Se me hizo tarde para la crónica, pero la voy a hacer igual porque llevo varios partidos sin escribir. Pude haber aprovechado el triunfo en casa contra el Bicho y no lo hice. Mejor, porque no hubiese sabido cómo arrancar a describir un partido que no nos hizo sufrir. El sábado a la noche, en cambio, nos sentimos como en casa, con ese juego que hicimos en Tucumán, por momentos discreto, por momento lastimoso. Tuvimos la buena idea de juntarnos a verlo, en la casa de un compañero de La Soriano que se quedó con el freezer lleno de latitas de birra. Muy cerca de El Imaginario, mítico barcito esquinero del Abasto donde todos los que superamos la franja de los 35, todos y todas, hemos llevado compañías, en plan de forjar una cercanía. El éxito siempre es dispar: uno se pone a pensar en las citas que ha tenido, y en el caldo de esos recuerdos conviven el sinsabor de las decepciones y las espléndidas alegrías. Con San Lorenzo, en cambio, la cosa es más sencilla: siempre nos va más o menos como el ojete.

Comentario que sale como piña, cada vez que nos juntamos a ver un partido entre amigos cuervos: “Che, jugamos horrible, ¡pero tenemos buenos jugadores!”. Ahora, yo me pregunto, ¿tiene fecha de vencimiento la percepción de que son buenos jugadores, o es algo que ya está establecido? Porque, uno bien podría pensar: si un hombre que trabaja de jugador de fútbol, juega mal durante el transcurso de un tiempo equis -un año, ponele-, bueno, quizá debamos pensar que no era tan bueno como habíamos creído. El sábado, en algún momento del segundo tiempo, le comenté esto mismo a un compañero: los trabajadores que integran nuestro plantel de fútbol, evidentemente, no están haciendo bien su trabajo. Y eso sin ponernos a divagar sobre los salarios que perciben, que ya sabemos cómo es el asunto y no le encuentro sentido a seguir dándole vueltas: lo tomamos o lo dejamos. Me quiero detener en lo otro; ¿por qué nuestros jugadores -trabajadores- no hacen bien su trabajo? No es una cuestión de ahora, ni de este último tiempo, sino algo que viene de arrastre y que da la impresión de que no hay quién lo pare. Para colmo de males, pareciera ser contagioso, porque, si me apurás un poco, tengo que empezar a criticar a Gonzalo y a Coloccini.

Los chabones jugaron mil años en las ligas más importantes de Europa y fueron referentes de sus equipos. No les vamos a exigir que corran como Iván Córdoba, porque está claro que no les da el lomo para ese tipo de aventuras, pero, viejo, ¿pueden tomarse el trabajo de seguir alguna marca en las pelotas paradas, por el amor de dios? Me vuelvo loco, cada vez que tenemos un tiro libre en contra. Es una de las peores cosas que me pueden pasar en la semana. Yo le doy la derecha a Monarriz, con el sistema que metió: me parece que encaja bastante bien con las características de nuestros jugadores, sobre todo de los laterales, que efectivamente tienen aguante para surcar sus respectivas bandas -imprecisiones del pibe Herrera al margen-; obviamente que es todo materia de debate. A esta altura del partido, si hay algo que queda claro es que nadie tiene la verdad revelada en esto del fobal. Yo, en principio, elijo darle la derecha al dt. Después, si tiene que seguir o no como conductor de la primera, no sé, ese es otro cantar.

Insisto con lo que dije antes: tengo la impresión de que no hay nada ni nadie que le pueda poner coto a la pobre actitud de los trabajadores que integran nuestro plantel. Hace mucho tiempo que vemos la misma película, una y otra, y otra vez. Un equipo desganado, sin alma, sin ganas de luchar. En estos días, todo el mundo hace hincapié en el funcionamiento de un mediocampo que parece estar desguarnecido con un solo cinco. Es parte del debate futbolero: reforzás atrás y en esa apuesta desprotegés otro sector del campo, inevitablemente. Cuando digo que, en principio, banco la jugada de Monarriz, pienso también en el pasado inmediato: los últimos partidos dirigidos por Pizzi fueron un desconcierto absoluto, como pocas veces hemos visto, y entonces, a mi entender, era menester rearmar el equipo de atrás para adelante, como suele decirse; banco esa primera línea defensiva formada por tres caudillos. Dicho esto, si después se quedan jugando a las estatuas en cada pelota que cae en el área, bueno, ahí ya se me acaba el argumento como a Shakira.

De la mitad para adelante, los hermanos Romero intentan buscar y ocupar espacios, pero, de nuevo, la impresión es que el terreno de juego nos queda siempre grande, por más que juguemos en el Diego Maradona de La Paternal. Se cansan nuestros muchachos, bajan los brazos, se desploman, no les da el cuero. Cuando el equipo rival avanza con pelota dominada, no oponemos resistencia, el nivel de presión que podemos ejercer es bajísimo. Cuando un jugador nuestro avanza con pelota dominada, no encuentra compañero para descargar, somos incapaces de armar una pared porque el hombre que suelta la pelota no se dispone a seguir participando de la jugada, se desentiende, ya cumplió. El equipo que viste la camiseta azul y roja, es decir, la nuestra, es muy poco solidario, y esto ocurre, lamentablemente, desde hace mucho tiempo. Todos se lavan las manos. Deben pensar que, si hay diez “compañeros” más en la cancha, entonces alguno más se encargará de resolver el asunto. Eso es lo que se ve desde afuera, y es sumamente triste. Cuando ves a otros equipos, salta a la vista la filosofía inversa: dámela, me hago cargo, depende de mí; jugadores que se sacrifican por el colectivo, que buscan y siguen buscando, que no bajan los brazos, que son fuertes mentalmente. Nada de eso encuentro en mi San Lorenzo.

No sé cuál es la solución. Entiendo que no es sencilla. Quizá seguir apostando a los pibes del club nos resuelva una parte del asunto. Pero eso tampoco es garantía de lo contrario. Espero, como sea, que seamos capaces de revertir esta bola de nieve, que viene de hace rato y se lleva todo puesto. Ah, ¿el empate? Bien, gracias.