias azulgranas; me voy a detener en la última. Esta vez perdimos, ya ni recuerdo con quién. Pero algunas semanas después, encasillando libros en la biblioteca me encontré con El Principito, probablemente el primer libro que haya tenido. Me lo compraron cuando tenía 6 años. Recuerdo que, a esa edad, empecé a leerlo y no lo entendí; pero decidí terminarlo igual, porque ya en mi más tierna infancia padecía la torturadora manía de tener que terminar casi todo lo que empiezo. Me impresionó encontrármelo de nuevo, así que lo ojeé. Encontré algunos manuscritos (mi nombre esbozado con un garabateo infantil que aún conservo), dibujos y pinturas sobre las ilustraciones. Me llamó la atención ésta:

Entre los trazos delineados sobre el libro estaba San Lorenzo. Me impactó pensar que San Lorenzo siempre ha estado en mi vida. Siempre: mis primeras pasiones, mis primeros recuerdos, mis primeras experiencias con mi viejo. Una de mis primeras imágenes de mi vida es en cancha de Ferro, un partido contra Talleres que empatamos 1-1. Recuerdo bien que en el entretiempo le pedí a mi viejo ir a ver los dibujitos. Tenía 3 años. El segundo recuerdo que tengo es el reboleo que sufrí cuando mi viejo gritó el empate mientras me tenía arriba suyo.

Mi viejo decía que había dejado de seguir a San Lorenzo hasta que mi hermano y yo nacimos y volvió a ir a la cancha. También decía que nunca nos insistió para que fuéramos cuervos ni futboleros. Presentaba las cosas como si nuestro sanlorecismo fuera innato y lo hubiera arrastrado a él también a una euforia futbolera que afortunadamente compartimos por algunos años. Yo no sé si habrá sido así, pero de lo que estoy seguro es que, desde chiquitito, al mundo lo pinto de azulgrana.