Por Lucía Santa María

 

Durante mucho tiempo quise escribir un cuento que diga, que explique, cómo fue que eso pasó, cómo fue posible que habiendo tantos años, tantas copas, tantas posibilidades (bueno, eso no) justo ganamos la Copa Libertadores ese año, el año en el que mi papá se murió. Empecé textos, escribí notas en el celular, arranqué hojas de mi cuaderno Rivadavia, siempre sin poder llegar a nada, buscado una respuesta que no estaba en ningún lado.

Si fuese de otro equipo, estas palabras quizás no tendrían mucho sentido, pero yo soy de San Lorenzo, así que pararme en este lugar implica muchas cosas, incluso pensar que el futbol nunca es solo fútbol, sino algo más complejo que va atravesando tu vida, tu historia, tu familia y con eso, todos los momentos que te determinan.

San Lorenzo siempre fue un lugar de pertenencia, generador de una secuencia de imágenes que arrastro desde mi infancia y también de anécdotas que le pertenecen a mi papá, pero que cuando resurgen, hay algo vinculado a la complicidad que las instala como propias. En esos relatos lo imagino yendo al Viejo Gasometro o a cualquier cancha a la que le tocara seguir a San Lorenzo. Puedo verlo en la tribuna visitante, mezclado entre los hinchas rivales porque esa vez no tenía un mango (bah, nunca tenía ) y no le alcanzaba para un choripán, entonces compró una popular visitante que era mas barata y pudo hacer las dos cosas. Porque además de cuervo, gordo siempre..

Viajo mentalmente a ese primer partido en la cancha juntos, una noche recontra fría en la que por supuesto perdimos 3-1 contra Gimnasia de Jujuy, creo que fue en el 98’. Vuelvo a ese campeonato que ganamos en 2001, esa fue la primera vez que vi a San Lorenzo salir campeón en la cancha. Revivo la alegría, los abrazos, la locura de sentir que por fin nos tocaba a nosotros. Me acuerdo de terminar peleando porque ni a mi hermano ni a mi nos dejó entrar a la cancha. Yo tenía 12, 13 años y pensaba que si arrancaba un pedacito de pasto, la felicidad de ese día se iba a quedar conmigo para siempre. Después vinieron un montón de otros partidos, con calor, con lluvia, pero siempre que pienso en mi infancia en la cancha se me viene la misma imagen: mi hermano y yo chiquitos, saltando abajo de la lluvia, eufóricos, y papá tratando de taparnos con una bolsa que había encontrado por ahí, pero nosotros no queriamos evitar esa lluvia, nos sentíamos invencibles.

Y de repente pienso en el campeonato del 2013, el que le dió a San Lorenzo la posibilidad de clasificar a esa copa. Me acuerdo del partido con Velez, de la pelea con mi hermano porque no me quiso llevar a verlo con él y los chicos al club. El calor de ese diciembre, los nervios, la atajada de Torrico, esos ultimos minutos caminando sola por la vereda de mi casa porque ya no aguantaba más. Y después entrar corriendo y ese abrazo que de cierta forma se unía a ese abrazo que nos dimos en la cancha en el 2001, pero esta vez el escenario era distinto, nos abrazábamos en el pasillo de mi casa, sin querer hacernos cargo pero sabiendo que no quedaban más campeonatos juntos.

Así que ese 2014 el destino trazó una gran paradoja, mi papá solo pudo ver uno de esos partidos, el primero, ese que perdimos 2-0 con Botafogo y que claramente no ilusionaba a nadie. Se fue antes de poder ser testigo de esa clasificación agónica, de ver como empezábamos a estar cada vez más cerca, incrédulos pero rendidos ante esa esperanza miedosa de quien puede lograr algo que soñó tanto. El escenario era increible y la ausencia de mi papá lo terminaba de completar. Èl no estaba para resoplar con un pucho en la mano y agarrarse la cabeza de costado, con ese gesto tan suyo que se me arma mientras escribo esto. Tampoco estaba para gritar ese gol de Piatti que empezaba a cambiarlo todo.

Pero el fútbol no es sólo fútbol, nunca es solo fútbol, así que entre todos esos nervios, entre todos esos sentimientos que se iban ensamblando, yo lo sentí ahí conmigo. Lo busqué en cada corner, nuestro para que el gol llegue, de ellos para que la pelota se vaya al estacionamiento. Lo busqué cuando cerré los ojos y Ortigoza pateó el penal. Un poco porque necesitaba de esa complicidad, otro poco porque no me animaba a mirar el arco. Me acuerdo de abrir los ojos en medio de tantos abrazos, darme cuenta de que la pelota había entrado y pensar que solo quedaba aguantar, como siempre. Bancarla toda para defender esa felicidad.

Ese día, ese 13 de agosto, cuatro años antes de que yo pueda escribir esto, ganamos la copa, y digo ganamos porque estoy segura de que él también estuvo ahí, apretando el puño desde algún lugar y llorando sin entender nada como nosotros.

 

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