Tengo que escribir una crónica sobre un partido que jugamos en nuestra cancha, contra Central Córdoba de Santiago del Estero, y que perdimos 4 a 1. Ok, una pavada. Lo primero que se me viene a la mente es un mensaje de corte netamente poético, que leí ayer a la tarde en el grupo de WhatsApp de La Soriano: “Cuando menos te lo esperás, San Lorenzo te caga la vida”. No sé si es textual la cita que estoy haciendo, pero el espíritu del mensaje era ese. Y yo, antes de asentir, le voy a poner un par de filtros, como en Instagram -sí, hace poco me abrí uno y ahora hago metáforas como si fuera un instagramer: bien de treintañero haciéndose el pendejo-. En fin, iba a decir que no creo que San Lorenzo te arruine la vida, porque me suena un poco border; ni siquiera pienso que te arruine la semana, porque me suena un poco emo; ahora, que te arruina la tarde, te la arruina. Ahí le pongo el gancho.

Lo que me parece más duro -y a esta altura de las cosas creo que ya podemos afirmar esto también-, es todo este proceso que venimos haciendo de reacomodarnos a una mediocridad que, por un momento, tuvimos la impresión de haber dejado atrás. Así como Vélez creyó en los noventa sumarse al lote de los grandes, nosotros creímos hace un par de años que nos íbamos a despegar de los amigos de Avellaneda y que nos íbamos a acercar un poco más -futbolísticamente hablando- al nivel de Boca y de River, disputándoles cosas en serio y con constancia. Una suerte de Atlético de Madrid tercermundista, ponele. Bah, qué sé yo, por ahí todos ustedes que están leyendo sabían que esto no iba a ocurrir y el único nabo que me comí el caramelo fui yo. Puede ser.

Siento que estamos atravesando un túnel negro, como el que dijo Michetti, y que no tenemos ni puta idea adónde vamos a ir a parar. Siento que es una lástima, estar así, porque sinceramente esa oportunidad de ir a más, existió. Siento, concretamente, que el cachetazo del Monumental contra Lanús, y la salida de Guede después, fue un parteaguas, y que después de eso quedamos medio groggies. Hasta hoy. Lo peor es que vivimos de ilusiones: nos pasó cuando vino Almirón, nos pasó ahora con Pizzi. Pero la realidad nos acomoda enseguida y nos vuelve a incrustar en ese túnel oscuro, interminable. Boca y River, mientras tanto, insoportablemente lejos y acumulando poder de una manera desopilante, como esas empresas de telefonía y de banda ancha, que no paran de fusionarse y de meternos el dedo en nuestras partes pudendas. Boca, por ahora, mal que le pese sigue viviendo a los tropezones, por el simple hecho de no haber encontrado un técnico que dé la talla. De River no hace falta hablar. Pero sí tenemos que rescatar algo: más allá de las virtudes de Gallardo como líder, es la única experiencia del fútbol argentino moderno de un dt que haya permanecido en su cargo durante cinco años, ininterrumpidamente.

Voy a esto: en el caso de River, no es tanto la fastuosidad en sus manejos de dinero, sino el acierto institucional de bancar el proyecto, sumado a la suerte de haber encontrado la persona indicada. Sus últimos dos mercados de pase, fueron más bien austeros, si mal no recuerdo, mientras que nosotros trajimos 21 players. Un verdadero despropósito. Y en esto, creo que llegó la hora de hacer pública una crítica a la dirigencia. En primer lugar, aclaro que creo en la honestidad intelectual de Lammens, casi de un modo absoluto, en tanto que avalo, como ciudadano cuervo, el laburo hecho en nuestra institución durante todos estos años. Dicho esto, no hay una política precisa en el ámbito del fútbol. Es harto evidente que, en algún punto, la propia dirigencia marcha detrás de la coyuntura y se marea, y nos marea a todos los hinchas. Nos jactamos de tener a Tocalli, del laburo de Kuyumchoglu, y al final, todo lo sólido se desvanece en el aire.

Voy a tratar de ser más concreto todavía:

Es inadmisible que lo bajen a Gaich a la reserva, después de haberse destacado en los seleccionados y de que el mundo del fútbol haya posado los ojos en él. Del mismo modo, en cualquier momento voy a salir a imprimir carteles de Wanted con la cara del pibe Insaurralde, que, mientras jugó, demostró que está a la altura de las circunstancias, no digo para ser titular indiscutible en la mitad de cancha, pero sí para que funcione como una alternativa válida. Lo único que diré, sobre el partido de ayer, es que precisamente fue eso lo que nos faltó, ¿cierto? Un Manuel Insaurralde salvando las papas en el mediocampo. Entonces, me hago esta pregunta, como hincha: ¿Está mal, en términos éticos, que la dirigencia converse con el entrenador acerca de estas cuestiones, sabiendo que atañe al patrimonio del club? ¿El Director Técnico debería enojarse, si algo así sucediera? Son cosas que, sinceramente, no sé cómo se resuelven, pero, lo que siento, es que debería primar una mirada más integradora de lo que nos está pasando -el laberinto, desde arriba-, y que esa mirada, lamentablemente, hace tiempo que no está.

Yo seguiré confiando en Pizzi. Pienso que, con un proyecto serio, como ese que tienen en Núñez, él podría convertirse en el entrenador serio que necesitamos. Pero sabiendo que un proyecto serio indica una conexión real, fluida, sincera, entre el DT, sus pares de las divisiones inferiores y la dirigencia del club. No creo que sea una locura, esto que planteo, de hecho creo que es, finalmente, lo que piden todos los hinchas. Sean coherentes, muchachos. Ahora, evidentemente, hay que transitar de la mejor forma posible este lapsus hasta las próximas elecciones. Ojalá que el oficialismo pueda continuar su proyecto de club, y ojalá que pueda poner en valor, otra vez, nuestro proyecto futbolístico, igual que se hizo allá por 2013/14.