El cielo estaba azulgrana aún cuando a los 6 minutos Reniero giró mágicamente sobre su eje para habilitar al maguito. Merlini envió un centro que imaginaba como destinatario al inmenso y joven Gaich; sin embargo fue el minúsculo Barrios quien apareció para molestar a su rival y lograr una extraña carambola que sirvió al teutón para que haga lo que mejor sabe hacer. Control y derecha letal.

Los fantasmas parecían disiparse. El San Lorenzo de los pibes ganaba 1 a 0. Uno podía imaginar a todos estos pibes dándose fuerzas, encolumnados detrás de su mentor: el gladiador de la pampa.
Al Pampa le dijeron que este partido era clave, que tenía que ganar. El hombre la paró de pecho y la tiró directamente a la tribuna. Guardó a todos los titulares y puso un equipo que a excepción de Mussis estaba íntegramente formado por jugadores surgidos de las inferiores.
El orgullo de sentirse representada motivaba a la hinchada quien cooptada por el influjo de la juventud gritaba y deliraba como viviendo un instante eterno: el del presente. No hay mañana ni hay pasado en la vida de un gurrumín.
Tal era el nivel de excitación del sanlorencismo que se decidió a jugar con fuego e invocar el maligno nombre del presidente de todos los argentinos. Cosa´e mandinga. Gualicho. Yeta. Mufa.
La estantería se movió y a los 12 minutos pasó una cosa que nos viene pasando. Los defensores se pasaron la pelota sin cesar mientas el resto del equipo se mostraba expectante. La duda en la salida terminó con un córner para la visita. Apenas Patronato había pisado nuestro campo para entonces. Vino el centro y tras un fatídico despeje del camión Moyano otra vez sopa. Centro de tres cuartos y el desagradable bostero de Ledesma nos empataba el partido. Y si esto fuera poco apenas cinco minutos después hubo un platito más por si los nenes todavía tenían hambre. Otro centro de tres cuartos y otro gol de Patronato. A quién le importa quién lo hizo.
El primer tiempo se esfumó entre la impotencia de no poder salir de nuestro campo y la pasión con la que la hinchada entonaba cada vieja canción.
Habría que revisar si en lo que va del año nos convirtieron algún gol de otra manera que no sea con esos centros anunciados donde ni nuestros punteros presionan con eficacia a los lanzadores ni nuestra defensa logra no aglutinarse tan cerca del arquero.
En el descanso sonó la más maravillosa de las músicas. Había esperanza aún en el corazón del pueblo cuervo.

Costó. Fueron 30 largos minutos del complemento que encontraban al local moviendo el balón, apostando a pelotas filtradas para que los atacantes puedan tocar rápido y salir disparados. Alguna que otra aproximación con disparos lejanos de Merlini, una de Gaich pero todo casi. Casi nada.
Biaggio movió el banco. Hizo debutar a la joya Palacios, de 16 años. El más jóven en jugar con nuestros colores. Entró el Travieso Hernandez y entró Mouche. El primero por Moyano y el segundo por el perrito.
Patronato se durmió la siesta del año cuando Mouche apuró ese bendito corner que Reniero logró anticipar provocando el rebote de Bértoli y el tan esperado empate del capitán Gonzalo. Un enorme desahogo recorrió a uno y a cada uno de los que estuvimos en la cancha.

Estamos acostumbrados a los sobresaltos en la última parte de los cotejos nuestros. Pero vaya que Mussis tenía guardado una bella sorpresa, como para que nadie diga que el pampita se enamora de los empates. A los 43 minutos El Travieso encaró como para la barra de un boliche de puerto madero; tiró la bicicleta de Hoffman y miró a su derecha como Ronaldinho en carnaval carioca y tocó a la izquierda para Mussis. El gordo miró la pelota y metió un zurdazo con rosca que rompió el arco del concejal Bértoli. Todo era fiesta. 3 a 2. Primera victoria del campeonato y a celebrar.
En ese amontonamiento donde todos los suplentes y titulares se abalanzaron a festejar algunos temimos por la salud del recuperado volante central. Pero qué emocionante resulta ver en la misma montonera al DT y a sus dirigidos.
Todo comenzó con dulzura, San Lorenzo. Luego se puso amargo y agrio. Dicen que los fabricantes de agua tónica sobreexcitan la bebida con azúcar para lograr lo agrio del sabor. Al final, todo fue dulce de leche. Hermosa tarde noche en el Bidegain en el día de la primavera. Los pétalos de un nuevo San Lorenzo comenzaron a desplegarse.