Y se acabó nomás. Y fue tal como presentíamos que podía ser. El pronóstico decía lluvia, y si bien los pronósticos fallan, esta vez llovió. Volvió a llover, mejor dicho, porque dá la impresión de que vivimos en Londres, de tanto cielo gris. Bueno, pero intentemos hablar de fútbol:

Personalmente, yo tenía la sensación de que salíamos a jugar el partido con un equipo cercano al ideal, dentro del material que tenemos en el plantel. Dejando de lado la improvisación en el lateral izquierdo, que terminó cubriendo Senesi, y la ausencia de Poblete en la mitad de la cancha, era un buen equipo el que saltó al campo de juego de Lanús. En los nombres, claro. Después, una vez que la pelota hace lo suyo, los nombres se disipan y lo que queda es el rendimiento: sobre todo el colectivo. Ese que extrañamos tanto.

En el transcurso de la primera parte, fuimos testigos de mil charlas entre jugadores y cuerpo técnico, en el afán de ordenar el medio campo. Raro, porque esta vez no se trataba de una línea de volantes alternativa como la que le jugó a Racing el domingo: a esta altura del año, uno podía llegar a pensar que Mussis, Botta y Belluschi se entendían con un poco más de facilidad y sin esa necesidad desmesurada de andar reordenándose tanto en medio del partido. Bueno, eso es lo que suponíamos. Pero de nuevo cometimos un error, los que dábamos por hechas ciertas cuestiones propias del trabajo cotidiano. Los laterales nunca recibieron el auxilio de Botta y Belluschi, a la hora de defender las bandas, y así fue como llegó el centro de Temperley que abrió el marcador. A Mussis no se le puede negar la entrega, pero muestra un juego desordenado y a la hora de salir con pelota dominada se torna peligroso, dada la tendencia que tiene a filtrar pases por el medio del campo en lugar de abrir la cancha y buscar un juego más seguro. A Botta nadie le niega su habilidad con el balón, pero desde que agarró la titularidad con el Pampa, nunca pudo serenarse, nunca pudo levantar la cabeza y acompañar virtuosamente los ataques que puede generar el equipo. Belluschi no marcó la diferencia en la primera etapa y Reniero tampoco gravitó: si ellos dos no están metidos, bueno, difícil pensar en armar algo interesante. El pibe Insaurralde, de lo mejorcito. A pesar de su poca experiencia en primera, bajó a buscar el fútbol, intentó triangular y volvió a mostrar carácter. No es poco.

La única clara de San Lorenzo llegaría sobre el filo de esa primera mitad: buen centro de Senesi desde la izquierda y cabezazo del capitán que se estrelló en el travesaño. Al descanso un gol abajo, y estaba bien. El segundo tiempo se hizo de ida y vuelta y Temperley empezó a perderse algunas contras desde temprano. Belluschi salió cuando faltaba media hora para el cierre, es decir, el tramo del partido que solía disputar desde que volvió de la lesión: pero no se fue reemplazado, sino expulsado, tras una doble amonestación. Mouche entró por Mussis, a jugar lo que le faltó el domingo en Avellaneda. Con diez, San Lorenzo mostró su mejor versión: no por generar un juego deslumbrante, desde ya, sino por atacar con convicción y ahogar a su rival, que se fue metiendo atrás y ya no salía tanto de contragolpe. Las que tuvo, Coloccini las defendió con actitud. En tiempo de adición, cuando el referee ya había dado cinco, Blandi sacó un disparo de afuera del área y San Lorenzo lograba aquello de ir a los penales, merecidamente, a juzgar por lo hecho tras la expulsión de su número 10.

Las estadísticas decían que a nosotros nos iba bien en los penales y a Temperley no. Nico Navarro ya nos había dado algunas alegrías de ese estilo. Pero el pronóstico decía lluvia, y en el sur del Conurbano le iba a llover al Ciclón. Dos tiros de cada lado, 2 a 0 abajo en la tanda de penales. Irremontable. Y ni me hagan hablar de cómo pateó Ariel Rojas. No me parece relevante que Temperley juegue en una categoría menor: está claro que en nuestro fútbol ningún partido se regala. A los de nuestra categoría los habíamos eliminado, incluso jugando mejor. El asunto, acá, era que San Lorenzo se estaba viniendo a pique, y se terminó de desmoronar. El Pampa ya presentó su renuncia, no voy a hacer leña del árbol caído. Diré solamente que fue responsable del desconcierto que quedó de manifiesto mientras se disputaba el primer tiempo, no pudiendo el equipo acoplarse a las exigencias del juego. Y ese desconcierto, en definitiva, fue la constante de estos últimos meses. Con un par de excepciones, como el partido en casa contra Nacional, el cruce versus Colón, en el Bielsa, e incluso el primer tiempo del domingo en el Cilindro, cuando se intentó hacer un juego honesto. Unos pocos chispazos, pero el fuego nunca encendió. No se pudo. A pensar para adelante.